Capítulo 3
Punto de vista de Zarelle
La ventanilla polarizada descendió con un suave susurro de lujo y dejó al descubierto un rostro que no sabía cuánto había extrañado.
Los ojos oscuros de Cyric Feymere brillaban con una mezcla de furia contenida y alivio. La bienvenida de un alfa. Su aroma me envolvió: cedro y gaulteria. Muy distinto al pino y el hierro dominantes de Calden, pero igual de poderoso.
—Sube, lobita.
Los seguros se abrieron con un clic amortiguado. Me dejé caer en los asientos de cuero; el cuerpo reaccionó por instinto antes de que mi mente pudiera asimilar nada.
Y entonces...
Me incliné hacia delante y apoyé la frente en el muslo de mi hermano, como una cachorra que busca refugio después de una tormenta. Su mano se posó entre mis omóplatos, cálida y firme, con la certeza inquebrantable del hogar.
—Ya está, ya está. —Trazó lentos círculos sobre mi espalda con el pulgar, igual que cuando me raspaba las rodillas de niña—. Déjalo salir.
El Rolls cobró vida bajo nosotros con un ronroneo cuya vibración me caló hasta los huesos.
Entonces llegaron las lágrimas. Silenciosas. Incontrolables. Dejaron manchas oscuras en sus pantalones de lana Brioni.
—Fui tan estúpida... —conseguí decir entre sollozos. Cada palabra me arañaba la garganta en carne viva—. Tan ciega.
Cyric no intentó consolarme con frases vacías. Me ofreció únicamente el peso constante de la palma sobre la espalda y una verdad que cayó sobre mí como la luz del sol.
—A veces todos perseguimos la luna equivocada.
Lloré hasta que me dolieron las costillas, hasta que la sal de mis lágrimas borró el aroma persistente de aquella otra manada. El aroma de él.
Cuando por fin logré incorporarme, después de dejar todo mi dolor sobre diez mil dólares en ropa de sastrería, mi hermano esbozó una sonrisa.
—¿Te sientes mejor?
Me sequé las mejillas húmedas con el dorso de la mano.
—Gracias. Por venir. Espero no haberte...
—¿Interrumpido la reunión del consejo? —Cyric resopló mientras se ajustaba los gemelos con estudiada calma—. Digamos que sobrevivirán al escándalo de que su alfa abandonara una votación a medias para ir a buscar a su hermana a esa manada perdida de la mano de Dios.
La manera en que dijo «perdida de la mano de Dios», como si el territorio de Calden fuera un puesto remoto infestado de pulgas y no una de las alianzas más poderosas del sur, consiguió aflojar por fin la tensión que me atenazaba el pecho.
Hogar.
En el Imperio Missatiano no nos limitábamos a gobernar territorios. Éramos sus dueños. Nuestras propiedades se extendían por distintos continentes como raíces doradas. Las salas de juntas de Londres y Tokio respondían al mismo linaje ancestral que antaño había gobernado desde tronos cubiertos con pieles de lobo.
Y Cyric Feymere, mi hermano y heredero de todo aquello, me rodeaba los hombros temblorosos con un brazo enfundado en Brioni, como si yo todavía fuera la cachorra que lo seguía por bosques bañados por la luz de la luna.
—Enviaste un mensaje. —En su voz pesaban mil preocupaciones jamás expresadas—. El mundo puede esperar.
Hundió los dedos en mi cabello y dejó en él el reconfortante aroma del hogar: vetiver y nieve derretida. Tan distinto a la austeridad de pino y hierro de Sunlight Ridge.
Solo con percibirlo se me cerró la garganta.
—Gracias —susurré mientras jugueteaba con la manga—. Por rastrear la foto. Por... todo.
Cyric me secó una lágrima rezagada con el pulgar. Su caricia se demoró sobre mi piel como una marca.
—Solo hicieron falta tres llamadas. —Sonrió como un lobo, mostrando todos los dientes—. En cuanto mencionaste el «traumatismo craneal» de Thessaly, puse a los ejecutores a vigilar todas las clínicas de su territorio.
La confesión quebró algo dentro de mí.
Tres años.
Tres años aislada, mientras ellos habían permanecido atentos todo ese tiempo.
—Padre aúlla por ti.
Sus palabras me golpearon con fuerza. El ritual de luna llena de nuestro padre alfa. Un lamento por la ausencia de un miembro de la manada.
Los ojos volvieron a arderme.
—Fui una tonta —dije con voz ahogada, escondiendo el rostro en su hombro—. Me lo advertiste. Maldita sea, toda la manada me lo advirtió...
