Capítulo 2

Punto de vista de Zarelle

El mundo se redujo al espacio que separaba nuestras respiraciones.

El férreo control de Calden se resquebrajó apenas un instante, pero lo vi. Me examinó el rostro con una mirada capaz de rastrear hasta el origen mismo de mi traición. El gran alfa, desconcertado por la rebeldía de la loba más débil de su manada.

Casi podía oír sus pensamientos. La omega desesperada que había intercambiado su sangre poco común por protección, ¿con qué derecho se atrevía ahora a exigir algo?

—Explícate.

La orden, cargada de poder alfa, me caló hasta los huesos.

—No hay nada más que explicar. —Mantuve la voz firme pese a la tormenta que me sacudía por dentro—. Le daré mi sangre a Thessaly, pero este es mi precio.

Cerré las manos hasta que las uñas se me clavaron en las palmas. Fijé la vista en el equipo médico a sus espaldas. En cualquier parte menos en aquellos ojos dorados que parecían verlo todo.

—¡Teníamos un trato!

Un gruñido retumbó en lo más profundo de su pecho, y el resplandor ámbar de su lobo se filtró en sus iris.

—Y lo estoy rompiendo. —Por fin le sostuve la mirada y alcé la barbilla—. Entrégame al Consejo. Quítame el título. No me importa.

Por primera vez en tres años, algo distinto de la ira y el desdén cruzó su rostro. Algo casi parecido a...

No. No volvería a caer en esa trampa.

Calden esperaba lo de siempre: mi sumisión silenciosa, los hombros encorvados, la mirada baja. No aquello. Jamás aquello.

Un músculo le palpitó en la mandíbula mientras me observaba. Su aroma se volvió acre, cargado de emociones contradictorias.

—Está bien.

La respuesta fue tajante, aunque teñida de algo que bien podía ser reticencia.

—¿Tienes los documentos?

La pregunta me sacudió como un golpe.

Por supuesto. Antes se preocuparía por los trámites que por mis razones. Eficiencia por encima de cualquier emoción. Calden Ashmoor en estado puro.

—Todavía no —respondí en un hilo de voz.

Clavó los ojos en mí, como si intentara descubrir si las grietas de mi determinación eran reales o se trataba de otra manipulación.

Entonces dictó la sentencia con la contundencia de un mazo:

—Beta Aldrin, redacte los documentos del divorcio.

El mundo se inclinó bajo mis pies.

Su aceptación inmediata no debería haberme sorprendido, pero lo hizo. La brutalidad de su respuesta me dejó sin aliento y convirtió la suite del hospital en un espacio siniestro y vacío. Parpadeé para contener aquellas lágrimas traicioneras y levanté la barbilla, como si hubiera ensayado ese gesto un millón de veces.

Beta Aldrin regresó demasiado pronto, con los documentos del divorcio entre las manos como si fueran una sentencia de muerte.

Calden firmó sin vacilar. Su rúbrica atravesó el papel como un brutal corte de tinta.

Durante un instante fugaz, creí distinguir algo en sus ojos dorados. Lo que fuera. Pero desapareció antes de que pudiera ponerle nombre, sustituido por aquella exasperante calma de alfa.

—Trato hecho. —Guardó el documento en un sobre con precisión clínica—. El Consejo lo tramitará antes del anochecer. No te demores.

Me temblaron los dedos al guardar mi copia. El papel me quemaba la piel como hielo.

Tres años de miradas furtivas y deseos nunca expresados, reducidos a dos firmas.

—Thessaly está esperando.

Se dio media vuelta y echó a andar.

Lo seguí, entumecida, con el pulso golpeándome de forma irregular en la garganta.

Eso era todo.

Nunca debería haber esperado nada de él.

La suite VIP apestaba a rosas y engaño. Thessaly descansaba como una reina consentida, con la bata de seda dispuesta cuidadosamente para realzar cada curva. La anciana sanadora dormitaba en un rincón, agotada después de atender su «estado crítico».

—¡Calden! —Los ojos de Thessaly se iluminaron hasta que reparó en mí y frunció el ceño con delicadeza—. Cariño, te dije que no hacía falta...

Fingió una tos y soltó un suspiro teatral.

Calden ignoró su actuación.

—Zarelle está aquí. Terminemos con esto.

Avancé antes de que pudiera ordenármelo.

La sonrisa burlona de Thessaly vaciló. Me incliné y le arranqué la venda de la frente.

El olor fue lo primero que me golpeó: antiséptico y piel intacta.

Ni sangre.

Ni herida.

—¡Zarelle!

El rugido de Calden hizo vibrar las ventanas. Me sujetó con tanta fuerza que me dejó moretones y tiró de mí hacia atrás.

Thessaly soltó un chillido digno del melodrama más exagerado.

—¡¿Cómo pudiste?!

Pero yo ya me había vuelto hacia Calden. Le planté delante del rostro la gasa inmaculada.

