Capítulo 1 PRESENTACIÓN CON OLOR A DESASTRE.

Maldito puerto HDMI. Maldito adaptador barato. Y maldita sea la idea de venir a esta reunión usando un blazer prestado que me aprieta los hombros como si fuera una camisa de fuerza.

Llevaba tres minutos peleando con el proyector de la sala de juntas del piso cincuenta de De la Torre Investments. El aire acondicionado del lugar estaba programado a una temperatura diseñada para conservar cadáveres frescos, y mis dedos entumecidos apenas lograban sostener el cable. A mi lado, mi socia Caro me lanzaba miradas que gritaban "arréglalo ya o te estrangulo". Teníamos nuestra empresa al borde de la bancarrota. Literalmente, mi cuenta bancaria personal tenía suficiente saldo para comprar dos cafés y una empanada vieja.

Me agaché bajo la enorme mesa de cristal, buscando el origen del fallo, cuando un par de zapatos Oxford de cuero negro, tan limpios que reflejaban las luces fluorescentes del techo, se detuvieron a centímetros de mi cara.

—El sistema requiere una sincronización de red antes de reconocer hardware externo —dijo una voz masculina desde arriba. Sonaba grave, controlada y tan carente de emoción que me dio un escalofrío en la nuca.

Salí de debajo de la mesa de golpe, casi golpeándome la cabeza contra el borde de cristal, y me topé con el tipo. Llevaba un traje de tres piezas color gris carbón que gritaba "dinero viejo".

—Mira, amigo —le solté, sacudiendo el adaptador frente a su cara—. No necesito un tutorial de sincronización. Necesito que este pedazo de chatarra corporativa lea mi USB. Y por cierto, para ser el técnico de soporte de TI, estás ridículamente sobrevestido. Pareces un pingüino que va a un funeral de millonarios. Solo enchufa el cable maestro por mí, ¿quieres?

El silencio que cayó sobre la sala fue tan absoluto que pude escuchar el zumbido de los tubos de luz fluorescente.

Caro me pateó la espinilla bajo la mesa con tanta fuerza que casi suelto un grito. Parpadeé, enfocando por primera vez el rostro del "técnico".

Tenía la mandíbula cuadrada, el cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás sin un solo mechón fuera de lugar, y unos ojos grises que me taladraron el cráneo. Olía a sándalo, a ropa recién planchada y a poder absoluto. Nadie en soporte técnico olía a sándalo. Olían a cables calientes y a Doritos.

—Valeria... —murmuró Caro, con un tono de voz que sonaba a despedida de este mundo—. Él es Sebastián De la Torre. El CEO.

Tragué saliva. El sabor metálico del pánico inundó mi lengua.

El hombre más temido del distrito financiero, el tipo conocido por liquidar empresas emergentes antes del desayuno, me observó de arriba a abajo. Su mirada escaneó mis botas de combate desgastadas, mis jeans negros y el moño desordenado de mi cabeza sostenido por un bolígrafo publicitario mordido.

Esperé los gritos. Esperé que llamara a seguridad para que me lanzaran por la ventana del piso cincuenta.

En su lugar, Sebastián ajustó los puños de su camisa con una calma aterradora. Había algo extraño en la forma en que me miraba. No era asco puro. Era una especie de fascinación clínica, como si acabara de encontrar un insecto venenoso caminando por su impoluta mesa de caoba.

—Un pingüino en un funeral de millonarios —repitió, paladeando las palabras despacio. Su voz no subió ni un decibelio, pero logró que los cinco miembros de la junta directiva sentados alrededor de la mesa encogieran los hombros.

—Fue una observación puramente técnica —intenté arreglarlo, pero mi filtro entre el cerebro y la lengua llevaba años roto—. Un buen traje. Muy... estructurado.

—Señorita Cruz, mi tiempo vale aproximadamente cuatrocientos dólares el minuto. Usted acaba de hacerme perder tres —Sebastián se acercó un paso. La diferencia de altura me obligó a levantar la barbilla. Su presencia era asfixiante—. He leído su propuesta sobre el algoritmo "Error 99". Mi equipo de asesores lo considera una pérdida de tiempo y recursos. Me recomendaron cancelar esta reunión.

—Sus asesores son unos cobardes que le temen a la innovación —disparé antes de que Caro pudiera taparme la boca.

Sebastián no parpadeó.

—Tiene exactamente tres minutos para demostrarme que están equivocados. Si en tres minutos esa pantalla no está proyectando algo que justifique su presencia en mi edificio, la escoltarán a la salida. Y me quedaré con su adaptador barato como compensación por las molestias.

Miré el reloj digital en la pared de la sala. Marcaba las 09:14.

El pánico se transformó en pura adrenalina. Tres minutos. Ciento ochenta segundos para salvar el trabajo de mi vida, mi código, mi bebé.

Tiré el adaptador defectuoso sobre la mesa. Metí la mano en el bolsillo de mi sudadera y saqué mi cable de repuesto, el que siempre llevaba enrollado. Tenía un nudo apretado. Sin perder contacto visual con los ojos grises del CEO, me llevé el nudo a la boca, usando los dientes para tirar del cordón y desenredarlo de un solo tirón violento.

El cronómetro mental comenzó a correr.

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