Capítulo 5 Cinco
Elena
La tensión aumenta cuando al bajar las escaleras, me encuentro con el detestable causante de mi estado parado junto a Emily. Lo miro unos segundos, en los que le transmito todo el dolor que siento en estos momentos, quiero que se sienta tan culpable al punto de que llore junto conmigo, pero el maldito es tan orgulloso como canalla. Me avergüenzo de él y de cada una de las promesas que nos hizo a mí y a mis hermanas, esas que nunca pudo cumplir. Desvío la mirada Emy, quien a diferencia de Eve, no se encuentra triste. Su rostro está serio y abre sus brazos para recibirme, o más bien, despedirme. Me aproximo a ella y le pido que continúe sus múltiples estudios, y que si es posible, que se marche con su novio a otra ciudad si no quiere pasar por lo mismo que yo.
Confío en que eso no vaya a pasar, pero no descarto la posibilidad, ya de papá lo espero todo.
—Estaré rezando por ti, te amo mucho —musita en mi oído y deja un beso en mi cara.
—También te amo, huye cuando tengas la oportunidad —le digo esto último en voz alta, lo suficiente para que nuestro padre lo escuche. No veo su reacción, pero ojalá sea de culpa.
—Lo haré, no te preocupes por mí, prométeme que vas a cuidarte —me pide y ahora sí veo dejos de tristeza en su semblante.
—Sabes que siempre me cuido, lamento que no pueda oponerme a la cama de un viejo extraño —recalco, alzando nuevamente la voz.
—¡Ya te dije que no es un viejo, Elena! ¡Recuerda que lo harás por tu familia, ten un poco de conciencia! —reclama papá, formando un escándalo que no estoy dispuesta a continuar. Mis hermanas observan en silencio, es increíble el respeto que este hombre nos ha hecho mostrar ante él, ahora me arrepiento de cumplir con todas sus estúpidas reglas.
—Por eso mismo he firmado, por ellas —las señalo a ambas y regreso la vista a su figura—, porque por ti creeme que no movería ni un dedo.
Sus labios se abren en reproche, sin embargo, basta la mirada de súplica que le lanza Eve para que no conteste. Bien sabe lo mal que me encuentro como para permitir que mi padre siga palpando en mis heridas. Me despido de Emily y luego de Eve, a esta última me aferro tanto que duele como el demonio soltarme de su agarre. Juntamos nuestras frentes y tras promesas y palabras de cariño, finalmente nos soltamos.
Atravieso la puerta del que por veinticinco años fue mi hogar y entro a un auto que ha sido enviado para recogerme y llevarme a un apartamento en Chicago. El chofer guarda mis cosas en el maletero y cuando todo está listo enciende el vehículo. Mi cabeza reposa en la ventanilla y a través de esta les doy una última mirada a mis hermanas, acrecentando el punzante dolor que tengo instaurado en mi frágil pecho. Al señor que las acompaña siquiera le presto atención, este ya no la merece...
—¿Falta mucho para llegar? —le pregunto al señor que, diez o quince años mayor que yo y vestido de traje, conduce el vehículo que me llevará a mi desgracia.
—Un poco —contesta seco, intercambiando una mirada conmigo a través del espejo retrovisor.
—Gracias —respondo y encuentro entretenimiento en el borde de mi vestido floreado.
Suelto un suspiro profundo y me dejo caer contra el espaldar del asiento. Bajo la mirada y mientras mis dedos se dedican a juguetear con la tela de franela, mi mente viaja a los días dónde la paz de los Jones llegó a su fin:
—Dime qué hiciste ahora papá —sollozó Eve entre lágrimas. Su maquillaje estaba corrido y tenía el cabello alborotado de lo tanto que se había movido dentro del hospital.
Emily reposaba a mi lado, sentada en un sillón con la mirada perdida como siempre. No opinaba ni tampoco demostraba preocupación. Y aunque su actitud siempre era la misma, me incomodaba la serenidad con la que nos observaba en silencio. La hice a un lado cuando intentó ponerse de pie y tomé la mano de nuestro padre entre las mías. Detallé su rostro, mutilado por los golpes que había recibido, y recuerdo que lucía triste por lo que tenía que decirnos.
—¿Quién ha sido papá, por favor? ¡Dinos algo! —le supliqué, absorbí por la nariz y llevé su mano a mis labios para dejar un beso.
