Capítulo 5 EL CONTRATO ABSURDO.
POV: Valeria.
El cuartel general de Error 99 no estaba en un rascacielos de cristal. Estaba en un semisótano alquilado debajo de un restaurante italiano de dudosa higiene. Mi oficina olía permanentemente a masa horneada, queso barato y pepperoni rancio, mezclado con la energía estática de cinco servidores de segunda mano zumbando al máximo de su capacidad.
Yo llevaba una hora intentando descifrar un bloque de código, bebiendo mi tercera taza de un líquido negro y espeso que alguna vez pretendió ser café.
La puerta de metal chirrió al abrirse. No levanté la vista de mis dos monitores.
—Caro, dile al tipo de las pizzas que deje las cajas en la entrada, no quiero hablar con nadie —grité, dándole un sorbo a mi taza caliente.
—No traigo cajas de pizza, Valeria. Traigo las condiciones de nuestra asociación.
La voz grave, esterilizada y perfecta de Sebastián De la Torre retumbó en las paredes de ladrillo pelado.
Giré en mi silla de oficina coja con tanta fuerza que el apoyabrazos chocó contra el borde del escritorio. El impacto sacudió mi mano. El café hirviendo saltó del borde de mi taza de cerámica y voló por el aire en una parábola perfecta.
Una mancha oscura y humeante aterrizó directo sobre la punta inmaculada de su zapato derecho. Cuero italiano de diseñador, probablemente hecho a mano por monjes en las montañas de la Toscana, ahora bautizado con café instantáneo de un dólar.
El CEO se quedó petrificado en el marco de la puerta. Llevaba un traje azul marino ajustado a la perfección y sostenía una carpeta de cuero negro contra su pecho. Su mirada bajó lentamente hacia su pie derecho. El líquido oscuro goteaba desde el borde del zapato hacia el suelo de linóleo sucio.
Me quedé con la taza a medio alzar. La sangre me zumbó en los oídos.
Sebastián no gritó. No se movió. Simplemente dejó de respirar. Vi cómo la vena de su cuello empezaba a palpitar a un ritmo alarmante. Su rostro perdió todo rastro de color, transformándose en una máscara de cera. Parecía a punto de sufrir un colapso multiorgánico por un derrame de cafeína.
—Mierda. Lo siento. Toma —dije, agarrando un puñado de servilletas de papel arrugadas que tenía junto al teclado y ofreciéndoselas. Tenían manchas de grasa de una empanada que me comí ayer.
Sebastián miró las servilletas sucias. Sus ojos grises se abrieron un milímetro más. Retrocedió un paso, pegando la espalda contra el marco de la puerta, alejándose de mí como si le estuviera ofreciendo un trapo con ántrax.
—Aleje ese material biológico de mi persona —ordenó. Su voz salió un tono más aguda de lo normal, pero se aclaró la garganta de inmediato para recuperar su gravedad corporativa—. No me toque. No toque el zapato. Deje las servilletas donde estaban.
Solté el papel sobre la mesa.
—Solo intentaba ayudar, cubo de hielo. Fue un accidente. No esperaba ver a la realeza de las finanzas bajando a mi mazmorra.
Sebastián cerró los ojos por un segundo. Vi cómo su pecho subía y bajaba mientras inhalaba por la nariz, practicando algún tipo de técnica de control de ira o de prevención de ataques de pánico. Cuando volvió a abrir los párpados, la barrera gélida estaba en su lugar. Ignoró la mancha de café con un esfuerzo monumental que le tensó todos los músculos de la mandíbula y caminó hacia el centro de la oficina.
Pisó un cable suelto y casi tropieza, pero disimuló el traspié enderezando la espalda. Colocó la pesada carpeta negra sobre el único espacio libre de mi escritorio.
—Este es el acuerdo de confidencialidad y el protocolo de interacción operativa —anunció, dando un golpecito al documento de unas cuarenta páginas—. Si vamos a trabajar juntos en esta prueba de campo, necesitamos límites estrictos. Mi salud mental y mi reputación corporativa lo exigen.
Solté una carcajada seca.
—¿Protocolo de interacción? ¿Qué somos, robots?
—Somos una catástrofe a punto de ocurrir. Lea la página doce.
Abrí la carpeta con desgana. Letra Arial, tamaño 10, interlineado sencillo. Un dolor de cabeza legal. Fui directo a la página indicada.
—Cláusula cuatro punto dos... —leí en voz alta, entrecerrando los ojos—. "La parte B, en adelante Valeria Cruz, se abstendrá de utilizar lenguaje soez, insultos, apodos despectivos y referencias corporales vulgares en presencia de la parte A".
Tiré el documento sobre la mesa.
—¿Me estás censurando las groserías por contrato?
—Estoy protegiendo mis oídos de su vocabulario de prisión —replicó él, cruzando las manos detrás de la espalda y escaneando mi oficina con terror, probablemente contando las colonias de bacterias en las paredes—. Siga leyendo. Cláusula cinco punto uno.
Rodé los ojos.
—"Se establece un perímetro de distancia física obligatoria de un metro lineal entre ambas partes. Queda estrictamente prohibido el contacto físico no programado, incluyendo, pero no limitándose a: apretones de manos no consensuados, palmadas, abrazos y... ¿derrames de líquidos?" —Levanté la vista—. Añadiste esa última hace cinco minutos en tu cabeza, ¿verdad?
—Tengo un equipo legal muy rápido —mintió él, manteniendo el rostro de piedra, aunque su zapato manchado seguía goteando.
Me recosté en mi silla, cruzando los brazos. Este tipo estaba completamente loco. Era un gigante de los negocios, un depredador de Wall Street, y estaba en mi oficina subterránea imponiendo reglas de un metro de distancia como un niño de preescolar asustado de los gérmenes.
—No voy a leer esta basura de cuarenta páginas —declaré.
Busqué un bolígrafo rojo entre el desorden de mi mesa. Fui directamente a la última página del contrato, donde estaba la línea punteada con mi nombre.
—Señorita Cruz, las estipulaciones legales requieren revisión... —empezó a decir, dando medio paso hacia adelante.
Firmé con un trazo rápido y violento. Justo al lado de mi nombre, dibujé una carita sonriente gigante. Le puse una lengua enorme saliendo de la boca y dos cruces en lugar de ojos.
Le deslicé la carpeta por la mesa.
—Listo. Firmado. Prometo no morderte ni contagiarte la rabia, majestad. Ahora, si ya terminaste con tu burocracia de cristal, tenemos trabajo que hacer. Acércate a la pantalla. A menos que mi monitor viole tu estricta regla del metro de distancia.
Sebastián miró la carita dibujada en rojo. Apretó los labios formando una línea fina y blanca, tomó la carpeta y la guardó bajo el brazo. Arrastró sus zapatos de diseñador por el linóleo pegajoso y se paró justo a un metro de mi silla, rígido como un poste de luz, mirando mi pantalla.
