Capítulo 3 Capítulo 2: El retorno a la penumbra

La semana en la oficina de gestión empresarial había sido un suplicio de papeles, métricas de rendimiento y pantallas brillantes que herían los ojos de Susan.

Sentada frente a su escritorio de melamina blanca, rodeada por el zumbido monótono del aire acondicionado central y el tecleo incesante de sus compañeros de departamento, su mente se negaba a concentrarse. Cada vez que cerraba los

ojos, el peso de una mano grande en su cintura y el roce de unos labios en su cuello la devolvían al vacío magnético de A Oscuras. El recuerdo de aquel perfume a maderas nobles y tabaco rubio se había convertido en una sombra que eclipsaba la realidad diurna.

—Estás en otra galaxia, Susan

—dijo Clara, dejando caer una carpeta de informes sobre

su mesa

— Llevas diez minutos mirando el mismo gráfico de barras. ¿Sigues pensando en el espécimen de la noche del sábado?

Susan parpadeó, acomodándose un mechón de su cabello castaño semi ondulado detrás de la oreja. Sus ojos color gris, habitualmente serenos, reflejaron una chispa de frustración y deseo reprimido.

—No puedo quitármelo de la cabeza, Clara

—confesó en un susurro, asegurándose de

que el jefe de área no estuviera cerca

— Fue solo una noche. Ni siquiera sé

cómo es su rostro. Pero el tacto de su piel... la forma en que me sujetaba.

Siento que todo lo demás es artificial.

—Pues solo hay una forma de sacarte la espina

—respondió Clara con una sonrisa

cómplice, apoyándose en el borde del escritorio

— Volvemos este viernes. El club abre a las once. Esta vez no dejes que la multitud te arrastre. Si el tipo tiene dos dedos de frente y sintió la mitad de lo que dices, seguro estará

rondando el mismo sector.

La idea quedó flotando en el aire de la oficina como una promesa peligrosa.

Durante los días siguientes, Susan se descubrió a sí misma prestando una

atención desmedida a los hombres que cruzaban el vestíbulo de la Corporación Smith. Miraba las estaturas, la forma de los hombros, buscando desesperadamente una coincidencia con la imponente presencia del club.

No sabía que, desde la planta ejecutiva

más alta, unos ojos color avellana la observaban fijamente a través de los

cristales ahumados del helipuerto privado cada vez que ella salía a almorzar.

Ethan no había tenido una semana fácil. La gestión de los activos internacionales de su familia requería su atención absoluta, pero su

concentración estaba completamente rota. La imagen de la hermosa mujer de piel

blanca y ojos grises que había visto en la cafetería Le Grain saboteaba cada reunión de

directorio. Saber que Susan Díaz trabajaba en los niveles inferiores de su propio imperio le daba una ventaja de poder inmensa, pero Ethan no era un hombre que disfrutara de las victorias fáciles.

El misticismo de A Oscuras residía en la igualdad que otorgaba la ceguera, y él quería volver a sentir la pureza de esa atracción antes de revelar sus cartas en el mundo de los vivos.

El viernes por la noche, el ambiente del distrito industrial estaba cargado de una

neblina densa que humedecía el pavimento texturizado. Susan llegó sola esta

vez, vistiendo un conjunto de lencería de encaje oscuro bajo un vestido de satén verde esmeralda que caía con fluidez sobre sus curvas femeninas. Su cuello y sus muñecas estaban impregnados con el habitual perfume de jazmín , una firma olfativa que pretendía usar como un faro en la nada.

Al cruzar la pesada puerta de hierro, el ritual se repitió de manera mecánica el

teléfono guardado, el antifaz de seda negra ajustado sobre sus ojos y la pesada cortina acústica abriéndose para dar paso al abismo sensorial.

La música electrónica de esa noche era un deep house oscuro, con una línea de bajo

tan profunda que hacía vibrar el metal de las barandillas internas. El aire caliente, cargado de las feromonas de cientos de personas sedientas de anonimato, envolvió a Susan de inmediato. Su piel reaccionó con una

oleada de escalofríos deliciosos. Avanzó con paso firme hacia el ala oeste, el sector exacto donde tres semanas atrás su vida había cambiado de rumbo.

En la sala de control del piso superior, Ethan Smith observaba las pantallas de los monitores de visión nocturna de alta definición. El sistema militar del club mostraba los cuerpos en tonos de verde y gris fosforescente, captando cada movimiento con una claridad quirúrgica. Ethan estaba apoyado contra el escritorio de cuero negro, sosteniendo un vaso de whisky de malta con un solo hielo. Vestía únicamente un pantalón oscuro y una playera de tirantes negra que dejaba al descubierto los músculos esculpidos de sus hombros y los pequeños tatuajes esparcidos por sus brazos una brújula minimalista cerca del codo, una constelación sutil en el bíceps.

