Capítulo 5 Capítulo sin título

A la mañana siguiente, el sol se colaba por las enormes ventanas de mi penthouse como un acusador. No había pegado ojo, con el incendio que ardía en mi pecho.

Sonó el teléfono. Miré la pantalla: James.

—Habla —dije, con la voz ronca por la falta de sueño.

—Tengo algo. Pero no te va a gustar.

—No me importa si me gusta. Dime.

James carraspeó. Podía imaginarlo sentado en su desordenada oficina, con el café humeante y los expedientes esparcidos sobre el escritorio.

—Mía Montenegro nació en el Bronx, hace veintidos años. Hija de una humilde costurera, su padre desaparecido, las abandonó a su suerte después de llegar a Estados Unidos. Buena estudiante, becada para una escuela de diseño. Nada raro en su historial... excepto por una cosa.

—¿Qué cosa?

—Hace seis meses, ingresó de urgencia en el Hospital Presbiteriano. Insuficiencia cardíaca aguda. Estuvo en lista de espera para un trasplante. Y lo consiguió.

El mundo se detuvo. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

—¿De quién? —pregunté, y mi voz apenas fue un susurro—. ¿De quién era el corazón, James?

Silencio. Luego, su voz, más baja que antes.

—Alexander... no sé si debería decirte esto.

—¡Dímelo! —grité, golpeando la mesa con el puño—. ¡Ahora!

—El donante era anónimo. Pero hice algunas preguntas, moví algunos hilos... y conseguí que una enfermera me hablara. Dijo que el corazón venía de una joven que había muerto en un accidente.

No dejé que terminara.

—Katherine —completé, y la palabra me supo a hiel.

—Sí —confirmó James—. Era Katherine.

Dejé caer el teléfono. Se estrelló contra el suelo de mármol, pero no me importó. Me quedé allí, de pie, temblando, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba a mi alrededor. Katherine. El corazón de Katherine. Latía en el pecho de Mía Montenegro.

—No puede ser —murmuré, llevándome las manos a la cabeza—. No puede ser una coincidencia.

Agarré el abrigo y salí disparado del penthouse. No me importaba cómo me veía: el pelo revuelto, la barba sin afeitar, la mirada de loco. Tomé el ascensor privado hasta el piso quince y caminé rápido por el pasillo, ignorando las miradas de los empleados que se apartaban a mi paso.

La puerta del taller de costura estaba entreabierta. La empujé sin llamar.

Mía levantó la cabeza, sorprendida. Tenía la aguja en la mano y un vestido blanco extendido sobre su regazo ironías del destino, otro maldito vestido de novia. Sus ojos azules se abrieron al verme, y por un instante, vi algo en ellos. Algo que me reconoció. Algo que no debería estar allí.

—Señor Alexander —dijo, incorporándose—. ¿Qué... qué hace aquí?

Cerré la puerta tras de mí. Avancé hacia ella, sintiendo que cada paso era un latido. Un latido de Katherine.

—Mía —dije, y mi voz sonó extraña, rota—. ¿Sabes quién soy?

—Claro que sí. Usted es el dueño de la empresa. El señor Alexander Vance.

—No —negué con la cabeza, acercándome más—. No me refiero a eso. ¿Sabes quién soy en realidad? ¿Sabes lo que hay dentro de ti?

Su mano tembló. La aguja se le escapó y cayó al suelo con un tintineo metálico.

—No... no entiendo lo que quiere decir —respondió, y su voz titubeaba—. ¿Está bien? Parece... parece alterado.

—¿Has sentido algo raro desde la operación? —insistí, sin apartar la mirada de sus ojos—. ¿Sueños? ¿Recuerdos que no son tuyos? ¿Una sensación de que algo te falta, de que alguien te busca?

Mía palideció. Se llevó la mano al pecho, exactamente como la había visto hacer antes. Como si estuviera protegiendo algo. Como si estuviera escuchando un latido que no era del todo suyo.

—No sé de qué habla —susurró, pero sus ojos la delataban. Había miedo en ellos. Y algo más. Reconocimiento.

—Katherine —dije, y el nombre llenó la pequeña habitación como un fantasma—. Ella te eligió. Su corazón te eligió a ti. Y yo... yo necesito saber si ella sigue ahí dentro.

Mía dio un paso atrás, pero la pared la detuvo. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Usted está loco —dijo, pero su voz era apenas un hilo—. Por favor, salga de aquí. Déjeme en paz.

—No puedo —respondí, sintiendo que mi propia cordura se desmoronaba—. Porque ella me habló en sueños.

El silencio se extendió entre nosotros, denso y eléctrico. Ella me miró, y yo la miré, y en sus ojos castaños vi un destello de azul. Solo por un segundo. Pero lo vi.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó ella, y su voz era un susurro roto—. ¿Qué busca?

—Una señal —dije, acercándome más—. Una prueba de que ella está ahí. De que no se fue del todo.

Mía cerró los ojos. Una lágrima rodó por su mejilla. Y entonces, sin abrirlos, habló.

—Hay una canción —dijo, y su voz cambió. Se volvió más suave. Más dulce. Más familiar—. Una canción que no conozco, pero que tarareo cuando estoy sola. Una canción sobre el mar y una promesa.

Mi corazón se detuvo. Esa era la canción de Katherine. La que tarareaba mientras se vestía por las mañanas. La que cantaba cuando creía que nadie la escuchaba.

—No puede ser —murmuré, y mi voz se quebró.

Mía abrió los ojos. Y en ellos, ya no vi solo a una costurera asustada. Vi a Katherine mirándome desde el fondo de unos ojos azules como los de ella, los de Katerine.

—No sé quién soy —susurró ella—. Pero a veces, cuando duermo, sueño con un hombre de traje gris que me promete amor eterno. ¿Ese hombre es usted?

No pude responder. Mis rodillas cedieron y caí de rodillas frente a ella. Frente al corazón de Katherine. Frente a su voz. Frente a su recuerdo hecho carne.

—Sí —logré decir, y las lágrimas que había reprimido durante seis meses finalmente brotaron—. Soy yo.

Mía bajó la mirada hacia mí. Su mano temblorosa se extendió y tocó mi cabello con una suavidad que solo Katherine conocía.

—No entiendo nada —dijo—. Pero por alguna razón... Pero quiero que se vaya por favor, estoy confundida.

Y en ese momento, entre el silencio del taller y los vestidos colgando de las perchas, supe que nada volvería a ser igual. Katherine estaba muerta. Pero también estaba viva. Y yo, Alexander Vance, tenía que decidir si abrazaba ese milagro o si dejaba que el dolor me consumiera para siempre. O hacerla firmar un contrato y tenerla siempre.

Afuera, la ciudad seguía su curso. Adentro, mi mundo había vuelto a girar.

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