Capítulo 7 Capítulo sin título
Pasaron tres días. Tres días en los que evité el piso quince como si fuera una zona de guerra. Tres días en los que el nombre de Mía Montenegro resonaba en mi cabeza como una maldición y un milagro al mismo tiempo. Tres días en los que no dormí, no comí, no viví. Solo esperé.
El informe de James llegó aquel jueves por la tarde, en un sobre manila marrón que dejó en la recepción del penthouse. Lo abrí con manos temblorosas, como si dentro hubiera una bomba. Y en cierto modo, la había.
—Maldita sea —mascullé mientras leía.
Allí estaban todos los detalles. La operación. La fecha exacta. El nombre del cirujano. La sala donde Katherine había sido declarada muerta cerebral. Y una nota al pie que James había añadido con su letra desordenada: "Hablé con la madre de Katherine. Me dijo que su hija siempre quiso donar sus órganos. Que era su deseo. Pero también me dijo algo más. Me dijo que, la noche antes del accidente, Katherine te llamó. Que te dejó un mensaje de voz. ¿Lo escuchaste?"
Me quedé helado. Revisé mi teléfono. Allí estaba, enterrado entre cientos de llamadas perdidas y notificaciones, un mensaje de voz de Katherine con fecha de seis meses atrás. Nunca lo había escuchado.
Mis dedos temblaron al pulsar el botón. Y entonces, su voz, su dulce voz, llenó el silencio del penthouse.
—Alexander, soy yo. Sé que es tarde, pero no podía dormir. He estado pensando en nosotros. En nuestra boda. En nuestra vida juntos. Y tengo que decirte algo importante. Algo que nunca te he dicho. Verás... hace unos días fui al médico. Y... bueno, Alexander, voy a ser madre. Estoy embarazada. De ti. De nosotros. Quería decírtelo en persona, pero no podía esperar. Te quiero. Te quiero más que a nada en este mundo. Llámame cuando puedas. Te espero.
El mensaje se cortó. El teléfono resbaló de mi mano y cayó al suelo. Embarazada. Katherine estaba embarazada. Y yo nunca lo supe. Nunca lo supe porque ella murió antes de poder decírmelo en persona. Nunca lo supe porque el accidente se llevó no solo su vida, sino también la de nuestro hijo.
Caí de rodillas. El dolor era tan inmenso que no podía respirar. Katherine había muerto con mi hijo dentro de ella. Y yo, tan cegado por mi propia tristeza, nunca había escuchado su mensaje. Nunca supe que iba a ser padre. Nunca supe que había perdido no solo a mi prometida, sino también a mi futuro heredero.
Pero entonces, una idea comenzó a formarse en mi mente. Una idea descabellada, imposible, insana. Si el corazón de Katherine latía en el pecho de Mía... ¿y si... y si el niño también? ¿Y si la vida que Katherine llevaba dentro se había transferido de algún modo? No. Era ridículo. Era de locos.
Pero tenía que saberlo.
—Voy a ir al hospital —dije en voz alta, levantándome del suelo—. Voy a hablar con el cirujano. Voy a pedirle que me explique todo.
Y así lo hice. Llegué al Hospital Presbiteriano como un huracán. La recepcionista intentó detenerme, pero la aparté con una mirada. Llegué a la oficina del doctor Martínez, el cirujano que había realizado el trasplante, y abrí la puerta sin llamar.
—Señor Vamce —dijo el doctor, levantando la vista de sus papeles—. No esperaba su visita. ¿Qué...
—El corazón de Katherine —lo interrumpí, con la voz entrecortada—. El corazón de mi prometida. ¿Sabe quién lo recibió?
El doctor palideció. Se quitó las gafas y se frotó los ojos, como si necesitara un momento para procesar.
—No puedo revelar información sobre los receptores de trasplantes. Es confidencial.
—Ya sé quién es —dije, sin apartar la mirada de la suya—. Mía Montenegro. Veintidos años. Insuficiencia cardíaca aguda. ¿Verdad?
El doctor guardó silencio. Luego, asintió lentamente.
—Sí. Es ella. ¿Pero cómo...
—Eso no importa —lo corté—. Lo que quiero saber es esto: Katherine estaba embarazada. ¿Lo sabía?
El doctor abrió la boca. La cerró. Sus ojos se llenaron de algo que podría haber sido sorpresa o podría haber sido miedo.
—Señor Vance... nadie nos informó de eso. Si lo hubiéramos sabido...
—¿Qué? —pregunté, sintiendo que el mundo se desmoronaba a mi alrededor—. ¿Qué habrían hecho?
—No sé —respondió el doctor, con sinceridad—. Pero le diré algo. Durante la extracción del corazón, notamos algo extraño. Algo que no pudimos explicar. El corazón de la donante tenía una frecuencia diferente. Algo así como un segundo latido. Muy leve. Muy tenue. Los médicos dijeron que era un espasmo muscular. Yo... yo no lo creo. No sé que podríamos a ver hecho.
El segundo latido. Mi hijo. El latido de mi hijo dentro de Katherine.
Salí de la oficina del doctor sin despedirme. Mi mente era un torbellino de emociones contradictorias. Si mi hijo había muerto con Katherine, entonces Mía solo tenía su corazón. Mi hijo había muerto, lo dejaron morir. Si fueran mantenido a Katerine en una maquina para respirar, mi hijo estuviera vivo.
—Tengo que verla, tengo que ver a Mía ella es la culpable de todo esto —dije, y mis piernas se movieron solas hacia el ascensor.
Llegué al piso quince en menos de un minuto. Atravesé el pasillo a zancadas. Entré en el taller sin llamar.
Mía estaba allí. Sentada frente a la máquina de coser, con otro vestido entre las manos. Levantó la vista al verme, y sus ojos azules se encontraron con los míos.
—Otra vez usted —dijo, y su voz sonó cansada, pero también había algo de alivio en ella—. ¿Qué quiere ahora?
—Necesito preguntarte algo —dije, acercándome a ella—. Algo importante. Algo que cambiará nuestras vidas para siempre.
Mía dejó la aguja. Se levantó lentamente, como si temiera lo que iba a decir.
—¿De qué se trata?
—De un contrato —respondí, sintiendo que la voz se me quebraba—. Quiero que hagas algo para mí, esto es muy importante para la empresa y para mí igual.
Mía palideció. Se llevó la mano al pecho, exactamente como siempre hacía. Y esta vez, no fue un gesto inconsciente. Fue como si estuviera escuchando.
—Un contrato, no entiendo señor Vance, viene un día diciendo que tengo el corazón de su prometida y ahora esto —susurró—. Eso de un contrato, está usted loco.
—Lo sé, piensas que estoy loco, pero no todos mis empleados firman un contrato especial —dije, dando un paso más—. Pero hay cosas que no podemos explicar.
Mía me miró con los ojos llenos de lágrimas. Y entonces, sin decir una palabra, levantó la mano y la colocó sobre mi pecho. Sobre mi corazón.
—Tu corazón también late diferente señor Vance —dijo—. Como si estuviera buscando algo. Como si estuviera llamando a alguien. Pero se alguien no soy yo.
Y en ese momento, supe que no estaba loco. Supe que el amor era más fuerte que la muerte. Supe que Katherine estaban allí, en el pecho de aquella mujer, esperando ser encontrado.
—Mía —dije, tomando su mano entre las mías—. No sé qué va a pasar. No sé si esto es un milagro o una maldición. Pero sé una cosa: no puedo perderte. No de nuevo.
Ella me miró en silencio. —Esta usted loco señor Vance.
