Capítulo 2 Capítulo 1: El umbral de las sombras
La risa de los amigos de Susan flotaba sobre la mesa del bar céntrico pero ella apenas la escuchaba el tintineo del hielo contra el
cristal de su vaso de ginebra con tónica marcaba un ritmo idéntico al de sus
propios latidos.
A sus veintisiete años, Susan Díaz cargaba con una etiqueta invisible pero pesada la de la mujer predecible, la ingeniera excelente en la oficina de gestión empresarial que jamás llegaba tarde y cuyos fines de semana se resumían en series y cenas tranquilas. Sin embargo, bajo su piel y tras la calma de sus ojos , latía un pulso indómito que llevaba meses
exigiendo una grieta por donde escapar.
—No vas a atreverte, Susan
—provocó Clara, inclinándose
sobre la mesa de madera desgastada
— Hablas mucho de querer un cambio, de
sentir algo real, pero ese lugar no es para pusilánimes.
No hay luces , no hay
nombres Solo carne y deseo.
—Déjala en paz, Clara
—intervino Mateo, robándole una patata
frita del plato
—Susan es una mujer sensata.
Entrar a A Oscuras es jugar en
otra liga allí dentro las reglas de la sociedad se borran en la puerta.
Nadie te mira a los ojos porque no se puede ver nada. Solo vas a tocar, a ser tocada y a perder el control.
Susan miró a sus amigos.
La luz ámbar del bar periférico
perfilaba su cabello castaño semi ondulado, que caía con suavidad sobre sus
hombros.
Llevaba un vestido de seda negro, sutilmente entallado, que resaltaba su feminidad sin caer en lo vulgar.
Un perfume de notas profundas de jazmín
negro, vainilla ahumada y un leve toque de sándalo emanaba de su cuello cada vez que se movía, una fragancia sofisticada que contrastaba con el ambiente rústico del local.
—Precisamente por eso quiero ir
—dijo Susan, y su voz,
habitualmente suave, sonó con una firmeza que sorprendió a los demás
—Estoy
harta de la sensatez. Quiero saber qué pasa cuando apagas el juicio de los demás.
El trayecto hacia el distrito industrial fue un borrón de luces urbanas y nerviosismo.
El club ocupaba una antigua fábrica de ladrillos texturizados, desprovista de letreros llamativos. Solo una pesada puerta de hierro negro y una fila compacta de personas que aguardaban en silencio delataban su existencia.
El aire de la noche era frío, pero la expectación colectiva generaba un calor denso en la acera.
Al cruzar el umbral, el proceso de admisión fue estricto.
Dos guardias corpulentos confiscaron los teléfonos móviles en bolsas selladas.
Un recepcionista de modales impecables les entregó un antifaz de seda negra a cada uno.
—Las reglas son simples
—explicó el hombre con voz monótona
pero firme
— Las máscaras se colocan antes de cruzar la segunda cortina.
Dentro, la oscuridad es absoluta.
No se permiten luces, encendedores ni
pantallas.
El consentimiento es la única ley si alguien aparta una mano, esa mano no vuelve a insistir.
Al salir, nadie pregunta nombres.
Disfruten de la pérdida de identidad.
Susan sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal mientras se ajustaba la seda sobre los ojos. Clara le apretó la mano una última
vez antes de que una pesada cortina de terciopelo acústico se abriera ante ellas al dar el primer paso, la realidad cambió de golpe.
La música no era un simple sonido era una fuerza física un pulso de graves profundos e hipnóticos vibraba directamente en el suelo,
subiendo por los tobillos de Susan y sacudiendo su torso La oscuridad
no era una mera penumbra de discoteca era un vacío denso, absoluto y total era imposible distinguir si se tenían los ojos abiertos o cerrados.
El ambiente estaba cargado de un magnetismo animal.
El aire era cálido, espeso, impregnado de una mezcla embriagadora de sudor limpio,
licores caros, cuero y feromonas flotando en el espacio a los pocos segundos
de avanzar, Susan perdió el contacto con la mano de Clara.
La marea de cuerpos anónimos la arrastró suavemente hacia el interior del laberinto sensorial asu alrededor, el entorno cobraba vida a través de los otros sentidos.
Se escuchaban risas apagadas por el eco de los bajos, murmullos jadeantes en los rincones tapizados, el roce constante de telas satinadas contra la piel y el sonido inequívoco de bocas que se encontraban a ciegas. La ausencia de visión agudizaba todo lo demás al extremo cada centímetro de su piel blanca se volvió ultrasensible a las corrientes de aire y a la cercanía de los extraños.
Susan caminó despacio, con las manos extendidas hacia el frente, rozando ocasionalmente hombros firmes, cinturas que se apartaban con suavidad o brazos que buscaban un contacto efímero la sensación de libertad era embriagadora. Nadie sabía quién era ella no existían los cargos corporativos, los pasados ni las expectativas. Era solo un cuerpo vibrando en una masa de deseo.
