Capítulo 2 Dos
Elena
—¡No es qué tú estés en una buena posición como para hacer la diferencia! —me contesta ensimismado.
Alzo mis cejas en acuerdo a sus palabras y le enseño mi pulgar. Desvío la mirada a mis manos y las noto temblorosas. No consigo frenar los mareos que me descontrolan la mente y opto por presionar mis ojos en espera de que se me pase por arte de magia.
—¡Levántate! —Nuevamente la voz del hombre me sorprende y levanto la mirada para encontrarlo parado frente a mí con sus manos estiradas.
Desde mi posición lo veo demasiado alto y corpulento como para no interesarme. No me niego a su invitación, de inmediato le extiendo una de mis manos y sin eficacia pretendo pararme como una mujer normal. Lo cual es absurdo, porque estoy tan mareada que a penas puedo levantarme sola.
Agarro mis tacones y permito que el extraño me levante como pluma, la facilidad con la que lo hace y la torpeza con la que impacto contra su pecho debido a mi no tan alta estatura, son el detonante perfecto para una crisis de nerviosismo que no vi venir.
Sus manos han viajado a mi cintura y mi rostro está pegado a su pecho. El aroma exquisito que desprende su camisa me embriaga de divinidad y cierro los ojos para disfrutar de un pequeño viaje a las alturas. Toda la tristeza de hace un momento ha sido sustituida por cosquillas entre mis piernas y culpo al alcohol por ser el mejor amigo de mis hormonas.
Levanto la vista y hago contacto con una mirada curiosa, calculadora y hermosa que me hace delirar. El color que no pude apreciar antes se hace presente y recorro con delirio los matices azulados que resaltan tras unas pobladas pestañas negras. Recorro las facciones de su fisionomía y me detengo en unos labios rojizos agrietados de un modo demasiado carnosos para ser real. Lamo mis labios involuntariamente y regreso la mirada al poseedor de tanta belleza concentrada.
—Disculpa por hacerte caer —pronuncia y su aliento amentolado con rastros de vodka se funde con mi respiración.
Niego hipnotizada y carraspeo para contestar.
—Debiste disculparte cuando me tuviste en cuatro ante tus narices —suelto sin pensar y trago en seco, pero no tengo ni gota de arrepentimiento por lo que el alcohol me hace decir.
Sus ojos se encienden y muerde su labio inferior haciéndome divagar en pensamientos sucios.
—Eres una atrevida —susurra inclinándose para acercarse a mis labios. No contesto, porque de hacerlo puede que le cuente todo lo inapropiado que tengo en mente—, ahora mismo podría odiarte, así como la odio a ella —farfulla y suelta aire por su nariz con brusquedad. Sus manos bajan a mi trasero y lo aprieta de un modo que me hace soltar un quejido.
«Demonios no sé quién rayos es "ella", pero sí, joder, necesito que me siga odiando».
—Estás preciosa —balbucea y desliza su lengua por mi labio inferior. Mis bellos se ponen de punta y me voy humedeciendo como una jodida adolescente—, incluso más que esa maldita... —Interrumpe sus palabras y tira de mi labio con una mordida dolorosa.
He perdido la pizca de dignidad que me quedaba, así que sin más, estampo una de mis manos contra la portañuela de sus pantalones y agarro con poco éxito su miembro erecto y grueso. Necesitaría ambas para atraparlo perfectamente y eso me hace enmudecer.
—Vente conmigo y probemos si te queda —susurra con picardía en mi oído y no tengo que darle muchas vueltas para acceder.
Y sin pensar en mi dignidad, salgo del club a
escondidas de mis amigas y subo al auto del apuesto desconocido.
Hero:
Abro los ojos con lentitud. Emito gruñidos mientras me estiro y luego de bostezar, un preocupante bulto sobre mi pecho me hace pegar un respingo. «¡Mierda». Me llevo las manos al rostro, maldigo en mi interior y con cuidado, alzo su brazo y me deshago de su toque, sintiéndome aún más imbécil de lo que normalmente soy. Expulso una cantidad exagerada de aire por mi nariz, me siento en el borde de la cama y miro hacia atrás, donde el cuerpo voluptuoso de una mujer reposa entre las sábanas.
Su cintura desnuda y amoldada es lo único que sobresale a la vista, y un poco más abajo, un empinado trasero forma un bulto exótico y redondo. Una melena de extraño color naranja natural se expande por su espalda y parte de la almohada que se halla bajo su rostro. Se ve tranquila, inocente, sumida en sueños que no quisiera interrumpir...