De repente, una silueta entró en el cuadrante de la cámara cuatro. Ethan dejó el vaso sobre la mesa con firmeza. La forma en que caminaba, la elegancia intrínseca de sus movimientos y la caída de su cabello semi ondulado eran inconfundibles.

Era ella.

Había vuelto.

Ethan sintió una descarga de adrenalina que le tensó la mandíbula. Una sonrisa lenta,

cargada de una sensualidad peligrosa, se dibujó en sus labios perfectos. Se pasó una mano por su cabello negro y churco, tomó su propio antifaz de seda y salió de la oficina.

—Dejo el control en tus manos, Carlos

—le dijo a su jefe de seguridad al cruzar la

puerta

— Asegúrate de que nadie interrumpa el cuadrante oeste durante la próxima hora.

—Entendido, señor Smith. Disfrute de la noche

—respondió el hombre, habituado a los deseos impredecibles de su patrón.

Susan se encontraba apoyada contra una de las paredes tapizadas en cuero del ala oeste. La densidad del club era abrumadora a pocos metros de ella, los murmullos, los jadeos contenidos de parejas entregadas al erotismo de las sombras y el sonido de las telas rozándose creaban una sinfonía de lascivia

pura. Sentía manos extrañas pasar cerca de sus hombros, pero se apartaba con sutileza. No quería a nadie más.

El aire a su alrededor pareció espesarse de golpe. El sutil aroma a tabaco rubio y

maderas nobles cortó la bruma del club como un cuchillo afilado. El corazón de

Susan dio un vuelco salvaje. Su memoria biológica no se equivocaba.

Antes de que pudiera reaccionar, un cuerpo imponente y masivo se materializó detrás

de ella. La diferencia de estatura era evidente: la coronilla de Susan quedaba justo al nivel del pecho del hombre. Ethan no esperó. Deslizó sus manos grandes y cálidas desde las caderas de la joven hacia su cintura, apretándola contra su torso desnudo y firme.

Un suspiro entrecortado escapó de los labios carnosos de Susan.

—Has vuelto

—susurró Ethan directamente en su oído, enviando una descarga eléctrica que le aflojó las piernas.

La vibración de su pecho contra

la espalda de ella era una caricia física por derecho propio.

—Te estaba buscando

—respondió Susan, perdiendo toda la timidez que la caracterizaba en la oficina.

En la oscuridad del club , era una mujer libre de ataduras.

Ethan la giró con suavidad pero con una firmeza incuestionable, atrapándola entre su

cuerpo y la pared acolchada. Sus manos subieron por los brazos de Susan, deleitándose con la tersura de su piel , hasta enredarse en su cabello . El tacto de las hebras sedosas avivó el fuego que Ethan había estado conteniendo durante semanas. Inclinó la cabeza y capturó su boca en un beso húmedo, profundo y cargado de una urgencia carnal que rozaba lo obsceno.

Las manos femeninas de Susan subieron instintivamente por el torso del hombre. Sus

dedos delinearon con desesperación los músculos definidos de su pecho y ascendieron hacia sus brazos, reconociendo el relieve milimétrico de los pequeños tatuajes regados por su piel. El calor que emanaba de él era sofocante, embriagador.

Susan entreabrió las piernas cuando sintió la presión firme del muslo de Ethan acomodarse entre las suyas, buscando un contacto que hizo que el satén de su vestido esmeralda se tensara.

El erotismo del encuentro escaló de inmediato. Ethan descendió el beso hacia la

línea de la mandíbula de Susan y luego hacia su cuello, succionando la piel sensible con una sensualidad salvaje, justo donde el perfume de jazmín negro era más intenso. Susan arqueó la espalda, entregándose por completo al juego, soltando gemidos apagados que eran devorados por el volumen ensordecedor de la música electrónica.

Las manos de Ethan bajaron hacia el dobladillo del vestido , subiendo la tela con parsimonia, acariciando los muslos firmes de Susan hasta encontrarse con el encaje húmedo de su lencería. La audacia del movimiento hizo que Susan temblara, aferrándose a los hombros del desconocido con una fuerza nacida del deseo puro. Cada roce en las sombras multiplicaba las sensaciones por mil sin la vista, el universo entero se reducía al ritmo de sus respiraciones acopladas y a la fricción de sus cuerpos hambrientos.