Se apoyó contra una columna forrada de terciopelo para recuperar el aliento. El calor del club empezaba a hacer mella, y unas pequeñas gotas de sudor perlaban su frente. Fue en ese instante de pausa cuando el
espacio a su alrededor pareció contraerse.
Un cuerpo se posicionó justo detrás de ella, sin llegar a tocarla de inmediato, pero anulando la corriente de aire frío de la sala.
Susan
contuvo la respiración. Incluso en la inmensidad de la nada, pudo percibir una
presencia imponente. El desconocido era notablemente alto la cima de la cabeza
de Susan apenas alcanzaba el nivel de su barbilla. Un aroma a tabaco rubio,
maderas nobles y un magnetismo puramente masculino inundó sus fosas nasales,
disipando el olor general del club.
Una mano grande, de dedos largos y decididos, se posó con una lentitud exasperante sobre la curva de su cintura.
Ethan Smith no solía mezclarse con la clientela.
Como dueño
y cerebro detrás de A Oscuras, su rol habitual consistía en vigilar desde las cámaras de visión nocturna de la oficina de control, asegurando que el santuario de anonimato que había construido funcionara como una maquinaria perfecta A su edad , Ethan era un hombre que lo tenía todo bajo un
control estricto su negocio, la inmensa fortuna de su familia y sus propias
emociones. Su físico imponente
—su estatura, su cabello negro ondulado que caía
rebelde sobre su frente y esos ojos avellana que en la luz normal desarmaban a
cualquiera
— solía ser el centro de atención dondequiera que fuera.
Estaba aburrido de las miradas de interés, de las sonrisas ensayadas de las mujeres que buscaban al heredero por eso había decidido bajar esa noche.
Necesitaba escapar de sí mismo, salir de su zona de confort y experimentar el club como un mortal más, despojado de su estatus. Se había quitado la camisa de diseñador, quedando en una prenda ligera que exponía los tatuajes pequeños y minimalistas que
salpicaban la piel de sus brazos robustos: una coordenada geográfica cerca de
la muñeca, una línea abstracta en el antebrazo, pequeños símbolos cargados de
significado personal pero discretos. Se había adentrado en la penumbra del ala oeste del club, donde la música golpeaba con más fuerza. Había rechazado un par de manos
errantes con un sutil paso atrás, buscando algo que ni él mismo sabía definir y entonces, la encontró no la vio, por supuesto pero el aroma lo detuvo en seco.
Entre la bruma de alcohol y sudor del local, un perfume exquisito, una mezcla perfecta de jazmín negro y sándalo, lo golpeó con la fuerza de un impacto físico. Era una fragancia elegante, limpia, que no pertenecía al ecosistema habitual del club al acercarse, su mano encontró una cintura estrecha,
cubierta por una seda suave que cedía ante la presión de sus dedos.
Cuando la piel de Susan entró en contacto con la palma de la mano de Ethan, una descarga eléctrica pareció recorrer a ambos. Susan no se apartó al contrario, su espalda se arqueó levemente, buscando el calor del
pecho de él.
Ethan deslizó su otra mano con parsimonia hacia arriba, subiendo por las costillas de la joven, maravillado por la tersura y la firmeza
de su estructura. Sus dedos se hundieron en el cabello castaño de Susan al tacto, las hebras eran increíblemente sedosas, semi onduladas, enredándose entre sus dedos largos como hilos de misterio. Ethan inclinó la cabeza, buscando el origen de ese perfume embriagador en la curva de su cuello.
Susan soltó un suspiro ahogado cuando sintió los labios de él rozar apenas la piel sensible detrás de su oreja, sin llegar a besarla del todo, jugando con la anticipación. La respiración de Ethan era cálida, profunda, transmitiendo una seguridad salvaje que derribó las últimas defensas de la joven.
—No te muevas
—murmuró una voz grave, un barítono profundo
que vibró contra el oído de Susan, haciéndola temblar.
Ella no tenía intención de hacerlo.
Llevada por un instinto
que no sabía que poseía, Susan se giró en el espacio reducido, quedando de
frente a él.
Sus manos blancas y femeninas subieron por el torso desnudo del
hombre. Sus dedos tropezaron con el relieve sutil de los tatuajes pequeños en
sus brazos, delineando las formas abstractas en la oscuridad. La musculatura de
Ethan era firme, esculpida, y el calor que emanaba de su cuerpo era casi abrasador.
Ethan la atrajo hacia sí con firmeza, eliminando cualquier distancia. Sus bocas se buscaron con la urgencia de quienes sufren de sed.
Cuando sus labios se unieron, el erotismo de la sala pareció concentrarse en ese único punto. Fue un beso cargado de una sensualidad cruda pero extrañamente
coreografiada las manos de Ethan descendieron hacia las caderas de Susan,
levantándola ligeramente para acoplar sus cuerpos, mientras el pulso de la música electrónica marcaba el compás de sus movimientos.
