Capítulo 7 INFILTRACIÓN EN LA CAFETERÍA.
El menú plastificado de la cafetería El Grano Tostado era del tamaño de una lápida sepulcral. Justo lo que necesitaba para esconderme. Llevaba diez minutos agachada detrás del cartón gigante con olor a vainilla barata, espiando a la Pareja Uno desde una mesa arrinconada junto a los baños.
A mi lado, Sebastián De la Torre estaba sufriendo un colapso nervioso en cámara lenta.
Se negaba rotundamente a sentarse. Llevaba todo este tiempo en una especie de media sentadilla insostenible, con los muslos tensos bajo la tela de su traje de lana fría, luciendo como una gárgola corporativa estreñida.
—Siéntate de una maldita vez, estás llamando la atención —le susurré, pateando la pata de la silla de madera vintage cubierta con un cojín de terciopelo mostaza.
—Ese cojín alberga ecosistemas bacterianos no documentados por la ciencia moderna —murmuró él, manteniendo la espalda rígidamente recta a pesar de su postura absurda—. Tres docenas de personas se sientan ahí a diario con pantalones de dudosa procedencia. Mi sastre cobra mil dólares por limpiar este pantalón. Prefiero la fatiga muscular al riesgo de contraer sarna.
—Eres un paranoico insoportable. Nadie pilla sarna por tomarse un capuchino.
—Baja el menú, Valeria. Nos están mirando los meseros.
Ignoré su queja y asomé los ojos por encima del borde plastificado. A tres mesas de distancia, la prueba de fuego de mi algoritmo estaba en pleno desarrollo. Laura, la enfermera controladora, llevaba quince minutos sentada. Revisaba su reloj cada treinta segundos y tamborileaba sus uñas acrílicas rojas contra la mesa de madera cruda. Su postura gritaba hostilidad.
De repente, la puerta del local sonó. Entró Martín. El paseador de perros ansioso llegó sudando, con el cabello alborotado, un suéter que tenía una cantidad cuestionable de pelos de golden retriever pegados en las mangas, y una expresión de pánico absoluto.
—Llegó tarde. Doce minutos tarde —informó Sebastián, mirando su propio reloj de pulsera suizo, que probablemente valía más que la cafetería entera—. La impuntualidad es el primer síntoma de inestabilidad financiera. Te lo advertí. Esta cita es un fracaso.
—Cállate. Está nervioso. El algoritmo sabe que ella odia la impuntualidad, pero necesita a alguien que la obligue a romper sus propios horarios rígidos. Mira la química.
Martín llegó a la mesa de Laura. Intentó sonreír, pero parecía que le estaban apuntando con un arma. Se dejó caer en la silla frente a ella de forma torpe, disculpándose frenéticamente y moviendo las manos. Laura lo escaneó de arriba a abajo, deteniendo su mirada asesina en los pelos de perro del suéter. Su mandíbula se tensó.
Un mesero se acercó y dejó un enorme vaso de té chai helado frente a Laura, y un café negro frente a Martín.
Todo se fue al diablo en el segundo siguiente.
Martín, gesticulando para explicar por qué llegó tarde, golpeó el borde de su taza. El café negro, caliente y espeso, salió volando en una parábola trágica y aterrizó directo sobre el bolso blanco inmaculado de Laura y la pantalla de su teléfono.
El grito de indignación de la enfermera cruzó todo el local.
Laura se puso de pie de un salto, sacudiéndose el líquido oscuro que le había salpicado la blusa. Martín palideció, agarró un puñado de servilletas de papel y empezó a frotar el bolso de ella, empeorando la mancha, empujando la suciedad contra el cuero sintético.
—¡No lo toques! —le gritó Laura, arrebatándole el bolso con furia.
—Lo sabía. Falla catastrófica —dictaminó Sebastián a mi lado, soltando el aire por la nariz y enderezándose por fin, rindiéndose a su sentadilla—. El código no sirve. Vámonos. Tengo una junta a las tres.
—El código sirve. Los humanos son los idiotas —gruñí, soltando el menú gigante sobre la mesa—. Solo necesitan un empujón para pasar la fase de hostilidad. Voy a intervenir.
Apoyé las manos en la mesa para levantarme, pero una mano grande, cálida y envuelta en una manga gris se cerró alrededor de mi brazo.
Sebastián tiró de mí hacia abajo con una fuerza que no me esperaba. El contacto repentino me lanzó una descarga eléctrica por la espina dorsal.
—Cláusula tres del acuerdo verbal —dijo, bajando la voz hasta un susurro amenazante, con su rostro a escasos centímetros del mío—. Protocolo de observación pasiva. No vas a ir ahí a empeorar las cosas con tu falta de tacto.
—¡Están a punto de cancelar la cita! Si se va, perdemos la oportunidad de medir la estabilización. Suéltame, cubo de hielo.
—No. Eres un peligro público. Deja que la naturaleza siga su curso desastroso.
Miré sus dedos aferrados a la manga de mi sudadera. Estaba usando fuerza real, y su proximidad bloqueaba mi salida. Olía a colonia cara y a determinación testaruda.
—Tú lo pediste —murmuré.
Giré la muñeca con violencia, clavándole las uñas en el dorso de la mano mientras le pisaba el zapato de diseñador con el tacón de mi bota. Sebastián soltó un sonido ahogado, abriendo la mano por instinto.
Aproveché el milisegundo de distracción, me zafé de su agarre, empujé la mesa y salí corriendo a toda velocidad hacia el campo de batalla de la Pareja Uno, escuchando los pasos apresurados y los murmullos de pánico del CEO a mis espaldas.
