Capítulo 6 SELECCIÓN DE CONEJILLOS DE INDIAS.
Abrí la interfaz de administrador de la base de datos de Error 99. Filas interminables de perfiles anónimos empezaron a cargar en los monitores.
—Necesitamos cinco parejas —dije, tecleando rápido para aplicar filtros de ubicación—. Gente en esta misma ciudad. Necesito perfiles activos, usuarios que hayan llenado el cuestionario de personalidad completo y que estén dispuestos a salir esta misma semana.
Arrastré una silla plegable de metal que tenía cerca de la pared y se la empujé con el pie.
—Siéntate. Esto va a tomar un rato.
Sebastián miró la silla de metal. Tenía una mancha de salsa de tomate seca en el respaldo desde el mes pasado.
—Prefiero mantenerme de pie. La bipedestación favorece la circulación sanguínea y evita el contacto con superficies de higiene dudosa —respondió, cruzando los brazos.
—Como quieras. Si te cansas, el suelo está recién trapeado con lágrimas de programador.
Ajusté los parámetros. El código empezó a cruzar variables.
—Quiero ver a los candidatos con mayor estabilidad financiera y emocional —ordenó Sebastián, señalando la pantalla desde su metro de distancia—. Abogados, contadores, médicos. Individuos con rutinas predecibles, bajo ritmo cardíaco y aversión al riesgo. Si vamos a invertir tiempo en vigilar a estas personas, quiero la garantía de que no harán un escándalo público.
Me detuve en seco. Quité las manos del teclado y lo miré incrédula.
—¿Contadores con aversión al riesgo? ¿Para qué? ¿Para verlos discutir sobre qué tipo de papel higiénico comprar?
—Para garantizar el éxito de la prueba, Valeria. El amor, o lo que sea que su máquina intente calcular, necesita un entorno controlado. Si hay caos, las variables se ensucian.
—El amor es puro caos, imbécil —solté la palabra sin pensar, ignorando por completo la cláusula 4.2 del contrato que acababa de firmar—. No puedes aislar a dos personas en una burbuja esterilizada y llamarlo romance. La gente de verdad tiene deudas, neurosis, grita cuando se enoja y toma malas decisiones a las dos de la mañana. Mi algoritmo brilla cuando agarra a dos desastres ambulantes y los hace encajar a la fuerza.
Tecleé un comando rápido para anular sus filtros corporativos y busqué la primera coincidencia del sistema con un margen de compatibilidad superior al 90%.
Hice clic en el primer par de perfiles.
—Sujeto número uno —anuncié, girando el monitor hacia él—. Martín. Veintiocho años. Trabaja paseando perros, toca el bajo en una banda de metal que nadie conoce y su perfil psicológico indica altos niveles de ansiedad por el futuro.
—Descartado —dijo Sebastián al instante—. Ese hombre es un riesgo de crédito andante.
—Y la máquina lo emparejó con ella —continué, ignorándolo y abriendo la siguiente pestaña—. Laura. Treinta años. Enfermera de sala de emergencias. Vive hiperestimulada, adicta al control, tiene problemas para delegar y colecciona cactus porque se le mueren las plantas normales. Noventa y dos por ciento de Match.
Sebastián se frotó la frente con dos dedos.
—Valeria, esto es un error. Un paseador de perros ansioso y una enfermera controladora se van a destruir mutuamente en la primera cena. Uno buscará dependencia y la otra se asfixiará.
—¡Exacto! —Grité, golpeando la mesa con la palma de la mano—. La lógica dice que chocarán. Pero el algoritmo detectó que el caos pasivo de él neutraliza la necesidad de control de ella. Ella necesita alguien a quien organizar; él necesita alguien que le dé estructura. Es perfecto.
—Es un suicidio social. Cambie de perfiles. Busque a dos analistas de datos.
Me levanté de la silla de golpe. Quedé a menos de medio metro de él. Sebastián se tensó de inmediato, intentando retroceder, pero chocó contra el servidor de la pared trasera.
—Escúchame bien, traje caro. Viniste a mi oficina. Estás evaluando mi código. Tú pones el dinero, pero yo pongo el cerebro. Si quieres ver analistas de datos aburriéndose en un restaurante francés, vete a tu club de campo. Si quieres ver si mi máquina funciona, me dejas hacer mi trabajo. Esta es la primera pareja.
Sebastián apretó la mandíbula. Su mirada bajó desde mis ojos hasta mi boca, y luego volvió a subir rápidamente. El tic en su cuello volvió a aparecer. El zumbido de los servidores llenaba el espacio entre nosotros. La oficina estaba calurosa, el aire pesado por el encierro. Vi una pequeña gota de sudor formarse en su sien perfecta.
Estaba abrumado. El olor a pizza, el ruido, la cercanía física y mis gritos le estaban provocando una sobrecarga sensorial masiva. Y aun así, en lugar de ordenar su evacuación del lugar o amenazarme con retirar el dinero, simplemente cerró los ojos y exhaló por la boca con lentitud.
—Bien —murmuró, su voz perdiendo un poco del filo corporativo—. La enfermera y el paseador de perros. Ellos serán la Pareja Uno. Mandaremos la notificación del sistema. Pero si terminan tirándose los platos en medio de un restaurante, la responsabilidad caerá sobre usted.
Di un paso atrás, dejándolo respirar.
—Trato hecho. Yo me encargo de rastrear la ubicación de la cita.
Sebastián no dijo nada más. Se ajustó el saco, agarró el pomo de la puerta metálica y salió de mi oficina subterránea casi huyendo, dejando atrás un rastro de olor a sándalo y pánico contenido.
Me quedé de pie en el centro de la habitación, escuchando el eco de sus costosos zapatos subiendo las escaleras hacia la calle.
Miré la silla de metal vacía, la taza de café derramada y la pantalla de mi ordenador brillando con los perfiles de la Pareja Uno. Una sensación extraña me recorrió el pecho.
Sebastián De la Torre era conocido en toda la ciudad por despedir a directores generales con una sola mirada. Era un muro de concreto. Un tirano implacable.
Y, sin embargo, acababa de doblegarse ante mí simplemente porque le grité a medio metro de la cara. Cedió. Se rindió a mis términos con una facilidad alarmante.
Me mordí el labio inferior, sintiendo una mezcla de triunfo y pura confusión. El imponente CEO del distrito financiero tenía un talón de Aquiles, y por alguna razón absurda que escapaba a mi lógica, parecía ser yo.