—Eres una maldita adicción

—murmuró Ethan contra su piel, con una voz ronca que delataba cuánto le estaba costando mantener el control y no tomarla allí mismo, en medio del ala oeste del club, frente a la mirada ciega de los demás

asistentes.

Susan se estiró hacia arriba, buscando nuevamente sus labios, buscando esa lengua que la reclamaba con autoridad. El beso se volvió más sucio, más demandante, una

coreografía de lujuria pura donde ambos se reconocían como iguales en el vicio de la penumbra. Estaban al borde del abismo, en ese punto de no retorno donde las convenciones sociales desaparecen por completo.

Sin embargo, Ethan sabía que este santuario tenía reglas que él mismo había dictado

para proteger el misterio. Su mente analítica, incluso nublada por la pasión, comprendía que consumar el acto por completo en la pista los dejaría expuestos. Quería más de ella, quería poseerla en un espacio donde pudiera escuchar cada uno de sus suspiros sin el filtro de la música.

Con un movimiento fluido, Ethan la tomó de la mano, entrelazando sus dedos largos

con los de ella, y comenzó a guiarla a través de la masa de cuerpos danzantes. Susan

lo siguió sin dudar, confiando ciegamente en el magnetismo del hombre alto que la conducía por el laberinto negro. Caminaron por un pasillo lateral, alejándose paulatinamente del epicello del sonido, hasta que el crujido de una puerta de madera pesada indicó que habían ingresado a un área restringida.

El silencio relativo de la nueva estancia los envolvió. Era uno de los reservados privados del club, un espacio alfombrado con un diván de terciopelo y el aroma Blimpio del cuero.

Ethan la empujó suavemente contra el diván, pero antes de que pudiera arrojarse sobre

ella para continuar lo que habían empezado, el sonido metálico de un walkie-talkie en el cinturón oculto de Ethan interrumpió la atmósfera. Una voz distorsionada de la seguridad del club se escuchó de fondo: «Señor, tenemos un problema en el acceso

principal. Hay una inspección de sanidad inesperada en la puerta».

Ethan maldijo internamente entre dientes. Como dueño, una inspección requería su

presencia inmediata con las identificaciones legales de la empresa matriz del grupo Smith para evitar que la policía clausurara el local.

Miró la silueta de Susan en la penumbra del reservado. Ella respiraba agitadamente,

con el vestido alborotado y los labios hinchados por los besos. El deseo de

quedarse era inmenso, pero el imperio familiar y la seguridad de su propio

negocio estaban primero. Decidió jugar una última carta antes de marcharse.

Se inclinó sobre ella, plantó un beso castigador en sus labios y le susurró al

oído con una seguridad escalofriante:

—No te muevas de aquí.

Volveré en diez minutos.

Esta noche vas a ser mía por completo.

Ethan salió del reservado a toda prisa, cerrando la puerta con pestillo electrónico

desde afuera para asegurarse de que nadie más entrara, pero dejándole a ella la

libertad de salir si presionaba el botón de emergencia interno.

Susan se quedó sola en el diván, con el corazón galopando en su pecho. El silencio

del reservado y la adrenalina del momento la hicieron reflexionar. ¿Qué estaba

haciendo? Era una profesional cualificada, una ingeniera de la Corporación, y estaba

encerrada en el reservado de un club clandestino esperando a un extraño cuyo

rostro desconocía.

La excitación inicial comenzó a mezclarse con un sutil destello de pánico y cordura.

Buscó a ciegas la manija de la puerta. Al tocar el botón de emergencia, el pestillo cedió con un chasquido. Susan sabía que si se quedaba, cruzaría una línea de la que no habría retorno. Ajustó su vestido de satén verde, se acomodó el cabello castaño con dedos temblorosos y decidió salir al pasillo, guiada por las débiles luces de emergencia del suelo que indicaban la ruta hacia la salida del

club. No podía entregarse de esa manera sin saber quién era él.

Cuando Ethan regresó al reservado quince minutos después, tras haber solucionado el

altercado con los inspectores mediante un par de llamadas a los contactos de alto nivel de su familia, abrió la puerta con urgencia.

El espacio estaba vacío. Solo el aroma persistente a jazmín negro y sándalo

flotaba en el aire del reservado como una burla silenciosa.

Ethan apretó los puños, una mezcla de rabia y una fascinación indomable recorriendo

su cuerpo. Ella se había escapado de nuevo. Pero esta vez, a diferencia de la primera, Ethan tenía una ventaja que ella ni siquiera sospechaba. Sabía su nombre, sab

ía dónde trabajaba y sabía que el lunes por la mañana, la luz del sol de la Corporación no le permitiría esconderse más detrás de un antifaz de seda.

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