Capítulo 4 EL ULTIMÁTUM DEL MILLÓN DE DÓLARES.

POV: Sebastián.

Mantuve la expresión impasible hasta que las pesadas puertas de roble se cerraron detrás de Valeria Cruz.

En cuanto el pestillo hizo clic, dejé caer las manos debajo de la mesa de cristal. Mis dedos temblaban de forma incontrolable. Deslicé la mano hacia mi bolsillo derecho, saqué un pañuelo desinfectante empaquetado al vacío, lo rompí con urgencia y empecé a frotarme las palmas bajo la mesa.

El ritmo de mi corazón golpeaba contra mis costillas con la fuerza de un martillo hidráulico.

Noventa y nueve por ciento.

Las letras rojas seguían grabadas en mis retinas. Esa mujer, ese desastre con ropa holgada, botas sucias y lenguaje incendiario, casi destroza mi sala de juntas. Me insultó. Me gritó. Tiró de un cable con los dientes. Estuvo de rodillas a mis pies, con su olor a café barato, y por un microsegundo, toda la ansiedad crónica que me persigue desde la infancia desapareció por completo.

Quería que volviera a gritarme.

—Sebastián, esto es inaceptable —la voz áspera de Arturo, el presidente de la junta, me sacó de mi pánico interno. Solté el pañuelo sucio en el basurero junto a mi pierna—. Tus proyecciones de este trimestre están estancadas. Prometiste una adquisición tecnológica disruptiva para cerrar el año fiscal con ventaja. Nos traes a un par de aficionadas con un software lleno de errores.

Me enderecé en la silla, ajustando el nudo de mi corbata de seda. La sala de juntas me miraba esperando sangre.

—La volatilidad de las startups es parte del riesgo, Arturo —respondí, usando el tono monótono que practicaba frente al espejo para ocultar mi asma inducida por estrés.

—El riesgo se calcula —replicó el viejo, golpeando la mesa con el nudillo—. Los accionistas mayoritarios están perdiendo la paciencia. Si no presentas una innovación real antes del evento de inversores del próximo mes, someteremos tu posición como CEO a votación. Necesitamos resultados, Sebastián. No excusas cibernéticas.

El silencio me aplastó. Mi puesto. El imperio que construí para escapar del control de mi familia, amenazado por un viejo con problemas de colesterol.

Mi mente repasó los datos a velocidad de vértigo. El algoritmo de Valeria Cruz no falló al buscar similitudes, porque no estaba programado para eso. Comprendió mis deficiencias. Evaluó mi control obsesivo, mi terror a lo impredecible, y me lanzó la única variable capaz de romper mis esquemas.

El código funcionaba de maravilla.

Y yo necesitaba ese código para callar a la junta.

Me puse de pie de un salto, ignorando la punzada de acidez en mi estómago.

—El software no tiene errores lógicos —declaré. Los cinco hombres me miraron como si me hubiera vuelto loco—. La presentación fue poco ortodoxa, pero la premisa de complementariedad inversa es matemáticamente sólida. Voy a financiar el proyecto.

—¡Acabas de echarla de la sala! —exclamó Arturo, rojo de ira.

—Tácticas de negociación. Necesitaba quebrar su posición de ventaja. —Mentí con tanta convicción que casi me lo creí. Pulsé el intercomunicador de la mesa—. Marta, detén a las señoritas Cruz y Carolina antes de que suban al ascensor. Hazlas volver.

Cinco minutos después, las puertas de roble se abrieron.

Valeria entró con paso agresivo, sosteniendo su mochila rota como si fuera un arma contundente. Estaba despeinada, pálida y me fulminaba con la mirada. Me obligué a no retroceder. Me obligué a no mirar la mancha de polvo en la rodilla de sus jeans.

—Olvidas algo en la mesa, genio, ven a recogerlo —le solté, indicando su asiento vacío.

—No olvidé nada. ¿Qué quieres, De la Torre? ¿Venir a pisotear el cadáver de mi empresa por deporte? —Su voz tenía ese tono áspero que me revolvía el estómago de formas que mi médico desaprobaría.

—Quiero ofrecerle dos millones de dólares.

Valeria se frenó en seco. Caro, a su lado, ahogó un grito.

Me acomodé el saco, caminando alrededor de la mesa hasta quedar a un metro de ella.

—La junta y yo hemos reconsiderado su propuesta —mentí de nuevo, sintiendo las miradas furiosas de los viejos a mis espaldas—. Invertiré la cantidad completa. Pero bajo una condición innegociable. No confío en sus proyecciones virtuales ni en su base de datos. Quiero una prueba de campo. Una Beta clandestina y controlada.

—¿Qué tipo de prueba? —preguntó ella, entrecerrando los ojos, buscando la trampa.

—Demostrará la eficacia del algoritmo obligando a cinco parejas arrojadas por su sistema a interactuar en la vida real. Supervisaremos su desarrollo, analizaremos las métricas y si la tasa de éxito se mantiene en ese noventa y nueve por ciento, el dinero pasará a su cuenta y lanzaremos la app a nivel nacional.

Valeria soltó una carcajada seca, sin una gota de gracia.

—¿Eso es todo? Pan comido. Dame los perfiles, yo los emparejo y te traigo los reportes de sus citas.

—No me entendió, señorita Cruz —di un paso más, invadiendo su espacio personal. El olor a pino y a estrés invadió mi espacio—. Usted no me traerá los reportes. Usted y yo supervisaremos personalmente el desarrollo. Y nosotros seremos los primeros sujetos de control.

Ella abrió la boca. La cerró. Miró hacia la pantalla gigante apagada, luego a mí.

—Estás demente. ¿Quieres que finjamos ser un experimento de mi propia máquina?

—Quiero asegurar mi inversión. Usted asegura que la máquina no se equivoca. Pruébelo. Demuestre que dos personas diametralmente opuestas pueden funcionar si el código lo dicta. ¿O acaso su sistema es un fraude?

Vi cómo el orgullo encendía chispas en sus ojos. Valeria odiaba que le dijeran qué hacer, pero odiaba aún más que dudaran de su intelecto. Estaba acorralada. Era su empresa o su dignidad.

—Bien —escupió la palabra como si tuviera sabor a veneno—. Dos millones. Nosotros y otras cinco parejas. Vamos a probar tu estúpida teoría de riesgo, cubo de hielo.

Extendí mi mano derecha. El protocolo dictaba sellar el acuerdo.

Valeria miró mi mano inmaculada. Agarró mis dedos con los suyos y apretó.

No fue un saludo corporativo. Fue una pinza mecánica. Sus nudillos se pusieron blancos mientras aplastaba los huesos de mi mano con una fuerza brutal, demostrando exactamente lo mucho que me detestaba.

Mantuve mi rostro paralizado en una máscara de indiferencia total, bloqueando el dolor agudo que me subía por el brazo.

—Tenemos un trato, señorita Cruz —dije, disimulando la mueca de dolor detrás de una sonrisa tensa.

Internamente, maldije mis huesos frágiles y pedí a Dios que mi seguro médico cubriera fracturas por apretón de manos.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo