Capítulo 8 EL ROBO DEL SCOOTER.
Llegué a la mesa derrapando sobre el suelo pulido.
—¡Eh, eh, no pasa nada, todo tiene arreglo! —grité, agarrando un trapo húmedo de la barra del barista y lanzándolo sobre el charco de café.
Laura me miró como si yo fuera una indigente desquiciada que acababa de invadir su espacio personal. Martín estaba paralizado, con las manos en el aire, sudando a mares.
—¿Quién eres tú? —exigió saber Laura, apretando su bolso manchado contra su pecho.
—Solo una... ciudadana preocupada por la conservación de las citas de café —mentí, limpiando la mesa con movimientos erráticos—. Escucha, el chico está nervioso. Te vio, le gustaste, perdió el control de sus extremidades. Pura biología. Dale cinco minutos para que se limpie, invítale otro café y verás que es un tipo decente. Tiene perros. A la gente buena le gustan los perros.
Laura me escaneó de arriba a abajo. Su ojo crítico de enfermera evaluó mi moño despeinado y mi chaqueta gastada, y su conclusión fue tajante.
—Ustedes dos están locos —declaró. Metió su teléfono manchado al bolso, le dio la espalda a Martín y caminó hacia la salida a zancadas largas y furiosas.
—¡Espera! —gritó Martín, pero ella ya había empujado la puerta de cristal y salía a la calle.
Maldije en voz alta.
Sebastián me alcanzó por la espalda. Me tomó por los hombros y me arrastró hacia atrás.
—Felicidades, acabas de asustarla más que el paseador de perros. Trabajo impecable, Valeria —dijo él, sarcástico, acomodándose los puños de la camisa.
—No he terminado. Quédate con el chico inútil, asegúrate de que no llore. Yo traigo a la chica.
Me solté de un tirón y salí corriendo de la cafetería, ignorando los gritos de Sebastián llamándome por mi nombre.
El aire de la calle me golpeó la cara. Miré a ambos lados de la avenida congestionada. Laura caminaba rapidísimo hacia el este, sorteando peatones con la agilidad de alguien acostumbrada a correr por pasillos de hospital. Si la dejaba cruzar la siguiente intersección, se metería al metro y perdería los dos millones de dólares de inversión.
No tenía tiempo para correr. Mis botas pesaban un infierno.
Justo en la esquina, apoyado contra un basurero, vi un scooter eléctrico de alquiler, de un verde limón cegador.
Corrí hacia él. Saqué mi teléfono del bolsillo trasero. Tenía la aplicación descargada, pero mi saldo estaba en negativo desde hace tres meses. No importaba. Conecté un cable corto de mi llavero al puerto de carga del scooter, abrí una terminal de comandos en mi móvil y forcé un puente en el protocolo de encendido. La pantalla del scooter parpadeó, emitió un pitido alegre y la luz frontal se encendió. Sistema hackeado.
—¡Valeria! —Sebastián acababa de salir de la cafetería, mirando el tráfico con horror.
—¡Ven aquí! —le grité, subiéndome a la plataforma del scooter y girando el manubrio.
Él caminó hacia mí, deteniéndose a un metro de distancia, mirando el vehículo verde limón como si fuera una ojiva nuclear.
—¿Qué estás haciendo? Ese aparato es un riesgo de salud pública. Las estadísticas de trauma craneoencefálico en esos juguetes son aterradoras. Baja de ahí.
—Laura se nos escapa. Sube. Ahora.
—No pienso subirme a ese pedazo de metal barato contigo. Ni siquiera tenemos cascos. Es una violación de tránsito.
El orgullo corporativo brillaba en su frente arrugada. Quería mantener el control.
—Sube, o juro por mis servidores que voy a decirle a Arturo y a toda tu junta directiva que tu inversión fracasó porque le tuviste miedo a una patineta eléctrica. —Aceleré el motor ligeramente para meterle presión. El scooter zumbó—. Es esto o pierdes tu coartada para la empresa. Decide, De la Torre.
El pánico a perder su puesto venció al pánico a los gérmenes.
Sebastián apretó los dientes, maldijo en voz baja y, con la dignidad de un rey yendo a la guillotina, puso un pie en la plataforma de lija detrás de mí.
—Agárrate —advertí.
—¿De dónde? No hay pasamanos.
—De mí, idiota.
Aceleré el gatillo al máximo. El motor eléctrico dio un tirón violento hacia adelante.
El impacto de la aceleración rompió el equilibrio de Sebastián. Dos brazos largos, firmes y envueltos en lana fina se estrellaron contra mi cintura. Sus manos grandes se aferraron a mi estómago como tenazas industriales. Todo su pecho chocó contra mi espalda.
Sentí el calor de su cuerpo traspasando mi ropa. Olía a sándalo, a ropa limpia y a pánico destilado.
—¡Vas demasiado rápido! —Gritó cerca de mi oído. Su voz profunda vibró directamente en mi columna vertebral, sofocada por el viento.
—¡El límite de esta cosa son veinte kilómetros por hora, no seas llorón!
