Capítulo 3 Capítulo sin título

Seis meses después de la operación, mi vida había cambiado más de lo que jamás imaginé.

El pequeño cuarto de Brooklyn seguía siendo el mismo, pero yo ya no era la misma. Mi cuerpo se había fortalecido, los latidos de mi nuevo corazón se habían vuelto firmes y constantes, y las revisiones médicas confirmaban lo que todos los doctores llamaban "un milagro". Mi corazón —ese órgano que no era mío— latía con una salud envidiable, como si hubiera estado esperando toda la vida para encontrar un hogar en mi pecho.

Pero la vida no espera a nadie, y las facturas tampoco.

—Lo siento, Mía —me dijo la señora Rodríguez, mi casera, con el ceño fruncido—. Entiendo tu situación, pero llevas tres meses atrasada. Si no pagas esta semana, voy a tener que tomar medidas.

Asentí con la cabeza, sintiendo el peso de la vergüenza y la desesperación.

—Lo sé, señora. Le prometo que esta misma semana consigo el dinero. Solo deme un par de días más.

Salí de su apartamento con el corazón encogido. La costura no daba para más. Los encargos eran escasos y los pocos clientes que tenía apenas podían pagar lo suficiente para cubrir el alquiler. Necesitaba un trabajo estable. Necesitaba algo más que agujas e hilos.

Esa tarde, mientras caminaba por las calles de Manhattan en busca de carteles de "Se busca", mis pies me llevaron sin querer hasta la entrada de la Torre Vance.

Me detuve frente al imponente edificio de cristal y acero, sintiendo un extraño cosquilleo en el pecho. Había pasado frente a él docenas de veces, pero nunca me había detenido a mirarlo con atención. Nunca había sentido que algo me llamaba desde su interior.

Y entonces vi el cartel.

"SE BUSCA COSTURERA. EXPERIENCIA EN TEJIDOS DE ALTA GAMA. SUELDO COMPETITIVO. BENEFICIOS EXCELENTES. ENTREVISTAS HOY."

Mi corazón dio un vuelco. Literalmente. Sentí cómo ese latido extraño se aceleraba, como si algo dentro de mí supiera que aquella era la oportunidad que estaba esperando.

—Es solo un trabajo —me dije a mí misma, intentando calmar los nervios—. Solo necesito dinero. No tiene nada que ver con... con lo que sea que esté sintiendo.

Entré al edificio con paso firme, decidida a no dejar que las extrañas sensaciones me dominaran. El vestíbulo era impresionante: mármol blanco, techos altísimos, un enorme letrero con el nombre "VANCE INDUSTRIES" en letras doradas. El olor a riqueza y poder impregnaba cada rincón.

—Buenos días —dije a la recepcionista, una mujer de aspecto impecable y sonrisa profesional—. Vengo por la entrevista para el puesto de costurera.

La recepcionista me miró de arriba abajo, evaluando mi ropa modesta pero limpia, mi cabello recogido en un moño sencillo, mis manos callosas por las horas de trabajo.

—¿Tiene experiencia?

—Sí. Llevo cinco años trabajando como costurera. He hecho vestidos de novia, trajes de noche, ropa de alta costura... —saqué una carpeta con fotografías de mis trabajos—. Aquí tiene algunas muestras.

La recepcionista hojeó las fotos y su expresión cambió ligeramente.

—Pase al piso quince. Allí la atenderá el departamento de vestuario.

El ascensor subió silenciosamente, y yo no podía evitar mirar los botones. Último piso: Oficina del CEO. Por alguna razón, mi mirada se detuvo allí unos segundos más de lo necesario.

—No es nada —murmuré—. Solo es un edificio.

La entrevista fue un éxito. La encargada del departamento de vestuario, una mujer llamada señora Patterson, quedó impresionada con mis habilidades.

—Estos detalles son exquisitos —dijo, señalando los bordados en uno de los vestidos de novia que había hecho—. ¿Dónde aprendiste?

—Mi abuela me enseñó. Ella era costurera en España. Me crié entre agujas y telas.

—Perfecto. El puesto es tuyo. Necesitamos a alguien con talento para el vestuario de nuestros eventos de gala. Empezarás el lunes.

Salí de la Torre Vance con una sonrisa que me iluminaba el rostro. Había conseguido el trabajo. Un trabajo estable, con un sueldo que cubriría mis gastos y me permitiría vivir sin esa constante angustia financiera.

Y sin embargo, mientras caminaba hacia el metro, no podía quitarme de la cabeza la sensación de que algo más me esperaba en ese edificio. Algo que no podía explicar.

El lunes llegó más rápido de lo que esperaba. Me presenté en la Torre Vance con el uniforme que me habían entregado: un conjunto elegante y sobrio que me hacía sentir parte de algo más grande.

El departamento de vestuario estaba en el piso quince. Grandes mesas de trabajo, maniquíes, telas de seda y terciopelo, máquinas de coser profesionales. Era el sueño de cualquier costurera.

—Mía, ¿verdad? —la señora Patterson me recibió con una sonrisa—. Bienvenida. Tu primer proyecto será el vestuario para la gala benéfica de la fundación Vance. Es el evento más importante del año. El propio señor Vance supervisa cada detalle personalmente.

