Capítulo 2 UN 99% DE PROBLEMAS.
El proyector emitió un pitido agudo y la pantalla gigante a nuestras espaldas cobró vida, inundando la penumbra de la sala con el logo neón de Error 99.
Solté el cable, escupí un trocito de plástico negro que me quedó en el labio y me giré hacia los buitres de la junta directiva. Sebastián tomó asiento en la cabecera de la mesa. Cruzó las piernas, apoyó los codos sobre el cristal y entrelazó sus dedos. Seguía mirándome.
—Las aplicaciones de citas actuales son basura —empecé, caminando de un lado a otro porque la energía estática de mi cuerpo necesitaba salir por algún lado—. Todas usan la misma lógica binaria aburrida. Te gusta pasear perros, a él le gusta pasear perros, boom, son compatibles. Eso es un error de novatos. La similitud no garantiza el éxito a largo plazo. La similitud aburre. La similitud termina en divorcios caros y terapias de pareja.
Los hombres de traje en la mesa intercambiaron miradas ofendidas. Caro se cubrió la cara con las manos.
—Mi código, el algoritmo de Error 99, no busca similitudes. Busca complementariedad extrema a nivel psicológico y de comportamiento —continué, tecleando rápido en mi laptop para mostrar los gráficos de datos en la pantalla gigante—. Mide los picos de estrés, la tolerancia al caos, los mecanismos de defensa y los cruza con perfiles que absorben esos impactos. El código busca lo que te falta, no lo que ya tienes.
—Palabras bonitas —interrumpió uno de los accionistas, un hombre mayor con papada—. Pero el amor no es matemáticas, jovencita.
—Todo es matemáticas —respondí de golpe—. Hasta sus quejas son predecibles. El algoritmo es infalible porque ignora lo que la gente dice querer y rastrea lo que realmente necesitan. Tengo una tasa de éxito proyectada del 99% en entornos de prueba cerrados. Necesito sus dos millones de dólares de inversión para escalar los servidores y lanzarlo a nivel nacional.
Sebastián descruzó las manos.
—Proyecciones en entornos cerrados. Eso es humo, señorita Cruz. Quiero una demostración en vivo. Ahora mismo.
Me detuve en seco.
—¿Una demostración en vivo? La base de datos actual tiene treinta mil usuarios beta. No puedo sacar a dos personas al azar y traerlas aquí.
—No quiero usuarios al azar. Úseme a mí —ordenó el CEO. Su tono seguía siendo el de alguien que pide un café descafeinado, pero había un reto claro en su postura—. Ingrese mis datos. Veamos si su revolucionaria máquina puede encontrar mi supuesta "complementariedad extrema" dentro de su base de usuarios. Si funciona, firmaré el cheque.
Tragué aire. El reto estaba sobre la mesa. Me retaba a fallar frente a él.
—De acuerdo. Señor De la Torre, usted lo pidió.
Corrí a la laptop. No tenía tiempo para hacerle llenar un cuestionario de trescientas preguntas. Mis dedos volaron sobre el teclado mecánico, el sonido de los interruptores azules resonando como disparos en la sala silenciosa. Abrí un script de extracción rápida.
Rastreé el perfil de LinkedIn de Sebastián. Saqué los datos de sus entrevistas en Forbes sobre sus hábitos de trabajo. Extraje sus gustos de inversión, las menciones en redes sobre su estricta dieta, las quejas de sus exempleados sobre su nivel de microgestión y su obsesión por el control. Alimento puro para el algoritmo.
Metí toda esa masa de información en el motor de Error 99 y le di a la tecla Enter.
—El sistema está cruzando sus variables con nuestra base de datos beta —anuncié, señalando la barra de progreso en la pantalla gigante.
Sudaba frío. Rezaba a todos los dioses de la informática para que el sistema le emparejara con alguna ejecutiva estirada de la zona norte de la ciudad. Alguien que amara el yoga, el silencio y los batidos verdes. Alguien tan aburrida y perfecta como su traje gris carbón.
La barra llegó al 100%.
El proyector emitió un sonido de sirena estridente. Fue una idea estúpida que programé a las tres de la mañana con cinco latas de bebida energética encima, diseñada para simular una alarma de emergencia cuando se encontraba un "Match Perfecto".
La pantalla gigante parpadeó. Todo el cristal de la sala de juntas se tiñó de rojo. Enormes corazones pixelados, sacados de un videojuego barato de los noventa, empezaron a rebotar por los bordes de la proyección.
En el centro de la pantalla, en letras blancas gigantes, apareció el resultado:
MATCH PERFECTO: 99% Sujeto A: Sebastián De la Torre. Sujeto B: Valeria Cruz. Margen de error por homicidio mutuo: 1%.
El silencio en la sala pasó de ser incómodo a volverse francamente peligroso.
Caro dejó caer su bolígrafo. El ruido contra el cristal sonó como una explosión. Los accionistas tenían las bocas abiertas, mirando la pantalla, luego mirándome a mí, y finalmente mirando a su jefe.
Mi cerebro hizo cortocircuito. Había usado mi propio perfil para hacer pruebas base hace un mes y olvidé borrarlo de la nube principal. El estúpido código matemático, mi creación perfecta, acababa de determinar que mi caos agresivo y malhablado era el complemento ideal para el magnate de hielo más controlador del país.
—Esto... esto es un bug de caché —tartamudeé, sintiendo que la cara me ardía como si me hubieran arrojado ácido—. El sistema arrastró mi IP por defecto. Es un error visual.
Me abalancé sobre la laptop para presionar la tecla de escape. La interfaz se congeló. Maldito Windows.
Los corazones seguían rebotando en la pantalla gigante. La sirena seguía sonando.
En un ataque de pánico puro, decidí cortar la energía de raíz. Me lancé hacia el enchufe principal pegado a la pared, pero mi bota de combate se enredó con el maldito cable de extensión que yo misma había desenredado con los dientes.
Perdí el equilibrio. El mundo giró.
Volé por los aires, derribando mi propia silla y cayendo de rodillas. El impulso me arrastró un metro por la alfombra cara de la sala de juntas.
Terminé aterrizando de bruces, deteniéndome justo contra la punta de los zapatos Oxford perfectamente lustrados de Sebastián.
El tirón arrancó el cable de la pared y el proyector se apagó, dejando la sala en penumbras.
Me quedé congelada en el suelo, apoyando las manos a milímetros de los zapatos del CEO. La respiración se me atoró en la garganta. Levanté la vista despacio, sintiendo el peso de mi propia humillación aplastándome la columna vertebral.
Sebastián estaba de pie, mirando hacia abajo. Su máscara de frialdad corporativa se había esfumado por completo. Estaba pálido, casi translúcido, con los labios ligeramente separados y los ojos fijos en mí con una expresión indescifrable que mezclaba el puro terror con algo muy parecido a la obsesión.
