Capítulo 3 Tres

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Su inesperada pregunta me hace pensar por un lapso de segundos. Y la verdad, nunca tomo una decisión sin estar lo suficientemente seguro antes.

—Tengo mis motivos, ¿seguro de que su cabello es rojo? ¿Y sus ojos, son verdes? ¿Buen cuerpo y mediana estatura? —cuestiono, agarrando el puente de mi nariz con mis índice y pulgar.

—Tuviste la suerte de que así fuera, tiene todas esas características. Igualmente podrías conocerla antes...

—Según tú, ella posee lo que le pedí, con eso basta. No necesito conocerla ahora, lo haré el día de la ceremonia. —Me encojo de hombros y me recuesto del espaldar de la silla.

—Mmm, como creas correcto —dice incrédulo y me muestra otros papeles—. Este de aquí es una copia, la guardaré en caso de cualquier malentendido. —Cambia de tema y le sigo el hilo.

—De acuerdo ¿eso era todo? —le cuestiono, pues tengo asuntos pendientes que pretendo resolver ahora.

—Sí... Luego le llamo para el tema de Valeria.

La solo mención de su nombre me causa escalofríos. Suelto un profundo suspiro y no hago más que asentir. David nota mi estado y se marcha para no incomodarme más, lo cual agradezco. Cierro los ojos e intentando dejar de pensar en lo que ella me recuerda, vienen a mi otro tipo de pensamientos, unos que llevan varias noches inquietándome:

—No voy a tratarte con ternura —le susurré al oído, teniéndola de espaldas, en posición de cuatro puntos sobre la cama.

Así tenía una vista jodidamente embriagadora de su curvilíneo cuerpo, su cintura se veía más fina y se multiplicaba el ancho de sus caderas.

—No quiero que lo hagas —contestó y agarré su cabello, haciéndola emitir un intenso quejido que puso mis sentidos a hervir.

—Perdóname —le solté al mismo tiempo que entré en ella de una sola estocada.

Mierda se sintió tan bien...

—¡Ahhh, Dios! ¿Qué? —chilló y exclamó sin entender lo que dije.

—Me dijiste que te pidiera perdón así, inclinada para mí... Vamos pelirroja, perdóname.

Mientras hablaba jugué con su entrada, limitándome a lo que realmente deseaba, que no era más que hundirme toda la jodida noche dentro de ella.

—Por favor —suplicó, mis provocaciones nos estaban matando a ambos, pero deseé continuar con ese juego que habíamos iniciado.

—¿Me perdonas?

—¿Y si no qué? —gimoteó, meneándose contra mi erección.

Tiré nuevamente de su cabello y la hice gemir más fuerte. Atrapé uno de sus pechos con mi mano libre y llevé mi boca a su oído.

—O sinó voy a entrar de todos modos, y te dejaré retorciéndote, no alcanzarás el placer que has venido a buscar —gruñó y dejé una mordida en su cuello.

—Mierda, sí te perdono, solo fóllame de una vez...

«¿¡Por qué no dejo de pensar en ella?!».


—¿Púrpura, marfil, cardenal...?

—Cardenal, odio el púrpura, y nada de brillos —preciso y Boris asiente para luego retirarse contoneándose entre los refractores y las cámaras.

—El coordinador dice que necesita su aprobación para iniciar con el proyecto, que conste que aún no llega Derek, y usted sabe que es nuestro mejor camarógrafo —recalca Darci, mi asistente personal.

—Debió haber iniciado hace... —Miro mi reloj de pulsera—, quince minutos, un minuto más y las consecuencias caerán sobre tí, a Derek lo veo luego.

—Pero...

—Darci —pronuncio y asiente retirándose de prisa.

Darci es una señora que bien podría ser mi madre. Su edad oscila entre los cincuenta y sesenta años, rubia y delgada. De personalidad desconfiada y meticulosidad casi extrema, justo lo que necesito a mi lado mientras estoy en la "Compañía de Comerciales Clark", un negocio familiar dentro de la industria televisiva y el comercio mediante marketing y canales de propaganda.

—Señor lo busca su abogado, Darci lo mandó a pasar a su despacho —me comunica un técnico y tras precisar pequeños detalles con el coordinador me dirijo a su encuentro.

Abro la puerta y encuentro a David sentado frente a mi escritorio, al notar mi llegada se levanta y ya frente a él estrechamos nuestras manos. Tomo asiento y David me imita para luego depositar unos papeles encima de la mesa.

—Traigo buenas noticias Hero —comunica e intercambiamos miradas, la mía curiosa y la suya destilando misterio.

—Eso esperaba —confieso, ansioso por sus prontas palabras.

—Ha firmado, ya tenemos las dos firmas —me dice extendiéndome una carpeta con el contrato.

—Excelente —contesto y ojeo las páginas.

Efectivamente, las dos firmas yacen claras en el acápite que lo amerita y justo al final, plasmo la mía como cierre definitivo de la negociación.

—Tu madre, tu hermana y tu cuñado han quedado conmigo esta tarde para firmar la parte de los testigos. Con eso estaría todo listo —enuncia y lo apruebo con un asentimiento de cabeza—. Hero, disculpa que me entrometa, pero... ¿Para qué me preguntaste en la mañana las características físicas de Elena Jones?

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