—¿El señor Vance? —pregunté, sintiendo un extraño nudo en el estómago.

—Sí, Alexander Vance. El CEO. —la señora Patterson bajó la voz—. Es un hombre muy exigente. Pero si haces bien tu trabajo, no tendrás problemas.

Durante las semanas siguientes, me sumergí en el trabajo con una dedicación que sorprendió incluso a mis superiores. Pasaba horas cosiendo, bordando, ajustando cada prenda con una precisión obsesiva. Y en cada puntada, en cada pliegue de tela, sentía que estaba construyendo algo más que vestidos.

A veces, cuando el piso quince se quedaba en silencio y todos se iban a casa, yo me quedaba un rato más. Me asomaba a la ventana y veía las luces de la ciudad. Y en mi pecho, el corazón latía con una paz que no lograba entender.

—Estoy feliz —me decía a mí misma—. Es eso. Es la felicidad de tener un trabajo estable.

Pero una noche, mientras cosía el dobladillo de un vestido de gala, un escalofrío recorrió mi espalda. La puerta del departamento de vestuario se abrió lentamente.

Me giré y mi corazón se detuvo por un segundo.

Un hombre estaba en el umbral. Alto, de hombros anchos, cabello oscuro y ojos de un gris tan intenso que parecían atravesarme. Vestía un traje impecable, y su presencia llenaba la habitación con una autoridad que no necesitaba presentaciones.

Era Alexander Vance.

—¿Quién eres tú? —preguntó, con una voz grave que vibraba en el silencio—. ¿Por qué trabajas tan tarde?

Tragué saliva. Mis manos temblaban ligeramente sobre la tela, y mi corazón latía con una fuerza que casi me dolía.

—Soy Mía Montenegro —respondí, levantándome con torpeza—. La nueva costurera. Estaba terminando este vestido para la gala. La señora Patterson dijo que era urgente.

Alexander dio un paso adelante, y sus ojos se posaron en mí con una intensidad que me hizo sentir desnuda. Por un momento, vi algo en su mirada: confusión, curiosidad, y algo más que no pude identificar.

—Mía —repitió, como si saboreara mi nombre—. ¿De dónde eres?

—De Brooklyn, señor Vance. Nací aquí, en Nueva York.

Él asintió lentamente, sin apartar la mirada de mi rostro.

—Tienes un acento... extraño.

—Mi familia es española. Crecí hablando los dos idiomas.

—Ah. —dio otro paso, y ahora estaba tan cerca que podía oler su colonia, un aroma amaderado y masculino que hizo que mi corazón latiera aún más rápido—. ¿Sabes, Mía? Hay algo en ti que me resulta familiar. Y no sé por qué.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿Familiar? ¿Cómo podría ser familiar para un multimillonario? Yo solo era una costurera cualquiera. Una chica que había estado a punto de morir en un hospital público.

—No creo que hayamos coincidido nunca, señor Vance —respondí, con la voz más firme de lo que me sentía.

Él guardó silencio por un momento, observándome con aquellos ojos grises que parecían querer desentrañar mis secretos. Luego, sin previo aviso, su mirada bajó hasta mi pecho. Hasta donde mi corazón latía con fuerza.

—¿Tienes algún problema de salud? —preguntó, y su voz sonó más suave de lo que esperaba.

—¿Por qué lo pregunta?

—Te he visto llevarte la mano al pecho dos veces desde que empecé a hablar contigo.

Me sonrojé. No había notado que hacía ese gesto. Era un reflejo, una forma de asegurarme de que mi nuevo corazón seguía latiendo.

—Estoy bien —mentí—. Solo nervios. Es la primera vez que conozco a alguien tan importante.

Alexander esbozó una sonrisa fría, sin calidez.

—No soy tan importante, Mía. Solo soy un hombre que trabaja demasiado.

Dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta. Pero antes de salir, se detuvo y habló sin mirarme.

—Me gusta tu trabajo. El vestido que estás cosiendo es excelente. —pausa—. Pero si vas a trabajar hasta tarde, asegúrate de no hacerlo sola. Este edificio puede ser... solitario.

Y se fue. Dejando tras de sí un silencio que pesaba como plomo.

Me llevé ambas manos al pecho, sintiendo los latidos desbocados de mi corazón.

—¿Qué fue eso? —susurré—. ¿Por qué mi corazón late así?

Esa noche, no pude dormir. Mi mente repasaba una y otra vez el encuentro con Alexander Vance. Sus ojos grises. Su voz grave. Esa extraña sensación de familiaridad que él había mencionado.

Y, sobre todo, el momento en que su mirada se había posado en mi pecho.

—No sabe nada —me repetí—. Nadie sabe que tengo un corazón trasplantado. Eso es confidencial. No tiene forma de saberlo.

Pero algo en mi interior —algo que venía de ese latido que no era mío— me decía que estaba equivocada.

Que, de alguna forma, Alexander Vance y yo estábamos conectados por un hilo invisible que apenas comenzaba a tejerse.

Y que el destino, caprichoso como siempre, tenía planes mucho más grandes para los dos.

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