Estrujo mi rostro con mis manos, fugaces recuerdos de lo que ocurrió hace unas horas pasan como flechas por mi mente y me detengo solo en los que al parecer disfruté... Disfrutamos. Jadeos, quejidos, palabras sucias y gemidos mezclados es lo que más recuerdo. Me levanto de la cama y camino de un lado a otro en la habitación, de vez en cuando desvío la mirada a la desconocida que duerme ajena a mi caos mental y diversos sentimientos negativos me confunden.
«Ella no debe estar aquí, y yo no debo pensar tanto en:
—Arrodíllate —le exijí y me sonrió Unos dientes perfectos relucieron y me fijé en sus labios carnosos color carmín.
Se dejó caer con delicadeza de rodillas sobre la alfombra, acomodó su cabello sobre uno de sus hombros y levantó la mirada para encontrarse con mi desesperada inquietud. Lamió sus labios, desde mi posición pude ver el deseo que recorría sus ojos y los provocativos gestos que hacía con su boca. Eché mi cabeza hacia atrás y cerré los ojos para recibirla, pero ante la ausencia de su acto, llevé una mano a su cabeza incitándola a que iniciara.
—No, mírame mientras te pruebo...
Mi mente evoca los flashbacks a medida que el silencio me obliga a recordarlos. Me prometí que no volvería a dormir con una mujer, juré no volver a hacerlo hasta que el tema de mi hija se resolviera, y estoy a punto de defraudarme a mí mismo por cerrar los ojos junto a una pelirroja que ni siquiera conozco.
«¡Ella debe irse, demonios!».
—Ey —emito, mientras palmeo uno de sus hombros repetidas veces.
Su cuerpo se retuerce levemente y un rostro ajeno se asoma tras innumerables mechones rojizos. Con una de sus manos aparta su melena y una mirada perdida contacta conmigo. Llevo mis manos a mis caderas y con actitud demandante denoto las facciones de mi mentón en una mueca despectiva.
—Es hora de que te vayas —inquiero.
Se estruja el rostro y, sin emitir sonido alguno, comienza a recomponerse entre las sábanas. Supongo que desee vestirse, por lo que me doy la vuelta en dirección al closet en busca de cualquier excusa que le permita privacidad. Pensé que, al igual que las demás que han pasado por aquí, me agredería físicamente con cachetadas y empujones, mínimo que usaría la defensa verbal. Pero no, la ausencia de cualquiera de los mencionados actos me desconcierta. Aún así, no me detengo a indagar en ello, y de espaldas espero a que se aliste y si es posible, se marche.
—Oye. —Su suave voz hace presencia—. No encuentro mi sujetador.
—Eh, no tengo idea de don... —Empiezo a decir volteándome pero freno mis palabras al encontrarla completamente desnuda frente a mí.
Le recorro el cuerpo con descaro, mis ojos se deleitan de principio a fin, sin excluir curva alguna de su anatomía perfecta.
—Da igual —reitera y entorna los ojos para darse la vuelta en busca de su vestido y sus bragas. Aprovecho la ocasión para admirar su figura trasera, tan exquisita como la delantera. Cada jodida parte de su cuerpo es divinidad pura.
Suspiro, me rasco la nuca y desvío la mirada al techo, presiono mis ojos y me castigo mentalmente porque no puedo doblegarme ahora, y por mucho que desee recordar con detalles lo ocurrido con semejante mujer, no será hasta dentro de unas horas que recordaré todo. Y debo tener claro que, si lo que a mi conciencia llega fue demasiado bueno, eso no sería motivo para una segunda vez. Los tiempos de repetir noches de sexo han terminado definitivamente y no será un cuerpo majestuoso quien hará la diferencia...
Me recuesto a la puerta luego de cerrarla tras la retirada de mi... Dios, no sé ni cómo llamarle a eso. Descalzo y únicamente en boxer me dirijo a la cocina en busca de algo para beber, saco una jarra de jugo y la sirvo en un vaso. Por suerte he dejado mi celular sobre la mesa, lo agarro y al encenderlo trago una porción de jugo con dificultad. Es las tres de la mañana.
«¡¿Joder la dejé irse sola a estas horas?!». Me recrimino y seguidamente le resto importancia. No la conozco, y si no objetó ante mi comportamiento, posiblemente esté acostumbrada a ello. No la volveré a ver, así que no tengo por qué sentir absolutamente nada al haberla despachado en plena madrugada.