—Perdónenme. —Logró decir y su voz fue interrumpida por débiles quejidos.
Papá lloraba, se lamentaba... Hacía mucho tiempo que no le veía así, desde la muerte de mamá precisamente.
Las enfermeras nos dejaron solos y aprovechamos para interrogarlo.
Eve y yo hicimos lo posible porque nos contara, pero nos costó un poco ante los gemidos desconcertantes que emitía segundo tras segundo. Solo pronunciaba súplicas de disculpa y lloraba casi sin fuerzas.
—Necesitamos que nos cuentes, vamos papá, ¿qué has hecho? —Insistió mi hermana mayor.
—¿Por qué lo interrogas como si hubiese hecho algo, Evelina? —intervine. Desde que llegamos no paraba de hacer ese tipo de insinuaciones.
—¡Porque lo conozco Ele, y tú también! ¡Así que para de lamentarte con él y ayúdame a hacer que hable! —exclamó en voz alta, me sobresalté y al notarlo cambió su semblante por uno más suave—. ¿En qué rayos te metiste? O nos dices ahora o yo seré la primera en largarme de aquí —farfulló entre dientes, y al no recibir respuesta se acercó a su oído—, no me hagas decirle a Mick que intervenga, como abogado es una estrella papá, y lo sabes, pero tiene amigos que investigarían lo que les pida. Habla de una vez.
—No seas tan dura con él —habló Emy finalmente y la mirada asesina que le lanzó Eve fue suficiente para que mantiviera la inutilidad de siempre y guardara silencio.
Yo me limité a esperar respuestas, porque por mucho que me lastimara ver a nuestro padre en esa situación, también tenía curiosidad por saber lo que había pasado, no era la primera vez que se metía en problemas por causa de la bebida y las deudas.
—Ellos... ellos van a... van a matarlas si yo...
La palabra "matar" aturdió mis oídos y mi corazón se lanzó a correr despavorido. Mi respiración se dificultaba y tragué saliva con molestia por una declaración tan difícil de digerir.
—¡¿Si tú no qué?! ¡Mierda papá! —gimoteó Eve. Gruesas lágrimas corrían por sus mejillas y se llevó las manos a la cabeza.
—Si... Si no les pago lo que les... lo que les debo —admitió y fue una daga directo a mi pecho.
—¿Cuánto? —me apresuré en cuestionar antes que mi hermana mayor, con un temor que produjo temblores en mis manos.
—Tres millones de dólares...
—¡Maldito! —El grito de Eve es lo último que escuché antes de sentir mis piernas volverse gelatina y desaparecer en una prolongada oscuridad...
—Maldito.
—¿Cómo? —la voz del conductor me hace salir del trance que mi situación familiar me ha producido y sacudo la cabeza para recomponerme.
Me llevo los dedos a mis sentidos y hago presión en círculos para dispersar el dolor de cabeza que me aqueja.
—Hablaba conmigo misma, señor... —Suspendo mis palabras en busca de su nombre.
—Claus, chofer de los Clark y previamente suyo también —contesta dedicándome una dulce mirada por el espejo y ladeo mis labios en una sonrisa triste difícil de no percibir.
—¿Cómo es él? —La pregunta llega sin aviso y luego de hacerla hago silencio.
Ahora mismo eso es lo de menos, con los tantos problemas que me ahogan esto no es exactamente lo que debería preocuparme, pero joder, no paro de pensar en la figura de mi futuro esposo, un rostro que mil veces he intentado construir en mi mente y que siempre termina decepcionándome, porque aunque no tengo opciones más que aceptar lo inevitable, la idea de contraer matrimonio con un señor que desconozco lleva varios días quemando mis razonamientos.
—Disculpe ¿cómo es quién?
Veo su ceño fruncirse a través del espejo y trago saliva para volver a cuestionar.
—El señor Clark.
—Oh, me pregunta usted por Hero. Usted debería saberlo, es su prometida, ¿no? —Pausa y maniobra con el volante para tomar una curva—. Bueno, la verdad, no sé exactamente a qué se refiere. Le comunico que hay cierta información de su persona que no estoy autorizado a contestar —declara y fija su mirada en la extensa y poco transitada carretera.
«Hero...¿Qué edad tendrá ese señor?».
—Entiendo... Solo quería saber cómo... Nada, olvídelo —tajo y regreso la vista al paisaje que corre tras la ventanilla.
