Capítulo 2 La Suite

Jueves, 22:10. Hotel Plaza. Charleroi.

El lobby olía a jazmín sintético y a dinero que no necesita presumir.

Jenn se detuvo en la entrada. Mármol blanco. Lámparas de cristal que debían costar más que su coche. Recepcionistas con trajes negros y sonrisas medidas que parecían salidas de un catálogo de élite.

—Esto no es un hotel —dijo Karen, girando sobre sí misma—. Esto es un museo con camas.

—Las camas son lo de menos —murmuró Melissa, todavía somnolienta por el viaje—. Quiero saber si el minibar es gratis.

William caminaba delante sin mirar atrás. Las maletas rodaban detrás de él empujadas por dos botones que habían aparecido de la nada.

—Sus habitaciones están en la séptima planta —dijo sin volverse—. El señor Williams ha dispuesto que tengan acceso a todas las zonas comunes. Piscina cubierta, gimnasio, sauna...

—¿Sauna? —Melissa se desperezó—. Dime que es mixta.

William no contestó.

Llegaron al ascensor. Las puertas se abrieron en silencio. Dentro había espejos en todas las paredes. Jenn se vio reflejada cuatro veces. Chaqueta de cuero, ojeras que el champán no había borrado, una expresión que no terminaba de decidir si estaba emocionada o aterrorizada.

—Planta siete —dijo un botón iluminado solo.

El ascensor subió sin ruido.

Karen se acercó a Jenn y bajó la voz.

—¿Tú crees que esto es normal?

—¿El qué?

—Todo. El jet. El hotel. El tío silencioso que nos escolta. Parece que nos hubieran elegido para algo.

—Nos eligieron para un concurso —dijo Jenn—. El de Instagram. ¿Recuerdas? Melissa etiquetó a Rampage Records en una foto y ellos nos contactaron.

—Sí, pero... —Karen se mordió el labio—. No sé. Soy abogada. La letra pequeña me da desconfianza.

—Pues deja de ser abogada por tres días.

Las puertas se abrieron.

El pasillo era ancho, alfombrado en azul marino. Puertas de madera oscura con números dorados. William se detuvo frente a la 712.

—Esta es su suite.

Abrió la puerta.

Jenn entró primera.

Y se quedó paralizada.

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22:15. Suite 712.

El salón era más grande que todo su piso.

Sofá de piel blanca. Mesa de centro de mármol. Una televisión del tamaño de una pared. Ventanales que daban a las luces de Charleroi, un mapa de puntos naranjas y blancos que se perdía en la niebla.

Pero lo que hizo que Jenn se quedara sin aire fue la otra puerta. Entreabierta. La que daba a la habitación principal.

Vio el borde de una cama enorme. Sábanas grises. Y sobre la mesilla, un marco de fotos.

Se acercó sin pensar.

Dentro de la foto: un hombre. Traje, copa de vino, fondo de alguna fiesta cara. No se veía bien la cara. Solo la mandíbula, la sombra de barba, una mano que sostenía la copa con dedos largos y un reloj que parecía de oro.

—Esta suite tiene dos habitaciones —dijo William desde la puerta—. Ustedes pueden repartirse.

—¿Y tú? —preguntó Sarah, que estaba revisando el baño—. ¿Dónde duermes?

—Al lado. Cualquier cosa, golpean la pared.

—¿Cualquier cosa? —Melissa apareció con una botella de champán que ya había abierto—. ¿Incluye si me da miedo la oscuridad?

William la miró. Ni un parpadeo.

—Buenas noches, señoritas.

Cerró la puerta al salir.

Melissa se giró hacia las demás.

—Me ha ignorado. Me ha ignorado descaradamente.

—Eres muy obvia —dijo Karen.

—¿Obvia? Yo soy directa. Que es distinto.

Jenn no las escuchaba. Seguía mirando la foto. Algo le rozaba. Algo que no sabía nombrar.

—¿Jenn? —Sarah se acercó—. ¿Estás bien?

