Capítulo 6 Capítulo sin título

La puerta del taller se cerró detrás de mí con un golpe sordo, pero no recuerdo haberla empujado. Mis manos aún temblaban. Mis piernas apenas me sostenían. Alexander Vance, el hombre más poderoso de esta ciudad, el que hacía temblar a los directivos con una sola mirada, acababa de arrodillarse frente a mí y llorar.

Y yo... yo no entendía nada.

Me dejé caer en la silla junto a la máquina de coser. Mis dedos, que horas antes manejaban la aguja con precisión de cirujana, ahora se negaban a obedecerme. El vestido blanco seguía extendido sobre mi regazo, y el hilo se había enredado formando un nudo imposible. Como mi cabeza. Como mi pecho.

—Katherine —murmuré, probando el nombre en mis labios.

No me sonaba. No me traía ningún recuerdo. Pero cuando lo dije, algo en mi interior se estremeció. Algo que no era yo. Algo que vivía en algún lugar detrás de mis costillas, bombeando sangre a mis venas, haciéndome sentir viva.

Llevé la mano al pecho, justo donde la cicatriz del trasplante se ocultaba bajo la ropa. Seis meses. Seis meses desde que desperté en aquella cama de hospital con una nueva oportunidad de vida. Seis meses desde que los médicos me dijeron: "Has tenido suerte, Mía. El donante era joven, sano. Tu corazón nuevo te va a durar muchos años."

Pregunté quién era el donante. No querían que yo supiera, por políticas de la clínica. Pensé que si ponía un nombre, un rostro, una historia, la culpa me devoraría. Alguien había muerto para que yo viviera. Alguien joven, sano. Alguien como Katherine.

—Katherine —repetí, y esta vez mi voz sonó distinta. Más grave. Más triste.

Un escalofrío recorrió mi espalda. Me levanté de la silla y caminé hacia el espejo que colgaba en la pared, el que usaba para probarme los vestidos. Me miré. Cabello castaño recogido en un moño desordenado. Ojos azules. Piel clara. Nada que ver con esa mujer rubia de ojos azules que el señor Vance describía como su prometida.

—No soy ella —dije al espejo, como si pudiera convencerme—. Soy Mía Montenegro. Nací en el Bronx. Mi madre es costurera, mi padre nunca lo conocí. Estudié diseño en la universidad. Me gusta el café con leche y las películas de terror. No soy Katherine. No soy esa mujer.

Pero entonces, sin querer, mis labios se movieron solos. Y una canción empezó a brotar de mi garganta. Una canción que no recordaba haber aprendido.

"Bajo el mar de tus promesas, encontré un amor eterno..."

Me tapé la boca con las manos. La canción se cortó de golpe. Mi corazón latía con fuerza, tan fuerte que podía sentirlo en las sienes.

—No puede ser —susurré—. No puede ser, esto no es verdad.

Recordé los sueños. Esos sueños extraños que me visitaban casi todas las noches desde la operación. Un hombre de traje gris, alto, de mirada intensa, que me tomaba la mano y me decía: "Te esperaré, Katherine. Pase lo que pase, te esperaré." Yo siempre despertaba con lágrimas en los ojos, sin entender por qué lloraba. Sin entender por qué sentía una pérdida tan profunda.

Ahora lo entendía.

—Él te esperó a ti —dije en voz baja, hablando con el fantasma que habitaba en mi pecho—. Y yo desperté con sus lágrimas.

El teléfono sonó en mi bolsillo. Lo saqué con dedos torpes. Era mi amiga la única que tenía Mabel.

—¿Mía? ¿Estás bien? Te he llamado tres veces.

—Sí —mentí, y mi voz sonaba extraña incluso para mí—. Estoy bien. Solo... solo estoy cansada.

—¿Has comido algo? No te olvides de tomar tus medicamentos.

—Lo haré —dije, pero mi mente ya estaba en otra parte—. Mabel... ¿tú crees en los milagros?

Silencio al otro lado. Luego, la voz de mi Mabel, más suave.

—Mía, desde que te salvaron la vida, creo en todo. ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada —mentí otra vez—. Te quiero. Hablamos luego.

Colgué y me quedé mirando la puerta por donde Alexander Vance había salido. Su rostro destrozado, sus ojos rojos, su voz rota. Había algo en él que me llamaba. Algo que iba más allá de su belleza fría y distante. Era como si una cuerda invisible uniera mi pecho al suyo. Como si cada latido de mi corazón nuevo llevara su nombre escrito.

—Alexander —dije, y el nombre me supo a hogar.

En ese momento, la puerta del taller se abrió de nuevo. Mi corazón dio un vuelco. Pensé que era él. Pero era Marta, la encargada de planta, con su taza de café y su sonrisa de siempre.

—Oye, Mía —dijo, entrando sin permiso—, ¿qué pasó? Vi al señor Vamce salir de aquí como alma que lleva el diablo. ¿Te hizo algo? ¿Te acosó? Porque si ese hombre se atrevió a...

—No —la interrumpí, negando con la cabeza—. No me hizo nada. Solo... solo vino a hablar conmigo.

—¿Hablar? ¿De qué?

No supe qué responder. Pero entonces, por alguna razón que no entendía, mis ojos se llenaron de lágrimas. Y la voz que salió de mi boca no era del todo mía.

—De amor —dije, y la palabra me supo a despedida y a encuentro al mismo tiempo—. Vino a hablarme de amor.

Marta me miró con preocupación. Se acercó y me tomó la mano.

—Mía, estás pálida. Siéntate. Voy a traerte un vaso de agua.

—No, no hace falta —respondí, secándome las lágrimas con el dorso de la mano—. Solo necesito... necesito pensar.

Y mientras Marta salía del taller, murmurando algo sobre los jefes y sus rarezas, yo me quedé allí, de pie frente al espejo, mirándome a los ojos. Mis ojos Azules. Pero en el fondo de ellos, por un instante, vi un destello.

—Katherine —susurré, y mi voz ya no tembló—. Si estás ahí dentro... si realmente estás escuchándome... ayúdame a entender. Dime qué tengo que hacer.

No hubo respuesta. Solo el latido constante de mi corazón, ese que no era mío, bombeando vida a mis venas. Y en algún lugar del edificio, supe que Alexander Vance también estaba escuchando el mismo latido, aunque estuviera a kilómetros de distancia.

Tomé la aguja del suelo. Tomé el vestido blanco. Y seguí cosiendo. Porque no sabía hacer otra cosa. Porque si Katherine estaba ahí dentro, escondida entre mis costillas, ella también sabía que el amor duele, que el amor se cose con hilo y paciencia, que el amor a veces llega en el momento menos esperado.

Y que, a veces, el amor vuelve en el corazón de una desconocida.

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