Capítulo 5 La Revelación

El bajo vibraba en los huesos. Thump-thump-thump. 150 latidos por minuto. El corazón de Jenn acompasado.

La multitud los envolvía. Brazos en alto. Sudor ajeno salpicando piel. Luces estroboscópicas cortando la noche en fotogramas: la cara de Michael, sus ojos grises, su boca, su mandíbula tensa.

Michael la tenía por la cintura. Los dedos hundidos en la seda roja. El pulgar rozando el hueso de la cadera. Cada vez que el bajo caía, la apretaba contra él. Muslo contra muslo. Dureza contra vientre.

—No sé bailar contigo —susurró en su oído, la voz grave rompiendo la música—. Pero quiero aprender.

Jenn rio. Sonido ahogado, perdido en el ruido.

—Entonces aprende rápido. La canción dura tres minutos.

—Tenemos toda la noche.

La giró. La espalda de ella contra su pecho. Sus manos subieron: vientre, costillas, pechos. Los pulgares rozaron los pezones a través del vestido. Jenn jadeó. La cabeza cayó sobre su hombro.

Michael besó su cuello. La mandíbula. El lóbulo de la oreja.

—Vámonos —murmuró contra su piel—. Ahora.

La sacó de la multitud. Mano en la nuca, guiándola. Los guardias abrieron la valla VIP sin mirarlos. Cruzaron el backstage: cables, cajas, técnicos con auriculares. Una carpa negra al final del pasillo. Dos hombres en la entrada. Asintieron.

Dentro: oscuridad rota por tiras LED rojas. Cama king con sábanas negras. Nevera con champán. Baño de mármol en la esquina. Olor a cuero, tabaco, él.

La puerta se cerró. El bajo quedó amortiguado. Thump-thump. Lejano.

Michael la empujó contra la pared. La besó.

No fue un beso. Fue una reclamación. Lengua, dientes, manos que desgarraban. La cremallera del vestido cedió con un zip seco. La seda cayó al suelo. Jenn quedó en tacones, braguitas de encaje negro, sujetador a juego.

Michael se detuvo. La miró. De arriba abajo. Los ojos grises brillando en la penumbra.

—Joder, Jennifer.

Se quitó la chaqueta. La camisa. Los zapatos. Los pantalones. Los calzoncillos. Desnudo. Ancho. Marcado. Cicatrices en el hombro izquierdo, en la costilla derecha. Un tatuaje en el antebrazo: una fecha. 14.03.2010.

Jenn tragó saliva. Se quitó el sujetador. Las braguitas. Se quedó desnuda. Tacones puestos. Piel de gallina. Pechos duros. Mojada.

Michael volvió a ella. La alzó. Las piernas de ella alrededor de su cintura. La espalda contra la pared fría.

—Espera —jadeó ella—. Preservativo.

—Bolsillo de la chaqueta. —La besó de nuevo, feroz—. Te he deseado cada puto día. Cada noche. En la ducha. En la cama. En reuniones de mierda con políticos de mierda. Pensando en ti. En cómo sería. En cómo sonarías.

La penetró de un golpe.

Jenn gritó. Las uñas en su espalda. La cabeza golpeando la pared.

Michael se quedó quieto un segundo. Respirando. La frente contra la suya.

—Mierda —murmuró—. Eres... mierda.

Se movió.

Rápido. Profundo. Cada embestida la subía por la pared. Los tacones golpeando. El sonido de piel contra piel. La respiración de él en su cuello. Los gemidos de ella en su oído.

—Michael... Michael... por favor...

—¿Por favor qué? —Gruñó. La mano bajó. El pulgar encontró el clítoris—. Di lo que quieres.

—Más. Más fuerte. No pares.

—No pienso parar. Nunca.

La llevó al borde. La mantuvo allí. La hizo temblar. La hizo suplicar. La hizo venir con un grito que ahogó en su boca.

Él vino después. Un gruñido sordo. El cuerpo tenso. Las venas del cuello marcadas. Se quedó dentro, jadeando, la frente contra la suya.

La bajó despacio. Las piernas de ella temblaban. Se apoyó en él.

Caminaron a la cama. Cayeron sobre las sábanas negras. Sudor. Respiración. Silencio.

Jenn miraba el techo. Las luces LED rojas dibujando líneas en la oscuridad.

—Por qué yo —preguntó al fin. Voz ronca.

Michael se giró. La cabeza en la mano. La miraba.

—¿Por qué tú? —Repitió la pregunta. Como si la saboreara—. Porque eres la única que no me ha sonreído.

Jenn frunció el ceño.

—¿Qué?

—Hace un año. Gala benéfica. Hospital de Madrid. Yo estaba en la mesa VIP. Tú eras camarera. —Su pulgar trazó la línea de su mandíbula—. Todos me sonreían. Todos querían algo. Tú... tú me miraste. Me serviste agua en lugar de whisky. Dijiste: "El señor Williams no bebe whisky los martes. Es su regla." Nadie conoce mis reglas. Nadie me dice que no. Tú hiciste las dos.

Jenn se incorporó. La sábana le cayó sobre el pecho.

—Me has estado observando durante un año.

—Sí.

—¿El sorteo?

—Fue manipulado. —Michael no parpadeó—. Todo fue para traerte aquí. Karen te inscribió. Yo me aseguré de que ganara. William os trajo. El jet, el hotel, el vestido... todo planeado.

Jenn se levantó de golpe. Buscó su ropa. Manos temblorosas. El vestido rojo. Las braguitas. El sujetador. Los tacones.

Se vistió a toda prisa. No miraba a Michael.

—Tres días —dijo él desde la cama. Voz tranquila. Sin urgencia—. Solo tres días para que me conozcas. Si al final quieres irte, te irás. Sin preguntas. Sin condiciones.

Jenn se detuvo. La cremallera a medio subir. El corazón desbocado.

—¿Y si me quedo?

Michael se incorporó. Se sentó en el borde de la cama. La miró a los ojos.

—Si te quedas, será para siempre.

Jenn lo miró. La cara de él. Los ojos grises. La cicatriz en el hombro. El tatuaje en el antebrazo.

No sabía si gritar. Si llorar. Si quedarse.

Salió de la carpa. El aire frío le golpeó la cara. El bajo retumbaba lejos. Thump-thump-thump.

Caminó sola por el festival. Gente saltando. Bebiendo. Besándose. Reía. Gritaba. Viva.

Jenn pasó entre ellos. Fantasma. Espectro. Mujer vestida de rojo con el sexo latiendo y el alma en llamas.

Estaba atrapada. Y lo peor era que no quería escapar.

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