El tacto de la piel de ella, la suavidad extrema de su cabello entre las manos de él y ese aroma constante a jazmín provocaron en
Ethan un cortocircuito mental. Había estado con innumerables mujeres en su vida, pero este encuentro a ciegas, desprovisto de rostros y de nombres, estaba despertando una tormenta de sensaciones que jamás pensó experimentar por una extraña. No era solo deseo físico era una conexión celular, un reconocimiento primitivo que lo asustaba y lo fascinaba a partes iguales para Susan, la experiencia era trascendental.
Las manos del desconocido la hacían sentir vulnerable y extrañamente protegida a la vez. Cada caricia en la penumbra abría nuevas dimensiones de placer en su cuerpo,
borrando el mundo exterior, la oficina, sus miedos y su rutina. Eran solo dos almas salvajes devorándose en los confines de la noche pasaron lo que parecieron horas atrapados en ese bucle de caricias intensas, besos húmedos y susurros ininteligibles al oído, rodeados por la masa de personas que participaban del mismo ritual en la inmensidad negra de A Oscuras. El deseo llegó a un punto de no retorno, una comunión de cuerpos que se buscaban con una desesperación bellísima.
Sin embargo, el hechizo de la noche tenía una fecha de caducidad implícita. Tras un último y prolongado beso que dejó a ambos sin
aliento, una marea humana de personas que se desplazaba hacia la pista principal empujó con fuerza el hombro de Ethan, obligándolo a dar un paso al costado para no perder el equilibrio fue un segundo de distracción. Un parpadeo en la nada.
Cuando Ethan estiró los brazos nuevamente para buscar la seda del vestido y la calidez de la piel de la muchacha, sus dedos solo
encontraron el aire denso y vacío del club. Susan, asustada por el tumulto y abrumada por la intensidad de lo que acababa de vivir, se había dejado arrastrar por el flujo de la multitud hacia las luces de la salida, buscando aire fresco.
Ethan la buscó con desesperación ciega, estirando las manos, chocando con otros cuerpos que protestaban en la penumbra.
—¡Espera!
—exclamó, pero su voz fue sepultada por el
estallido de un nuevo drop de la música.
El perfume de jazmín negro
flotaba en el aire como un fantasma verde, pero ella ya no estaba.
Al transcurso de unas semanas .
El sol de la mañana se filtraba con timidez a través de los grandes ventanales de cristal de la cafetería Le Grain, ubicada en el corazón del distrito financiero.
El lugar estaba lleno de ejecutivos, analistas y
administrativos que buscaban su dosis matutina de cafeína antes de ingresar a
los rascacielos circundantes.
Ethan Smith estaba sentado en una mesa del rincón, vestido con un traje gris de corte impecable que ocultaba por completo los tatuajes de sus brazos. Revisaba unos informes financieros en su tableta pero su mente no estaba en los números. Desde aquella noche en el club, ninguna mujer había
logrado captar su interés la memoria sensorial de la chica del jazmín lo perseguía como una obsesión insomne de repente, la puerta de la cafetería se abrió, activando
una pequeña campana.
Una corriente de aire entró desde la calle, y con ella, un aroma específico viajó por el local. Ethan congeló el dedo sobre la pantalla sus pupilas se dilataron Jazmín negro, vainilla ahumada y sándalo.
El mismo aroma exacto. Su memoria biológica reaccionó al instante el pulso se le
aceleró de la misma forma que aquella noche en las sombras levantó la mirada con lentitud, barriendo el lugar.
Allí estaba ella.
Una mujer de unos veintisiete años, hermosa, esperaba en la fila de la barra. Su cabello castaño semi ondulado caía exactamente de la misma manera que él recordaba haber acariciado en la oscuridad.
Llevaba un traje de oficina azul marino que realzaba su figura femenina y profesional. Cuando ella se giró para mirar el menú de la pared,
Ethan pudo ver su rostro con total claridad por primera vez: unas facciones delicadas, labios carnosos y unos ojos color gris, profundos y tormentosos, que denotaban una inteligencia brillante.
Ethan sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Era ella no había duda alguna. El destino acababa de arrojar a la mujer del misterio
directamente en su mundo diurno.
Observó cómo la joven recogía su café y una carpeta con el logotipo dorado de Corporación Smith, la inmensa empresa de gestión y desarrollo de su propia familia. Ella trabajaba para él, o al menos, en uno de
sus edificios.
Susan, completamente ajena a la mirada felina y penetrante del hombre alto de ojos avellana que la observaba desde el rincón, miró su reloj con preocupación, dio un sorbo a su taza y salió apresuradamente del local en dirección a la torre principal de las oficinas de gestión empresarial.
Ethan sonrió de medio lado, una expresión seductora y peligrosa cruzando su rostro de
facciones perfectas. El juego acababa de comenzar, y esta vez, no pensaba
dejarla escapar en la oscuridad
