Capítulo 2 Capítulo 2.- Lo que nadie quiso contarme

—Valentina, abre la puerta, por favor.

La voz de mi madre sonaba débil al otro lado. Miré el mensaje de Alejandro una vez más y sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.

—Estoy cambiándome —respondí.

—Tu padre quiere que bajes.

—Dile que no pienso cenar con los Montenegro.

—No hagas esto más difícil.

Solté una risa amarga.

—¿Más difícil? Mamá, acaban de decirme que si no me caso, ustedes podrían ir a prisión.

Hubo silencio.

—¿Es verdad? —pregunté.

—Tu padre está desesperado.

—Eso no fue lo que te pregunté.

—No sé todos los detalles.

—Pero sabes algunos.

—Sé que tu padre hizo cosas para protegernos.

—¿Cosas legales?

No respondió.

Me aparté de la puerta y caminé hasta el armario. No podía quedarme allí esperando a que mi familia decidiera cuál sería mi próximo movimiento. Necesitaba ver a Alejandro. Necesitaba entender qué había descubierto.

—Valentina, abre —insistió mi madre.

Tomé una chaqueta y escondí el teléfono en el bolsillo.

—Voy a bajar en cinco minutos.

—¿Me lo prometes?

—Sí.

Esperé a que sus pasos se alejaran y me asomé por la ventana. La casa tenía una salida lateral que comunicaba con el jardín. No era la forma más digna de abandonar mi propia casa, pero hacía mucho tiempo que mi vida había dejado de ser digna.

Bajé con cuidado y llegué hasta la calle sin que nadie me viera. Alejandro me esperaba dentro de una camioneta estacionada frente a la farmacia de la esquina.

Cuando subí, no me preguntó cómo estaba. Solo me miró.

—Estás temblando.

—Mi familia está a punto de perderlo todo.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

Alejandro encendió el motor, pero no arrancó.

—Porque llevo dos días investigando.

—¿Investigando qué?

—Las deudas de tu padre.

—¿Y qué encontraste?

Me tendió una carpeta marrón. La tomé sin abrirla.

—¿Esto qué es?

—Copias de transferencias, contratos y movimientos bancarios.

—No entiendo.

—Tu padre no pidió todos esos préstamos para mantener la empresa.

Lo miré fijamente.

—¿Qué quieres decir?

—Algunas de esas deudas fueron creadas por alguien más.

—¿Quién?

Alejandro apretó el volante.

—Sebastián.

Sentí que se me helaban las manos.

—Eso es imposible.

—Ojalá lo fuera.

—Sebastián no tiene acceso a las cuentas de mi familia.

—Su padre sí. Y Sebastián trabaja con él desde hace años.

—¿Me estás diciendo que los Montenegro provocaron la crisis de los Rojas para obligarnos a aceptar el matrimonio?

—Te estoy diciendo que hay transferencias desde una cuenta relacionada con la empresa de Sebastián hacia una cuenta a nombre de tu padre.

Abrí la carpeta con torpeza. Había documentos, capturas de pantalla y varias copias de contratos que no recordaba haber visto nunca.

—Esta firma no es de mi padre.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la comparé con otros documentos. La firma está falsificada.

—¿Por qué nadie ha denunciado esto?

—Porque tu padre también está involucrado.

Levanté la mirada.

—No.

—Valentina…

—No me digas que mi padre aceptó dinero de ellos. Él no haría eso.

—Ya lo hizo.

—Estás mintiendo.

—¿Crees que quería ser yo quien te lo dijera?

—¡No lo sé! Hace unas horas me enteré de que mi padre puede ir preso. Ahora apareces con una carpeta asegurando que mi familia fue víctima y cómplice al mismo tiempo.

Alejandro respiró hondo.

—Tu padre aceptó dinero de los Montenegro para salvar la empresa. Después intentó romper el acuerdo. Ellos empezaron a presionarlo con los documentos.

—Entonces sí sabía que el matrimonio era un negocio.

—Lo sabía.

Cerré la carpeta.

—No puedo creerlo.

—Hay algo más.

—¿Qué puede ser peor?

Alejandro sacó su teléfono y reprodujo un audio.