—Sí. Sí, claro.

Cerró el marco y lo puso boca abajo sobre la mesilla.

—Vale —dijo Karen frotándose las manos—. Repartamos habitaciones. Hay dos. Una es la principal con cama king size. La otra tiene dos camas individuales.

—Yo quiero la king —dijo Melissa.

—No te he dado permiso.

—No necesito permiso. Necesito espacio para rodar.

Se tiró en la cama principal y empezó a quitarse las zapatillas con los pies.

Karen puso los ojos en blanco.

—Vale. Entonces tú y Jenn compartís la grande. Sarah y yo cogemos las individuales.

—Me parece bien —dijo Sarah.

—¿Jenn?

Jenn asintió sin mirarlas.

Todavía estaba con la cabeza en otro sitio.

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23:00. La habitación principal.

Melissa ya estaba en pijama. O en lo que ella llamaba pijama: un sujetador deportivo y braguitas de encaje negro. Estaba tumbada boca arriba, con el móvil en alto, contestando historias de Instagram.

—Mark me ha escrito —dijo sin apartar la vista de la pantalla.

—¿El DJ? —preguntó Jenn, sentada en el borde de la cama.

—El mismo. Pone: "Prepárate para mañana. Te tengo reservado un sitio en el backstage."

—¿Y qué le vas a contestar?

—Ya le he contestado. Un emoji de melocotón y otro de llama. Medio en broma, medio en serio.

—Eres un caso.

—Soy eficiente.

Jenn se quitó la chaqueta de cuero y la dejó en la silla. Se quedó en camiseta blanca y vaqueros. Las ojeras le pesaban. Pero sabía que no iba a dormir.

Demasiadas cosas en la cabeza.

El ex. El trabajo. El pase dorado.

La foto del hombre con el reloj de oro.

—Oye —dijo Melissa bajando el móvil—. Háblame de verdad. ¿Cómo estás?

—Bien.

—Mientes. Llevas tres meses mintiendo. Pero bueno, no te voy a presionar. Solo quiero que sepas que si esta noche necesitas llorar, yo no te voy a abrazar porque me da grima, pero te paso los pañuelos.

Jenn sonrió. Una sonrisa pequeña, pero real.

—Gracias.

—De nada. Ahora apaga la luz que quiero soñar con el DJ de veintidós años.

Jenn apagó la lámpara.

La oscuridad era densa. Silenciosa. Solo se oía la respiración de Melissa, que se volvió homogénea al minuto.

Jenn no podía dormir.

Se levantó. Fue al salón.

La luz de la ciudad entraba por los ventanales. El mármol de la mesa brillaba. Y sobre ella, en medio de un posavasos de corcho, había un dossier.

No estaba antes.

Jenn se acercó. El dossier era de cuero negro. Sin nombre. Sin remite. Solo una solapa que se abría con un simple movimiento de dedos.

Lo abrió.

Dentro: fotos. Ocho. Todas polaroid. Todas de ella.

Jenn en el supermercado, cogiendo una lata de atún.

Jenn en el parque, sentada en un banco, con el móvil.

Jenn saliendo de su trabajo (el antiguo, el que dejó).

Jenn en una terraza, riéndose con Sarah.

Jenn sola en su piso. La foto estaba tomada desde la calle. Se veía la luz de su salón encendida.

El corazón le dio un vuelco.

Las manos le temblaron.

Buscó la última foto. Era la más reciente. La que le había hecho esta mañana. En el aeropuerto. Ella comprando un café antes del vuelo.

Alguien la había seguido todo el día.

Alguien la había estado vigilando.

Y ese alguien las había invitado a Bélgica.

Jenn cerró el dossier con un golpe seco.

Respiró hondo. Otra vez. Otra.

—¿Señorita Taylor?

Se giró.

William estaba en la puerta de la suite. La puerta estaba cerrada. No había oído abrirse.

—¿Cómo has...?

—Tiene que irse —dijo él, con la misma voz plana de siempre—. Ahora.

