Capítulo 3 NEGACIÓN ALGORÍTMICA.
El frío del suelo de mármol se colaba por la tela gastada de mis jeans mientras yo intentaba desenredar el cable HDMI de mis botas. La alarma de "Match Perfecto" había dejado de sonar en el instante en que desconecté todo de un tirón, pero el eco del pitido seguía taladrándome los tímpanos.
A centímetros de mis narices, los lustrosos zapatos de diseñador de Sebastián De la Torre dieron un paso atrás.
Maldije a Python, al servidor en la nube, a la madre del inventor del Bluetooth y a mi propia estupidez. ¿Por qué diablos no borré mi perfil de la base de datos maestra?
—Quiero una explicación lógica y secuencial, señorita Cruz —dijo la voz de Sebastián desde arriba, fría, cortante y sin un solo rastro de la vulnerabilidad de hace cinco segundos—. Explíqueme por qué una máquina que pretende valer dos millones de dólares acaba de emparejarme con un huracán de mal gusto.
Solté el cable, apoyé las palmas en el suelo y me puse de pie de un salto, ignorando el dolor en mis rodillas. La sangre me hervía en las venas.
—¿Huracán de mal gusto? —repetí, clavando mis ojos en los suyos—. Mi código no tiene la culpa de que tu perfil psicológico sea un desastre encubierto por un sastre caro. El algoritmo busca carencias. Si la máquina nos emparejó, es porque tu vida de oficinista estirado necesita a gritos un poco de caos para no morir de aburrimiento.
Un viejo con traje de tweed al final de la mesa tosió, ahogándose con su propia saliva por mi respuesta.
Sebastián no retrocedió. Su mandíbula se tensó tanto que temí que se partiera un molar.
—Su máquina es defectuosa —dictaminó él, cruzando los brazos sobre el pecho perfecto de su chaleco gris—. Ningún algoritmo serio arroja un noventa y nueve por ciento de probabilidad de éxito cruzando perfiles de extracción tan aleatoria. Si su sistema comete errores de este calibre en una demostración controlada, en un entorno de mercado real será una masacre financiera.
Apreté los puños. Quería saltar sobre la mesa de cristal y borrarle esa expresión de superioridad con mi teclado mecánico. Estaba a un segundo de decirle exactamente dónde podía meterse sus proyecciones de mercado, cuando una mano con uñas perfectamente manicuradas se cerró alrededor de mi bíceps como una pinza industrial.
—Lo que mi socia quiere decir —intervino Caro, empujándose frente a mí con una sonrisa de relaciones públicas tan forzada que parecía dolerle la cara— es que estamos ante una simple anomalía de caché. La versión Beta a veces arrastra cookies de los administradores. Es un problema de limpieza de datos, no de la lógica central del código. Un par de horas de depuración y...
—No invierto en anomalías, Carolina —la cortó Sebastián. Ni siquiera alzó la voz, pero su tono logró que la temperatura de la sala bajara diez grados—. Y definitivamente no financio software defectuoso manejado por personas sin control de impulsos. La reunión terminó.
Caro abrió la boca para replicar, pero el presidente de la junta directiva, un tipo con cara de bulldog y un reloj que valía más que mi apartamento, levantó una mano.
—Sebastián tiene razón. Esto fue una pérdida de tiempo. Seguridad las acompañará a los ascensores.
El golpe me dio justo en el estómago. Me quedé sin aire.
No había apelación. No había una segunda oportunidad. Había destrozado meses de trabajo sin dormir, miles de líneas de código y la única salvación de nuestra empresa, todo por un estúpido error de filtrado en la base de datos.
Miré a Sebastián una última vez. Estaba de pie junto a su silla, organizando unos folios que ni siquiera había leído. Ya no me miraba. Había vuelto a su fortaleza de hielo corporativo, descartándome como si fuera un bolígrafo sin tinta.
La furia me abandonó, dejando en su lugar un vacío insoportable. Agarré mi laptop de la mesa con brusquedad, arrugando los cables y metiéndolo todo a la fuerza dentro de mi mochila. El cierre se atascó. Tiré de él con tanta rabia que rompí el tirador de metal.
Caro me tomó por los hombros, guiándome hacia las grandes puertas dobles de roble. Caminé arrastrando mis botas por la alfombra mullida, sintiendo el peso aplastante del fracaso en cada paso. Salimos al pasillo inmaculado del piso cincuenta y las puertas se cerraron tras nosotras con un clic definitivo.
—Se acabó —murmuré, recostándome contra la pared de mármol. El metal frío de mi mochila golpeó mi pierna—. Voy a tener que vender los servidores. Y la máquina de café.
Caro se frotó las sienes, arruinando su maquillaje impecable.
—Val, por favor. Déjame pensar. Puedo llamar a los de la incubadora de startups, pedir una extensión de la deuda...
—Nos van a desalojar el martes, Caro. No hay extensiones.
Me deslicé por la pared hasta quedar sentada en el suelo del pasillo, abrazando mis rodillas. El silencio del edificio me asfixiaba. Acababa de perder la empresa de mi vida frente al hombre más arrogante del planeta, y la estúpida máquina, mi creación, me lo refregaba en la cara emparejándome con él.
