Capítulo 4 Capítulo 3: El aroma de la verdad
El lunes por la mañana comenzó con el habitual cielo grisáceo de la zona financiera, un recordatorio metálico de que el fin de
semana había quedado sepultado bajo las demandas del mundo corporativo. Susan
Díaz cruzó las puertas giratorias de cristal de la torre principal de la compañia con las ojeras camufladas por un toque ligero de maquillaje y el cabello castaño semi ondulado rígidamente recogido en una coleta alta, intentando proyectar la imagen de la ingeniera imperturbable que todos conocían. Sin embargo, por dentro, su mente era un caos absoluto.
No había dormido más de tres horas consecutivas desde el viernes de la semana pasada.
La culpa, el pánico y una insoportable pulsación de deseo insatisfecho la habían
acompañado durante cada minuto del sábado y el domingo había huido del reservado de A Oscuras sintiéndose una
cobarde, pero también una mujer cuerda que intentaba salvar los restos de su dignidad. La idea de entregarse por completo a un hombre sin rostro, en un diván de cuero y bajo la promesa de una posesión absoluta, la había
aterrorizado en el último segundo.
Al bajarse del ascensor en el piso doce, donde operaba la oficina de gestión empresarial, saludó mecánicamente a la recepcionista y caminó por la alfombra azul industrial hacia su cubículo. El sonido de los
teclados, los teléfonos fijos sonando en la distancia y los murmullos de los analistas de datos eran el ecosistema seguro en el que Susan solía reinar con comodidad pero esa seguridad se evaporó en el instante en que sus ojos grises se posaron sobre la superficie limpia de su escritorio de melamina blanca en el centro exacto de su mesa, justo al lado de su ordenador portátil, descansaba una caja negra de cartón rígido y acabado mate, de unos veinte centímetros de largo.
No tenía etiquetas de mensajería, ni
sellos de la oficina de correos del edificio, ni una tarjeta con su nombre escrito a mano. Era un objeto extraño, perfectamente pulcro, que desentonaba con el caos de carpetas de manila y archivadores que la rodeaban.
—¿Qué es eso?
—preguntó Clara, apareciendo por detrás con
una taza de café humeante en la mano
— ¿Tienes un admirador secreto en el
departamento de contabilidad?
Susan tragó saliva, sintiendo que la boca se le secaba de inmediato.
Una extraña premonición, un escalofrío helado que nació en la base
de su nuca, le advirtió que no debía abrir esa caja frente a nadie.
—No tengo idea
—respondió Susan, intentando mantener la voz firme y neutral
— Debe ser algún material de muestra que enviaron los proveedores de logística para el nuevo proyecto de gestión de inventarios.
Luego lo reviso.
—Bueno, si es un regalo de bodas adelantado, avísame
—bromeó
Clara antes de retirarse hacia su propia estación de trabajo, riéndose entre
dientes.
En cuanto su amiga le dio la espalda, Susan se sentó en su silla ergonómica y acercó la caja hacia sí con dedos temblorosos.
Sus uñas cortas y bien cuidadas retiraron la tapa texturizada con una lentitud que
rozaba la agonía.
Al levantar el cartón, un aroma denso, embriagador y violentamente familiar inundó el reducido espacio de su cubículo, atravesando el filtro del aire acondicionado.
Jazmín negro, vainilla ahumada y sándalo.
Susan contuvo el aliento, abriendo los ojos de par en par en el interior de la caja, encajado en un lecho de seda negra idéntica a los
antifaces del club, se encontraba un frasco de cristal tallado de su perfume
francés exclusivo.
Era una edición limitada, una fragancia costosa que ella misma tenía que encargar con meses de antelación en una boutique especializada del centro.
Pero lo que hizo que su corazón se detuviera por completo no fue el perfume, sino la pequeña nota de papel opalina que descansaba sobre el frasco.
La tipografía estaba impresa en tinta negra, con letras limpias y un diseño sobrio que denotaba una formalidad escalofriante.
Susan leyó las líneas en silencio, sintiendo que la sangre se le retiraba del rostro:
«Te fuiste antes de tiempo del reservado. Nos vemos en la planta ejecutiva a las tres de la tarde , no faltes ingeniera Díaz».
El papel se deslizó de sus manos blancas y cayó sobre las rodillas de su pantalón de sastre azul marino. Susan sintió una oleada de pánico tan intensa que tuvo que apoyarse contra el borde del escritorio para no perder el equilibrio.
El aire de la oficina de gestión empresarial se volvió de repente irrespirable.