—¿Lo hueles, alfa? No hay sangre. Solo otra mentira. —La voz se me quebró bajo el peso de mil verdades nunca dichas—. ¿Cuántas veces me has hecho sangrar para nada?

Un silencio mortal se apoderó de la habitación.

Calden fijó la atención en el médico humano, que temblaba sin control. El aire se volvió denso con el hedor acre del sudor provocado por el miedo y el engaño.

—Explíquese.

Una sola palabra, pero cargaba con toda la ira de un alfa.

El doctor Patel se estremeció como si acabaran de golpearlo y se aferró a la bata de laboratorio. Miró de reojo a Thessaly. Una señal tan evidente como un conejo sangrando en territorio de lobos.

—Alfa, yo... yo solo seguía órdenes —tartamudeó.

Calden avanzó un paso.

El médico retrocedió. El pulso le latía de forma visible en la garganta.

—¿De quién... fueron... las órdenes?

Cada sílaba destilaba una calma letal.

El perfume de Thessaly se volvió empalagoso cuando se removió en la cama.

—Calden, cariño...

Un gesto brusco la hizo callar. Hasta la preciada niña dorada de la manada sabía que no debía poner a prueba la paciencia de un alfa en ese momento.

El médico se quebró como madera seca.

—¡La señorita Ashmoor dijo que usted quería que falsificara los registros! ¡Dijo que necesitaba que hicieran venir a la luna Zarelle! —La voz se le rompió—. Amenazó con quitarme la licencia médica... Amenazó a mi familia...

Durante un instante, nadie dijo nada.

—¿Y mi sangre? —Mi voz atravesó la tensión como plata cortando la carne—. ¿Qué pasó con la que me sacaste?

El doctor bajó la mirada al suelo.

—La revendieron. La sangre Rh negativo alcanza... un buen precio en el mercado negro.

La fachada perfecta de Thessaly se hizo añicos.

—¡Mentiras! ¡Todo eso es mentira! —Hundió los dedos perfectamente manicurados en las sábanas—. Calden, no puedes...

No esperé a que terminara su representación. Con un toque, envié la foto incriminatoria al teléfono de Calden.

En aquel silencio cargado, el zumbido del dispositivo resultó ensordecedor.

—Tu equipo de seguridad puede rastrear al remitente —dije con calma, aunque el pulso me rugía en los oídos—. Pero creo que no es difícil adivinar quién tomó esa foto.

La voz de Calden descendió hasta convertirse en un murmullo letal.

—¿De dónde salió esto?

Le sostuve la mirada sin pestañear.

—Pregúntale a tu futura luna.

La máscara de Thessaly se resquebrajó durante un segundo. Una grieta en su perfecta fachada de porcelana. Luego volvió a adoptar aquella vulnerabilidad calculada y agitó las pestañas como una mariposa herida.

No me quedé a contemplar el resto de su actuación.

—Nuestro trato está cumplido —dije, volviéndome hacia la puerta—. Búscate otro banco de sangre.

A mis espaldas, el médico corrió hacia la salida como una rata que huía de un barco a punto de hundirse.

Entonces se oyó el golpe teatral de unas rodillas contra el linóleo.

—Calden... no puedo...

Thessaly respiraba entre jadeos exagerados mientras se desplomaba en un torbellino de seda. Su mano perfectamente arreglada se aferró a la manga de Calden.

—Es como... como cuando Daelen...

El nombre me atravesó como una bala de plata.

Calden se puso rígido. Lo percibí antes incluso de volverme: los hombros bloqueados, el temblor casi imperceptible de las manos.

Daelen.

Su hermano perdido.

El recuerdo de aquellos lobos leales que nunca regresaron a casa.

Thessaly cayó inerte contra él, la viva imagen de una doncella desmayada.

El ascensor emitió un sonido.

Entré y conté cada segundo de aquella agonía.

Uno.

Dos.

Tres.

Silencio.

No hubo pasos atronadores. Ninguna orden de alfa hizo temblar las paredes. Solo quedó el eco hueco de los latidos de mi propio corazón.

Los labios se me curvaron en algo demasiado afilado para ser una sonrisa.

Tres años desangrándome por él, y ni siquiera merecía un adiós.

Divorciarme de él había sido, sin duda, la decisión correcta.

Lo único malo era haber tardado tres años en tomarla.

El aire del garaje olía a gasolina y cuero pulido. El Bugatti de Calden aguardaba agazapado en su plaza asignada, elegante e intocable, igual que su dueño.

Entonces lo vi.

El Rolls-Royce Phantom.

Color humo.

Con el emblema de la manada Missatian.

Deslicé los dedos por el adorno del capó: un lobo aullando, envuelto en espinas. El símbolo de mi verdadero derecho de nacimiento.

Para aquella manada, yo era Zarelle Stormy: la omega desechable.

Pero el chófer que se inclinó ante mí conocía la verdad.

—Bienvenida a casa, heredera Feymere.

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