—No. —Me estrechó entre sus brazos, con la fuerza de un alfa suavizada por el cariño de un hermano—. Caminaste hacia ese fuego para demostrar que no podría quemarte. Eso no es una tontería. Es sangre Feymere.
Solté una risa húmeda contra la solapa de su chaqueta.
—Resulta que el fuego quema a todos por igual.
Un gruñido retumbó en el pecho de Cyric y vibró contra mí.
—Calden Ashmoor jamás mereció a nuestra princesa.
Me levantó la barbilla. Sus ojos oscuros examinaron los estragos: las ojeras, las cicatrices que nadie podía ver.
—Sunlight Ridge aprenderá qué ocurre cuando se mete con los lobos de Missatian.
El Rolls atravesó la frontera del territorio. El aire cambió de manera casi imperceptible cuando las antiguas piedras de protección reconocieron a la hija perdida.
Cyric apoyó la frente contra la mía. Nuestras respiraciones se mezclaron en aquel espacio sagrado entre los alfas y los de su sangre.
—Bienvenida a casa, Zarelle Feymere.
Punto de vista de Calden
El aire estéril del hospital se me adhería a la piel como una segunda capa de ropa, cargado del olor acre del antiséptico y del perfume de rosas de Thessaly. Salí a grandes zancadas de su habitación privada. Los nudillos todavía me palpitaban después de haber golpeado la pared de la sala de observación.
Un desmayo.
Ninguna crisis.
La fragilidad fingida de una luna.
El diagnóstico del sanador jefe seguía resonando en mi cabeza. Cada palabra era un nuevo insulto.
Tres años.
Tres malditos años de transfusiones de emergencia. Tres años viendo cómo Zarelle palidecía con cada donación.
Y todo había sido una farsa.
El teléfono me quemaba en la palma.
—Lo sentimos, el número que ha marcado no está disponible...
Apreté el aparato contra la oreja con tanta fuerza que el plástico crujió. Cuando la voz automatizada repitió su cantinela burlona, un gruñido primitivo me retumbó en el pecho.
Se había ido.
No solo del hospital.
Del territorio.
De mí.
El beta Aldrin apareció a mi lado. Su habitual seguridad comenzaba a resquebrajarse.
—Ni rastro de ella, alfa. Las cámaras de seguridad muestran que salió por el garaje oeste. Sola.
Sola.
La palabra se me clavó entre las costillas.
Zarelle nunca iba sola a ninguna parte. No desde que el pacto la vinculó a mi manada. Siempre llevaba escolta. Siempre estaba bajo mi supervisión.
—Rástrenla. —La orden brotó de mi garganta antes de que pudiera contenerla—. Revisen todas las carreteras. Todos los manifiestos de vuelo. Quiero...
¿Qué?
La pregunta no formulada quedó suspendida entre nosotros.
¿Qué quería de la omega que no había sido más que una obligación contractual?
Nunca habíamos completado el vínculo de apareamiento. Ella jamás había llevado mi marca. Nuestro matrimonio solo existía sobre el papel.
Entonces, ¿por qué la quería de vuelta?
Aldrin vaciló.
—El consejo cuestionará que desviemos recursos para...
—Ahora. —Los colmillos me atravesaron las encías y el sabor del cobre me inundó la boca.
Mientras Aldrin se apresuraba a obedecer, apoyé las manos contra los ventanales de suelo a techo desde los que se dominaba la ciudad. Mi reflejo me devolvió la mirada.
Un desconocido de ojos desbocados y respiración agitada.
Zarelle Stormy.
El nombre me dejaba un sabor amargo. Para mí, ella nunca había sido Stormy. No de verdad.
Solo... Zarelle.
La sombra silenciosa que aparecía cuando la llamaban. La mujer que soportaba mi frialdad sin quejarse. La dueña de aquella rara sangre Rh negativo que había salvado a Thessaly más veces de las que podía contar.
Y ahora se había ido.
Mi lobo rugía contra sus cadenas mientras el aroma de Zarelle desaparecía de mi territorio y su ausencia me abría un agujero en el pecho.
Me volví de golpe hacia los ascensores. Mis zapatos de vestir resonaron sobre el suelo pulido como disparos.
—¿Alfa? —me llamó Aldrin desde atrás.
No aminoré el paso.
—Que llamen a los ejecutores. Activen las unidades de sabuesos.
—¿Con qué fundamento?
Las puertas del ascensor se abrieron. Miré a Aldrin por encima del hombro y permití que mi lobo asomara a través de mis ojos.
—Con el fundamento de que se llevó lo que es mío.
