Capítulo 6 Capítulo seis
Elena
Claus abre la puerta del auto y bajo con lentitud, como si pisar este suelo desconocido me fuese a atar de por vida a algo que no deseo, lo cual, literalmente, es exacto lo que me ocurre. La boca se me cae al piso al presenciar semejante residencia y agarro mi bolso contra mi pecho. ¿No que iríamos a un apartamento? Esto parece cualquier cosa menos uno. Alzo la mirada a la enorme mansión que se extiende frente a mis ojos y me quedo corta con cada halago que le dedica mi mente. Un precioso jardín repleto de rosas, orquídeas y arbustos verdosos y perfectamente posados me recibe y a pasos lentos y expectantes sigo tras Claus, quien le indica a unos jóvenes vestidos con pantalón oscuro, camisa y chaleco, que carguen mis maletas y me ayuden con mi mochila.
Un pasillo empedrado y con estatuas de mármol a ambos lados nos guía hasta múltiples escalones que conducen a un enorme portón. Parados frente a la enmaderada puerta, Claus se despide de mí con amabilidad y saca su teléfono para llamar a alguien. Las piernas me tiemblan, agarro las esquinas de mi vestido con mis manos y me mantengo quieta a espera de que abran la dichosa puerta. El viento desenfrenado me remueve el cabello y las puntas me hacen cosquillas en el rostro. Intento apartarlo sin despeinarlo más de lo que está y la rabia que llevo dentro se acrecienta a medida que los segundos pasan.
—¿Elena Jones?
«Ay Dios».
Una voz ronca me sorprende a mis espaldas y muerdo el interior de mis mejillas antes de voltearme. Comienzo a experimentar una sensación horrible, pensamientos cargados de rabia e impotencia llegan y se van en cuestión de centésimas de segundos, me cuesta darme la vuelta. No quiero que se acumulen tantas desilusiones en tan pocos minutos, y el rostro del señor Clark es una de las cosas que más me aterra.
—¿Señorita Jones? —Insiste y trago en seco, agarrando el valor para girarme y hacerle frente.
«Diablos, tengo que hacerlo». Me impongo y, luego de soltar todo el aire acumulado en mis pulmones, giro sobre mi propio eje, encontrándome con algo que deshace todas las esperanzas que tenía de que su apariencia, al menos, no fuese tan torturante.
Definitivamente podría ser mi abuelo. Tiene el cabello blanco debido a su avanzada edad y numerosas arrugas se amontonan por casi todo su perfilado rostro. Tiene ojos color avellana y todo los rasgos característicos de un anciano. Lleva traje azul oscuro y corbata de rombos a juego. No sé cómo podré soportar esto...
—¿Es usted el señor Clark? —suelto sin darle tiempo siquiera a emitir otra palabra antes que yo.
—Bienvenida señorita Jones —se apresura en agregar. Su rostro transmite tranquilidad y dulzura al hablar, me recuerda mucho a mi abuelo—, soy Monrue, el mayordomo de la mansión, es para mí un placer atenderla hasta que su novio llegue de Londres, si me permite, le muestro su habitación. Ah, y me disculpo, no la esperábamos hoy, se suponía que Claus la llevaría al penthouse pero no fue avisado a tiempo.
¡Madre santísima!
Un alivio enorme me recorre el cuerpo cuando se presenta como el mayordomo y dejo que mis hombros retomen su estado natural y abandonen la rigidez de hace un momento.
«Ele por favor, eso no quita que el verdadero señor Clark no sea un anciano». Indago, pero prefiero engañarme con la idea de que quizá y solo quizá, tenga un poco de suerte con esto, ya que en todo lo demás soy un caso perdido, mi familia como tal lo es gracias a mi padre.
—Por supuesto, no hay problema, gracias —respondo y él me sonríe. Lástima que yo no pueda corresponderle con la misma alegría.