El extraño del club, el hombre alto de los tatuajes minimalistas y la voz barítona que la había besado hasta dejarla sin aliento en
la penumbra más absoluta, sabía quién era ella.
Conocía su nombre completo, conocía su cargo en la compañía y, lo peor de todo, ostentaba el poder suficiente como para citarla en la planta ejecutiva de la compañia, un territorio exclusivo reservado únicamente para la junta directiva y los herederos .
¿Quién era él?
¿Un director de área?
¿Un vicepresidente?
¿Un cliente de alto nivel que la había visto en los pasillos de la torre y luego la había seguido hasta el club clandestino? La sola idea de que un superior jerárquico la hubiera tenido acorralada contra la pared acolchada de un club erótico, tocando su lencería y explorando la tersura de su piel mientras
ella gemía sin control, le provocó una mezcla insoportable de vergüenza y una inevitable, oculta excitación que se concentró en la boca de su estómago.
Las horas siguientes pasaron como una tortura medieval.
Susan intentó concentrarse en las auditorías de procesos y en las hojas de cálculo de Excel, pero las letras bailaban ante sus ojos grises. Cada vez que el reloj de la pared avanzaba un minuto, el pánico aumentaba. Al mediodía, ni siquiera pudo probar bocado de la ensalada que había comprado en la cafetería Le Grain. El aroma del jazmín negro que emanaba de la caja en su escritorio
parecía perseguirla, recordándole que el juego de las sombras se había trasladado a la cruda e implacable luz del día.
A las dos y cuarenta y cinco de la tarde, Susan entró al cuarto de baño de la oficina. Se miró en el espejo de cristal limpio, se soltó
el cabello castaño para dejar que cayera con suavidad sobre sus
hombros
—tal como él lo había acariciado en la oscuridad
— y luego volvió a recogerlo con frustración, buscando mantener una fachada profesional. Se acomodó la chaqueta del traje, respiró hondo tres veces y caminó hacia los ascensores VIP situados al fondo del pasillo este.
Para acceder al piso veintinueve, la planta ejecutiva, era necesario deslizar una tarjeta de seguridad especial. Susan utilizó la suya de rango senior, la cual emitió un pitido electrónico que le permitió presionar el
botón iluminado con una letra «E». El trayecto vertical fue rápido, silencioso y asfixiante. Las paredes del ascensor eran de acero cepillado y espejos ahumados, devolviéndole la imagen de una mujer que parecía ir directa al patíbulo.
Cuando las puertas se abrieron en el piso veintinueve, el entorno cambió de manera radical. El suelo de alfombra industrial dio paso a un mármol de Carrara pulido que reflejaba la luz del sol de la tarde que entraba
por los inmensos ventanales de suelo a techo. El silencio era absoluto, roto únicamente por el suave tecleo de una secretaria de mediana edad vestida con un
traje de Chanel que custodiaba un imponente escritorio de madera de nogal.
—Buenas tardes
—dijo Susan, y su voz sonó más temblorosa de lo que pretendía
—Soy la ingeniera Susan Díaz, del departamento de gestión empresarial. Tengo una… citación a las tres de la tarde.
La secretaria levantó la mirada, revisó la pantalla de su ordenador y le dedicó una sonrisa cortés pero enigmática.
—Ah, sí, ingeniera Díaz. El director la está esperando en su oficina privada.
Puede pasar directamente por la puerta doble de roble del fondo del pasillo.
No necesita anunciarse.
Susan asintió con la cabeza, sintiendo que sus piernas se volvían de plomo. Caminó por el pasillo de mármol, pasando junto a cuadros de arte abstracto y vitrinas que exhibían los premios internacionales de la
corporación. Cada paso que daba la acercaba más al verdugo de su anonimato. Se detuvo frente a las imponentes puertas dobles de madera oscura, levantó la
mano con una elegancia femenina, y llamó suavemente tres veces con los nudillos.
—Adelante
—respondió una voz desde el interior.
El tono barítono, grave, profundo y perfectamente modulado vibró a través de la madera, impactando directamente en el centro del pecho de Susan.
Era esa voz. La misma voz que le había susurrado «No te muevas» en la
inmensidad negra de A Oscuras. La misma voz que la había calificado como una
maldita adicción antes de dejarla encerrada en el reservado.
Susan empujó la puerta y entró, cerrándola con suavidad a sus espaldas.
La oficina presidencial era un espacio gigantesco, de diseño vanguardista y minimalista.
Un inmenso escritorio de cristal negro dominaba el centro de la habitación, pero el hombre que lo ocupaba no estaba sentado.
Se encontraba de pie, de espaldas a la entrada, mirando a través del ventanal que
dominaba una panorámica impresionante de los rascacielos de la ciudad y el
distrito financiero.