Esquivé a un oficinista con un portafolio. Sebastián soltó un sonido ahogado, apretando su agarre en mi cintura, pegándose aún más a mi espalda. Sentí cómo cerraba los ojos, escondiendo el rostro contra mi hombro izquierdo. El temible magnate financiero de la ciudad estaba rezándole a sus acciones de la bolsa mientras yo zigzagueaba entre los autos atrapados en el tráfico del mediodía.
Nos subimos a la acera. La suspensión inexistente del scooter nos hizo vibrar hasta los dientes al golpear las grietas del cemento. Sebastián emitió una especie de gemido aterrorizado, aferrándose a mí como un oso koala con complejo de inferioridad. Me costaba concentrarme en manejar cuando sus dedos presionaban mis costillas y su respiración agitada chocaba contra mi cuello.
A dos cuadras, vi el cabello castaño de Laura.
—¡Agárrate fuerte! —grité.
Corté el camino por un callejón estrecho que olía a basura, derrapé la llanta trasera sobre un charco y salí justo en frente de la intersección.
Frené de golpe.
El scooter se detuvo chillando las llantas justo en medio del paso de cebra, bloqueándole el paso a la enfermera.
Sebastián estuvo a punto de salir volando por encima de mi cabeza, pero su agarre en mi cintura fue tan brutal que nos mantuvimos anclados.
Laura pegó un grito, soltando el bolso.
—¡¿Pero qué diablos les pasa?! ¡Casi me atropellan!
Solté el manubrio, intentando ignorar que Sebastián seguía aferrado a mí como si fuera su salvavidas personal.
—Laura, escúchame bien —hablé rápido, con la adrenalina a tope—. Eres enfermera. Salvas vidas. Lidia con pacientes histéricos todo el maldito día. Martín derramó un café. No te insultó, no te mintió, no intentó propasarse. Tuvo un ataque de ansiedad porque le importaba darte una buena impresión. Eres una fanática del control, lo sé. Lo necesitas para que tu vida funcione. Pero él no es un problema que debes arreglar, es el desastre pasivo que te va a dejar descansar cuando llegues exhausta a tu casa.
Laura parpadeó, desconcertada, abriendo la boca sin saber qué decir.
—Si quieres un tipo de traje que nunca derrame nada, te vas a aburrir en tres semanas —continué, señalando con el pulgar hacia atrás—. Créeme, la perfección es asfixiante y huele demasiado a sándalo. Vuelve a la cafetería. Martín está pagando la cuenta y probablemente limpiando el suelo con su propio suéter. Dale cinco minutos.
La enfermera me miró durante unos segundos interminables. La tensión en sus hombros cedió lentamente. Miró hacia la calle por donde habíamos venido, apretó la correa de su bolso y, sin decir una palabra, dio media vuelta y empezó a caminar de regreso a El Grano Tostado.
Expulsé todo el aire de mis pulmones. Lo había logrado. El algoritmo seguía vivo.
Fue entonces cuando noté el silencio detrás de mí.
—Eh, De la Torre. Ya puedes soltarme.
Sebastián no respondió de inmediato. Sentí cómo sus dedos se aflojaban lentamente, uno por uno. Se bajó del scooter de forma robótica, con los movimientos rígidos de un astronauta pisando la luna por primera vez.
Apagué el scooter y me giré para mirarlo.
Su corbata estaba ladeada. Su cabello perfecto, ese que no tenía un solo mechón fuera de lugar, ahora caía sobre su frente en un desorden caótico. Estaba mortalmente pálido, casi verde. Caminó dos pasos tambaleantes hacia el poste de luz más cercano y abrazó el metal frío con ambas manos, apoyando la frente contra el acero.
—Me voy a morir —murmuró, cerrando los ojos con fuerza—. Mi corazón acaba de sufrir un microinfarto. Inhalé dióxido de carbono directamente del tubo de escape de un autobús. Mi saco rozó un contenedor de basura radiactiva.
Caminé hacia él, sintiendo una carcajada burbujear en mi garganta. El contraste entre el CEO despiadado de la mañana y este hombre desarmado abrazando un poste de luz era demasiado hilarante.
Levanté la mano y le di dos palmaditas fuertes en la espalda.
Sebastián tosió, abriendo un ojo para mirarme con resentimiento puro, pero sin apartarse de mi tacto.
—Sobreviviste, cubo de hielo —le dije, sonriendo abiertamente—. Eso fue lo más rápido que te has movido en tu vida, apuesto. Buen trabajo de campo, socio.
Él intentó fruncir el ceño, intentó recuperar su máscara corporativa gélida, pero su pecho subía y bajaba agitado. Al final, solo dejó caer la cabeza contra el poste de nuevo.
—Te odio, Valeria Cruz. Te odio profundamente y a nivel celular.
Me reí a carcajadas en medio de la acera.
—Lo sé. Pero tenemos que volver. Hay que supervisar el segundo intento de café. Empieza a caminar.
Y, sorprendentemente, después de limpiarse las palmas de las manos compulsivamente contra su pantalón, el temible magnate financiero obedeció sin decir una palabra más.
