Capítulo 4
Punto de vista de Zarelle
Los neumáticos crujieron sobre la grava del camino de entrada a la finca, y cada chasquido me alteró el pulso. A través de las ventanillas polarizadas, los robles ancestrales se alzaban como centinelas plateados. Sus ramas se mecían para darme una bienvenida que no estaba segura de merecer.
Antes de que empezara a morderme las uñas, Cyric posó una mano sobre la mía.
—Respira, pequeña loba.
Bajé del vehículo. El aire estaba tan cargado con la magia de la manada que me hizo vibrar hasta los dientes.
Tres años.
Habían pasado tres años desde la última vez que olí la salvia alpina fresca entretejida en los límites de nuestro territorio. Tres años desde que oí cantar las campanillas del jardín del oeste, donde se alzaba el memorial de Madre.
Las puertas dobles se abrieron de par en par antes de que llegáramos.
Padre ocupaba todo el vano, con la luz de la mañana dorándole los anchos hombros. El periódico arrugado entre sus dedos desmentía su fingida indiferencia.
—Así que... —Su voz retumbó como un trueno lejano—. Mi cachorra fugitiva por fin vuelve a casa a hurtadillas.
No lo dejé terminar.
Chocamos con tanta fuerza que ambos nos quedamos sin aliento. Sus brazos, los mismos que me habían alzado sobre sus hombros cuando era una cría, me rodearon con una ternura sobrecogedora. Su aroma a vainilla y whisky añejo inundó mis sentidos.
El aroma que, para mí, siempre había significado seguridad.
—Ni siquiera me dejaste pronunciar el discurso de alfa que había preparado —gruñó contra mi cabello. Sus labios me rozaron la sien—. Doce puntos sobre la responsabilidad. Ejemplos históricos. Todo.
Reí contra su pecho, con los ojos húmedos.
—Recítalo ahora. Te escucharé.
Me apartó lo suficiente para mirarme y, con los pulgares callosos, secó unas lágrimas que ni siquiera había notado. Cuando bajó la mirada hacia las tenues cicatrices del interior de mis codos, un destello salvaje cruzó sus ojos salpicados de oro.
Cyric gruñó al mismo tiempo que Padre. El vínculo de la manada vibró entre nosotros, cargado de una furia compartida.
No hacían falta palabras.
Lo habían visto todo. Lo sabían todo.
—Sunlight Ridge no volverá a tocarte. —La voz de Padre llevaba el peso de siglos de linajes alfa—. Ese cachorro de los Ashmoor no sobreviviría a nuestra conversación si se atreviera a poner una pata en nuestro territorio.
Con una exhalación, expulsé lo último que quedaba del dominio de Calden sobre mí.
—Lo nuestro se acabó.
Padre dilató las fosas nasales, como si quisiera comprobar mi determinación. Fuera lo que fuese lo que percibió, le bastó. Asintió una vez y volvió a refugiarme entre sus brazos.
—Bienvenida a casa, princesa.
Más allá de las ventanas comenzaron los aullidos de la manada. Primero uno. Luego una docena. Después, cientos.
Una marea creciente de voces celebraba el regreso de una hija a la que, en realidad, nunca habían perdido.
Padre me estrechó con fuerza. Su aroma de alfa me envolvió como una armadura.
—La Diosa de la Luna no te creó para que fueras una nota al pie en la historia de algún alfa, cachorra. —Las palabras retumbaron en su pecho—. Tu verdadero compañero reconocerá lo que vales.
Me abandoné a su contacto y la tensión que aún me atenazaba terminó por desvanecerse.
—Lo sé.
Las botas de Cyric resonaron sobre el suelo de madera mientras él se dejaba caer sobre el brazo del sofá.
—Tenemos reserva en Lutter & Wegner a las ocho. Comedor privado.
Padre arqueó una ceja, la única advertencia antes de que su voz de alfa cayera como un mazo.
—¿No deberías estar revisando la adquisición de Tokio?
—Ya la delegué. —Cyric mostró los caninos con esa sonrisa temeraria que siempre hacía llorar a nuestros contables—. Cuestión de prioridades, viejo.
Una comisura de la boca de Padre se estremeció. Pese a toda su arrogancia, nunca había podido resistirse al encanto de Cyric.
—Hablando de prioridades... —Cyric señaló hacia mí con la cabeza—. Elle ha aceptado ocupar su lugar en la mesa.
La mirada de Padre se agudizó.
Tres años atrás, me estaba preparando para supervisar nuestras propiedades europeas: una omega que rompía tradiciones en un mundo de directores ejecutivos alfa.
Y había mantenido el puesto vacante durante todo ese tiempo...
Enderecé la espalda.
—Estoy lista para servir a la manada.
Se acabó perseguir un amor fantasma. Se acabó hacerme pequeña para encajar en las estrechas expectativas de algún alfa.
Sunlight Ridge había intentado volverme invisible, pero allí...
Allí era una Feymere.
El gruñido de aprobación de Padre vibró por toda la sala.