Era notablemente alto.
Sus hombros eran anchos, esculpidos a
la perfección bajo una camisa de seda gris de diseñador cuyas mangas estaban
elegantemente remangadas hasta los antebrazos , desde esa distancia, Susan pudo
notar el cabello negro, espeso y ondulado, casi churco, que caía con rebeldía sobre su nuca, desafiando el rigor del protocolo ejecutivo de la empresa.
—Ha sido muy puntual, ingeniera Díaz
—dijo el hombre, sin girarse aún. Su voz contenía un matiz de ironía seductora que hizo que a Susan se le erizara la piel
—Me alegra saber que la disciplina que muestra en sus informes de gestión también se aplica a mis solicitudes personales.
—¿Quién es usted?
—logró articular Susan, apretando los
puños a los costados de sus muslos
— ¿Cómo sabe lo que pasó el viernes? ¿Qué es todo esto?
El hombre soltó una risa sorda, un sonido bajo que resonó en las paredes de la inmensa estancia.
Con una parsimonia exasperante, se giró de
frente hacia ella, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón de sastre gris oscuro.
Susan sintió que el aire abandonaba sus pulmones por completo.
Su mente sufrió un cortocircuito biológico.
El rostro que apareció ante ella era de una belleza masculina simétrica y desarmante. Una mandíbula cuadrada y marcada, una nariz recta y unos labios carnosos y sensuales que ella recordaba haber devorado con lujuria desmedida en la penumbra. Pero lo que la dejó completamente paralizada
fueron sus ojos: dos orbes de un color avellana profundo, limpios, penetrantes
y cargados de una inteligencia felina que la escaneó de arriba abajo en un segundo.
En sus brazos robustos, expuestos por las mangas remangadas de la
camisa, Susan pudo ver con total claridad los pequeños tatuajes regados por su
piel blanca y bronceada la pequeña brújula minimalista cerca del codo, la constelación sutil en el bíceps.
Frente a ella no estaba un empleado de nivel medio.
Estaba Ethan Smith, el heredero de la compañía Smith, el director ejecutivo
de la corporación y el soltero más codiciado y peligroso de las altas esferas del país.
—Creo que ya conoces mi nombre en este mundo, Susan
—dijo Ethan, dando un paso firme hacia adelante. Su estatura imponente eclipsó de
inmediato la luz que entraba por el ventanal, reduciendo el espacio entre ambos
—Pero en el club, donde la luz no existe, las formalidades estorban.
¿O acaso prefieres que te hable de las métricas de rendimiento mientras recuerdo cómo se sentía el encaje húmedo de tu lencería entre mis dedos?
Susan dio un paso atrás, chocando su espalda contra la dureza de la puerta de roble cerrada.
El rostro se le encendió en un rubor violento, sus ojos grises se abrieron con una mezcla de indignación profesional y pánico carnal.
—Usted… usted es el dueño de A Oscuras
—susurró, dándose
cuenta en ese instante de la magnitud del laberinto en el que se había metido
—Me estuvo vigilando. Usó su posición para… para acosarme en mi trabajo. Esto es
totalmente inadmisible, señor Smith.
Ethan no se detuvo hasta quedar a escasos centímetros de ella. El aroma a maderas nobles, tabaco rubio y ese magnetismo puramente masculino que Susan había memorizado con su piel la envolvió de golpe, anulando cualquier atisbo de lógica profesional.
Ethan levantó una mano grande, de dedos
largos, y apoyó la palma contra la madera de la puerta, justo al lado de la cabeza de Susan, acorralándola de la misma forma en que lo había hecho en el ala oeste del club nocturno.
—Yo no te acoso, ingeniera Díaz
—murmuró Ethan, inclinando
la cabeza hasta que sus labios perfectos quedaron a milímetros de la oreja de
Susan.
Su respiración cálida la hizo temblar
—Fuiste tú quien entró en mi
santuario dos veces.
Fuiste tú quien buscó salir de su zona de confort porque estabas harta de la sensatez de tu vida perfecta. Y fuiste tú quien me besó con la urgencia de una mujer que prefiere la crudeza del deseo antes que las mentiras del día.
Yo solo he venido a reclamar los diez minutos que me debes en
el reservado.
Susan miró los ojos avellana de Ethan, atrapada en una red de seducción de la que sabía
que no quería escapar. La rigidez corporativa de la oficina se estaba desmoronando a una velocidad alarmante, sustituida por el mismo erotismo crudo, denso y lascivo que dominaba las noches oscuras de la ciudad.