—¿Irme? ¿Por qué? ¿Qué pasa?

William avanzó hacia ella. Jenn retrocedió hasta chocar con la mesa de mármol.

—El señor Williams llegó antes de lo previsto. Está subiendo en este momento. Y no quiere que usted esté aquí cuando él llegue.

—¿Que no quiere que...? ¡Esta es mi suite!

—Era su suite. Hace cinco minutos.

—No entiendo.

—No tiene que entender. Tiene que irse.

William la agarró del brazo. No con violencia, pero con una firmeza que no admitía réplica.

Jenn forcejeó.

—¡Suéltame! ¿Dónde están mis amigas?

—Ellas se quedan. Usted no.

—¿Por qué?

—Porque el señor Williams quiere verla a solas. En otro lugar.

El pánico le subió por la garganta.

—No voy a ir a ninguna parte con un desconocido.

—No soy un desconocido. Soy el que le ha estado enviando las flores cada martes durante los últimos dos meses.

Jenn se quedó sin aire.

Las flores. Las rosas rojas que aparecían en su puerta cada semana. Sin remite. Sin nota. Ella pensaba que era Andrew, arrepintiéndose.

Pero Andrew nunca fue detallista.

—¿Eras tú?

—No. Él.

William tiró suavemente. Jenn tropezó con sus propios pies.

—Ahora, señorita Taylor. Y prepárese. Él no es paciente.

La puerta de la suite se abrió del todo.

Jenn alcanzó a ver a sus amigas en la otra habitación, durmiendo. Melissa roncaba bajito. Sarah tenía un brazo fuera de la cama.

No se despertaron.

William la sacó al pasillo. La puerta se cerró con un clic.

Y entonces Jenn lo vio.

Al final del pasillo, de espaldas a ella, un hombre.

Traje azul marino (el mismo que el de la foto, el mismo que la perseguía desde hacía meses). Manos en los bolsillos. Cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, como si estuviera escuchando música que solo él oía.

Se giró.

Michael Williams.

Las fotos no le hacían justicia. Era más alto. Más ancho de hombros. La mandíbula de anuncio de perfume caro. Y los ojos. Grises. Casi transparentes. Como hielo sucio.

Sonrió.

No era una sonrisa amable.

Era la sonrisa de alguien que siempre consigue lo que quiere.

—Jennifer —dijo. Su voz era grave, pausada, como si tuviera todo el tiempo del mundo—. Al fin te tengo delante.

Dio un paso hacia ella.

Jenn retrocedió.

William la sujetó por los hombros.

—No corras —dijo Michael, acercándose más—. Llevo meses esperando este momento. No me lo arruines con una carrera.

—¿Quién coño eres tú? —consiguió articular Jenn.

Michael se detuvo a un palmo de su cara.

Puso una mano en la pared, junto a la cabeza de ella. La otra se la llevó al bolsillo del pantalón.

—Soy el dueño del festival al que has venido. Soy el que te ha pagado el vuelo, el hotel y cada maldita copa de champán que has bebido hoy.

Inclinó la cabeza.

—Y soy el hombre que va a hacer que te olvides de tu exnovio en menos de tres días.

Jenn tragó saliva.

—Estás loco.

—Probablemente.

Michael se separó. Dio un paso atrás. La miró de arriba abajo como si estuviera evaluando una compra.

—William te llevará a una habitación en la planta octava. Ahí pasarás la noche.

—¿Y mis amigas?

—Ellas se quedan ahí. Estarán seguras. Siempre y cuando tú cooperes.

—¿Cooperar en qué?

Michael sonrió otra vez. Esta vez más lento. Más peligroso.

—Eso lo descubrirás mañana.

Se dio la vuelta. Caminó hacia el ascensor sin mirar atrás.

Jenn quería gritar. Quería correr. Quería despertar a sus amigas y montar un escándalo.

Pero sus piernas no se movían.

Y en el fondo de su estómago, caliente y aterrador, algo no quería huir.

Algo quería saber qué iba a pasar.

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