—Esa es mi sangre. —Me tomó del codo y me condujo hacia la gran escalera—. Tavion mantuvo listo tu nido.
—¿Tavion todavía recuerda mis incursiones nocturnas en busca de bocadillos? —Me reí, y mi risa sonó más ligera que en muchos años.
—Por favor. —Cyric puso los ojos en blanco—. Ese hombre tiene una hoja de cálculo con tus frutas favoritas. Esas uvas japonesas cuestan más que su salario mensual.
Mi dormitorio de la infancia olía a lavanda y a manada.
A seguridad.
Po el panda descansaba contra las almohadas, con los brazos desgastados extendidos como si hubiera estado esperándome. Hundí el rostro en su familiar suavidad, y los últimos restos de la influencia de Calden se deshicieron hasta convertirse en polvo.
Padre se quedó en el umbral. El sol de la tarde recortaba su silueta.
—Descansa, cachorra. Esta noche aullaremos hasta derribar el techo.
La puerta se cerró con un chasquido. Me acurruqué en el mullido abrazo de mi nido mientras, más allá de las ventanas emplomadas, el viento traía el coro distante de los miembros de la manada entregados a sus tareas cotidianas: los cocineros preparaban el festín de aquella noche, los centinelas cambiaban de turno y los cachorros se revolcaban por los jardines.
El ritmo de una manada que nunca había dejado de ser mía.
Punto de vista del alfa Merek
La puerta se cerró detrás de mí con la rotundidad de una bóveda al sellarse.
Después de tres años, mi hija por fin estaba en casa.
Abajo, Cyric esperaba como una sombra al pie de la gran escalera. Mi hijo. Mi heredero en todo lo que importaba.
Me acomodé en la silla del despacho, y el cuero envejecido crujió bajo mi peso. La luz se filtraba por las persianas y proyectaba rayas de tigre sobre el expediente que Cyric sostenía entre las manos.
—Muéstramelo.
Sin cortesías. Sin preámbulos.
Solo la orden de un alfa que llevaba tres años esperando aquel ajuste de cuentas.
Nadie podía utilizar a mi niña y salir ileso.
La sonrisa de Cyric tenía el filo de una espada desenvainada. El resplandor de la tableta arrojaba sombras inquietantes sobre sus angulosas facciones mientras tocaba la pantalla.
—Thessaly Ashmoor —murmuró, destilando desprecio en cada sílaba—. Nacida Thessaly Voss. Antigua compañera de Calden... hasta que lo cambió por alguien mejor: su hermano mayor, Daelen.
Me incliné hacia delante. El cuero de la silla gimió en señal de protesta.
—Una jugada inteligente —continuó Cyric mientras deslizaba el dedo hasta mostrar un anuncio de coronación—. Daelen era el heredero aparente de Sunlight Ridge. Hasta que... —Con otro toque hizo aparecer un informe de batalla de mala calidad—. Ocurrió aquella oportuna escaramuza fronteriza de hace tres años.
Mis garras perforaron los reposabrazos.
—Estás sugiriendo...
—¿Que esa pobre «viuda» afligida regresó casualmente con su amor de la infancia antes de que la sangre se secara? —Los ojos dorados de Cyric destellaron—. ¿Y que después han estado desangrando a nuestra chica para mantener viva a esa víbora?
El aire se espesó con el aroma del cedro en llamas. Mi lobo estaba emergiendo a la superficie.
Tres años.
Durante tres años había permitido que aquella farsa continuara por el bien de Zarelle.
Se acabó.
—Investiga más a fondo —gruñí—. Quiero conocer todos los secretos que esconda esa loba. Cada rumor sobre esa muerte «accidental».
Los colmillos de Cyric brillaron en la penumbra.
—Ya estoy en ello.
Bien.
Desmontaríamos las mentiras de Thessaly, una capa tras otra.
Me puse de pie. Mi sombra devoró la pared bañada por la luz de la luna a mi espalda.
—Hay otra cosa importante.
Cyric esperó.
—Organizaremos un banquete. Haz que sea digno de nuestro linaje y del regreso de Zarelle.
Mi heredero no necesitaba tomar notas. Vi los cálculos sucederse tras sus ojos oscuros: catering, seguridad, el delicado equilibrio entre política y poder.
—¿Qué parámetros sigo para la lista de invitados?
Una sonrisa lenta se dibujó en mis labios.
—Todo alfa que se precie de sus colmillos. —Extendí las garras lo suficiente para arañar el reposabrazos—. Y asegúrate de que esos cachorros Ashmoor reciban sus invitaciones en persona.
El énfasis no fue sutil.
Aquello no era solo una celebración.
Era una cacería vestida de seda y champán.
Toda la aristocracia de hombres lobo vería a mi hija resplandecer con las joyas de Missatian. Calden tendría que observar cómo la omega a la que había tratado como si fuera desechable reclamaba su derecho de nacimiento.
—Entendido, padre. —Cyric hizo una leve reverencia antes de darse la vuelta para marcharse—. Me aseguraré de que las invitaciones lleguen a todos los que deberían estar allí.