La voz de mi padre llenó el interior de la camioneta.

—Mi hija no puede enterarse de la situación real. Si descubre que las deudas están a nombre de la empresa, se negará a casarse.

La segunda voz pertenecía a un hombre que no reconocí.

—No se preocupe. Sebastián se encargará de mantenerla controlada.

El audio terminó.

—¿De dónde sacaste esto?

—Un antiguo empleado de los Montenegro me lo entregó.

—¿Por qué?

—Porque lo despidieron después de negarse a falsificar unos documentos.

Volví a mirar la carpeta.

—¿Y qué quieres que haga?

—Que no te cases con Sebastián.

—Eso ya lo sé.

—No, Valentina. Tienes que irte esta noche.

—¿Irme?

—Sí. Tengo un apartamento en Maracaibo. Nadie sabe que existe. Podemos quedarnos allí mientras reunimos pruebas y buscamos un abogado.

—¿“Podemos”?

—No te estoy pidiendo que huyas conmigo para obligarte a estar a mi lado. Te estoy ofreciendo un lugar seguro.

—Si me voy, mi familia quedará expuesta.

—Tu familia ya está expuesta. Solo que ellos están intentando usar tu boda para cubrirlo.

—Mi madre no es como ellos.

—Tu madre sabe lo que está pasando.

Negué con la cabeza.

—No.

—Lo siento, pero sí.

—Ella no sería capaz.

—¿Por qué sigues defendiendo a personas que no han hecho más que mentirte?

—Porque son mi familia.

—¿Y yo qué soy?

La pregunta quedó suspendida entre nosotros.

Alejandro apartó la mirada. Entonces comprendí que no solo estaba enojado. También estaba herido.

—Tú eres la persona que amo —susurré.

—Pero no soy la persona que eliges.

—No sabes lo que estoy viviendo.

—Tienes razón. No lo sé. Pero sé lo que se siente que me busques cuando estás asustada y que me apartes cuando tu familia te lo pide.

—Nunca quise apartarte.

—Lo hiciste.

—Porque tenía miedo

—¿De qué?

—De perderlo todo.

—¿Y qué crees que estás perdiendo ahora?

No pude responder.

Alejandro tomó mi mano. Sus dedos estaban fríos.

—Valentina, mírame.

Lo hice.

—No puedo prometerte que todo saldrá bien —dijo—. No puedo sacar a tu padre de sus problemas ni borrar las amenazas de los Montenegro. Pero sí puedo prometerte que no voy a dejar que te enfrentes a esto sola.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—No quiero que me salves.

—Entonces déjame acompañarte.

Antes de que pudiera contestar, una luz intensa iluminó el interior de la camioneta. Un vehículo negro se había detenido detrás de nosotros.

Alejandro soltó mi mano.

—¿Lo conoces?

Miré por el retrovisor. La puerta del vehículo se abrió.

Sebastián bajó con el teléfono en la mano.

—Es él —susurré.

—¿Cómo nos encontró?

—No lo sé.

Sebastián caminó hasta la ventana del conductor y golpeó el vidrio.

Alejandro no se movió.

—Baja —ordenó Sebastián.

—Vete —dijo Alejandro.

Sebastián volvió a golpear.

—Valentina, tu madre está preocupada.

—No le abras —susurré.

—No pensaba hacerlo.

Sebastián rodeó la camioneta y se detuvo junto a mi puerta.

—Sé que estás ahí —dijo—. También sé que Alejandro te mostró los documentos.

Sentí que el miedo me cerraba la garganta.

—¿Qué quieres? —pregunté sin bajar la ventana.

—Quiero hablar contigo.

—No tengo nada que decirte.

—Entonces escucha.

Levantó el teléfono y reprodujo un video. En la pantalla aparecía mi padre entrando a una oficina. Detrás de él caminaba mi madre.

—Ese video no prueba nada —dijo Alejandro.

—No necesito que pruebe nada —respondió Sebastián—. Solo necesito que Valentina entienda lo que ocurrirá si decide jugar a la heroína.

—¿Me estás amenazando?

—Estoy explicándote las consecuencias.

—¿Qué consecuencias?

Sebastián sonrió, pero no había amabilidad en su expresión.

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