Capítulo 4 Capítulo sin título

Alexander

No podía dormir.

Esa noche, después de encontrarme con la costurera en el piso quince, mi mente no lograba encontrar paz. Me di vueltas en la cama durante horas, contando hasta cien, hasta doscientos, hasta que perdí la cuenta. Las sábanas de seda, que antes me parecían un lujo, ahora se sentían como una trampa que me envolvía y me ahogaba. Había algo en esa chica que me perturbaba, algo que iba más allá de su belleza discreta. Sus ojos azules, llenos de una luz que no había visto en mucho tiempo, brillaban con una calidez que me resultaba dolorosamente familiar. Su voz, suave pero firme, tenía un timbre que resonaba en algún rincón olvidado de mi memoria. Y esa forma de llevarse la mano al pecho, como si estuviera protegiendo algo precioso, ese gesto tan suyo, tan íntimo... me partió por dentro.

—Mía Montenegro —murmuré, probando su nombre en la oscuridad de mi habitación, dejando que las sílabas rodaran por mi lengua como un secreto prohibido.

Me levanté y caminé descalzo hasta la ventana. La ciudad de Nueva York brillaba allá abajo, indiferente a mi tormento. Apoyé la frente contra el vidrio frío y cerré los ojos. Había visto su expediente antes de bajar al piso quince. Una empleada nueva, costurera, sin antecedentes relevantes. Nacida en Nueva York, familia de inmigrantes españoles. Veintidós años. Soltera. Sin hijos. Nada especial. Nada que justificara esta inquietud que me roía las entrañas.

Y sin embargo, cuando la vi allí, cosiendo bajo la luz tenue de la lámpara, con el cabello recogido y las manos hábiles moviéndose sobre la tela, algo en mi pecho se había roto. Algo que creía haber enterrado hacía seis meses, en aquel cementerio bajo la lluvia, cuando bajaron el ataúd de caoba y yo sujeté la mano de su madre mientras ella se deshacía en lágrimas.

—Katherine —susurré, y el nombre de mi prometida muerta me quemó en los labios como ceniza caliente.

Di un puñetazo contra la pared. El dolor en los nudillos me ancló a la realidad, pero no fue suficiente.

—No. No es posible —dije en voz alta, como si hablar pudiera conjurar el pensamiento absurdo que se estaba formando en mi cabeza—. Katherine murió. La vi. La toqué. Supe que no volvería.

Pero entonces recordé aquella carta que recibí tres meses después de su muerte. Una carta sin remitente, con una letra que no reconocía, que decía simplemente: "Su corazón no está muerto. Late en otro lugar. Busca a la persona" Yo la había tirado a la basura, convencido de que era una broma cruel de algún enfermo. Pero ahora... ahora la imagen de Mía llevándose la mano al pecho, justo donde debería estar el corazón de Katherine, me heló la sangre.

—No estoy buscando fantasmas —me dije, cerrando los ojos con fuerza, como si pudiera borrar lo que había visto—. No estoy loco. No voy a caer en esto.

Pero esa noche, como todas las noches desde la muerte de Katherine, soñé con sus ojos azules. Soñé con su risa, ese sonido cristalino que llenaba cualquier habitación de luz. Soñé con la boda que nunca llegó a celebrarse, con el vestido blanco que nunca se puso, con el vals que nunca bailamos. Y en medio del sueño, su rostro se transformó. Los ojos azules se volvieron castaños, más profundos, más cálidos. La risa se volvió más suave, más tímida, como un susurro que apenas se atrevía a existir. El cabello rubio se oscureció, se volvió castaño y se recogió en un moño desordenado.

Y entonces escuché una voz que no era la de Katherine.

—Soy Mía Montenegro —dijo, y su sonrisa era tan dulce que me desgarró por dentro—. ¿Quién eres tú?

Desperté con el corazón acelerado, bañado en sudor, las sábanas enredadas alrededor de mis piernas como cadenas. Mi mano temblorosa buscó el vaso de agua en la mesilla y lo derribé; el vidrio se hizo añicos contra el suelo de mármol.

—Maldita sea —mascullé, levantándome de la cama y pisando sin querer uno de los fragmentos. El dolor punzante en la planta del pie apenas lo registré—. Maldita sea, maldita sea, maldita sea.

Me apoyé en la pared, respirando hondo, tratando de controlar el temblor que recorría mi cuerpo. No sé qué está pasando. Esto no es normal. Esto no es un sueño. Katherine no puede estar en esa chica. Es imposible, es ridículo, es una locura de mi mente que no acepta la pérdida.

—Pero voy a descubrirlo —dije, apretando los puños, sintiendo la sangre caliente de mi pie manchando el mármol—. Necesito respuestas. Ahora.

Y en la oscuridad de mi penthouse, entre la luz parpadeante de la ciudad y el silencio cómplice de la noche, tomé el teléfono y marqué el número de mi investigador privado. Sonaron dos tonos. Luego tres. Luego su voz ronca y soñolienta al otro lado.

—¿Alexander? ¿Sabes qué hora es?

—Sé qué hora es, James. Y sé que te estoy despertando. Pero esto es importante.

—¿Tan importante como para llamarme a las tres de la mañana?

—Más —respondí, y mi voz sonó extraña, casi ajena—. Quiero todo sobre una chica llamada Mía Montenegro. Historias médicas, familiares, lo que sea. Desde el día en que nació hasta ayer. Quiero saber si tuvo una operación. Quiero saber si... si le trasplantaron algo.

Silencio al otro lado. Luego, un suspiro.

—Alexander, ¿estás bien? No te oigo bien.

—No estoy bien. Pero eso no importa. Haz lo que te pido. Y quiero respuestas, James. Respuestas que tenga sentido. Porque si no las consigo, creo que voy a enloquecer.

Colgué sin esperar su respuesta. Me quedé allí, de pie, en la oscuridad, con la sangre goteando de mi pie y el nombre de Mía Montenegro resonando en mi cabeza como un eco que no cesaba. Katherine. Mía. La costurera del piso quince. El corazón que seguía latiendo.

Fuera, Nueva York seguía brillando, ajena al infierno que se estaba gestando en mi interior.

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