Capítulo 3 Capítulo 3.- Una mentira más

—Si cancelas la boda, entregaré a la fiscalía todos los documentos que prueban los delitos de tu padre.

—Hazlo.

—También entregaré los documentos que prueban que tu madre firmó como cómplice.

Mi respiración se detuvo.

—Es mentira.

—Puedes preguntárselo.

—Mi madre no firmó nada.

Sebastián se inclinó hacia la ventana.

—Tu madre no solo firmó. Fue ella quien me pidió que te separara de Alejandro.

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

—Cállate.

—Me pidió que hiciera lo necesario para que aceptaras casarte conmigo.

—¡Cállate!

—Y lo más triste es que pensaba que tú lo entenderías.

Alejandro arrancó la camioneta.

—Aléjate.

Sebastián dio un paso atrás.

—Tienes hasta mañana para decidir, Valentina.

—No voy a casarme contigo

—Eso dices ahora.

—No voy a convertirme en tu esposa para que puedas controlar mi vida.

Sebastián se acercó una última vez.

—No tienes que amarme. Solo tienes que decir que sí.

Alejandro aceleró y nos alejamos de la acera.

Durante varios minutos ninguno de los dos habló. Yo seguía mirando el vehículo negro desaparecer detrás de nosotros.

—¿Quieres que vayamos al apartamento? —preguntó Alejandro.

Pensé en mi madre. En sus manos temblando. En su silencio. En la posibilidad de que realmente hubiese participado en todo.

—No —respondí.

—¿No?

—Necesito volver a mi casa.

—Valentina, no es seguro.

—Tengo que hablar con ella.

—¿Y si Sebastián dice la verdad?

Miré la carpeta sobre mis piernas.

—Entonces necesito escucharlo de su propia boca.

Cuando llegamos a la esquina, mi teléfono comenzó a sonar.

Era mi madre.

Contesté.

—¿Dónde estás? —preguntó con la voz quebrada

—Voy para la casa.

—No vengas.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Valentina, por favor, escucha. No regreses.

—Mamá, necesito hablar contigo.

—Tu padre no está aquí.

—¿Dónde está?

Escuché un sollozo al otro lado.

—Se lo llevaron.

—¿Quiénes?

Antes de que pudiera responder, la llamada se cortó.

Un segundo después, llegó un mensaje.

Si quieres volver a verlo con vida, tendrás que casarte conmigo.

El mensaje no era de mi madre.

Era de Sebastián.


—No puede ser real —susurré.

Alejandro me observó mientras yo le mostraba el mensaje. Su expresión cambió en cuanto leyó las palabras de Sebastián.

—¿Te dijo dónde está tu padre?

—No.

—¿Tu madre te explicó algo?

—La llamada se cortó.

—Entonces no vamos a regresar a la casa.

—Tengo que hacerlo.

—Valentina, Sebastián acaba de amenazarte.

—¡También dijo que tiene a mi padre!

—Podría estar mintiendo para obligarte a hacer exactamente lo que estás haciendo.

—¿Y si no miente?

Alejandro estacionó frente a una pequeña plaza y apagó el motor.

—Tenemos que llamar a la policía.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque si Sebastián está involucrado, puede hacerle daño.

—Y si no llamamos, puede hacerle daño de todos modos.

—No entiendes.

—Entiendo perfectamente. Estás asustada.

—¡Claro que estoy asustada! Es mi padre.

—Y yo estoy intentando protegerte.

—No necesito que me protejas. Necesito que me ayudes a encontrarlo.

Alejandro pasó una mano por su rostro.

—Entonces dejemos que la policía nos ayude.

—¿Y si mi padre realmente cometió un delito?

—Eso no justifica que lo secuestren.

—No sabes de lo que son capaces los Montenegro.

—Precisamente por eso no podemos actuar solos.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era una llamada de Sebastián.

Alejandro extendió la mano.

—No contestes.

—Tengo que hacerlo.

—No le demuestres que puede controlarte.

—Si no contesto, quizá no vuelva a llamar.

Tomé aire y respondí.

—¿Dónde está mi padre?

—Buenas noches para ti también.

—¡Dime dónde está!

—En un lugar seguro.

—¿Qué significa eso?

—Significa que todavía respira, está ileso y puede seguir así si haces lo que te pido.

—¿Qué quieres?

—Que vengas sola a la antigua hacienda de los Montenegro.

—¿Cuándo?

—Ahora.

—No voy a ir sola.

—Entonces tu padre pagará las consecuencias.

—No te atrevas a tocarlo.

—Tienes una hora, Valentina.

—¿Cómo sé que está vivo?

Sebastián guardó silencio durante unos segundos. Después escuché la voz de mi padre.

—Valentina, no vengas. ¡No hagas lo que te dice!

—¡Papá! ¿Dónde estás?

La llamada se cortó.

Me quedé mirando la pantalla.

—Está vivo —dije.

—Y eso no significa que debas ir.

—Voy a ir.

—No.

—No puedes detenerme.

—No quiero detenerte. Quiero acompañarte.

—Sebastián dijo que fuera sola.

—No me importa lo que dijo.

—Si te ve, podría hacerle daño a mi padre.

—Si vas sola, podría hacerte daño a ti.

—Alejandro…

—No voy a quedarme aquí esperando mientras te entregas a un hombre que ya demostró que no tiene límites.

—¿Y qué propones?

—Vamos a pedir ayuda, pero no a la policía todavía. Conozco a alguien que puede localizar la hacienda y avisar a un abogado.

—No tenemos tiempo.

—Tenemos una hora. Es más de lo que teníamos hace cinco minutos.

No quería admitirlo, pero tenía razón. Sin embargo, mi corazón seguía repitiendo la misma frase: mi padre está en peligro.

Alejandro llamó a un hombre llamado Tomás. Le explicó la situación con rapidez y le pidió que consiguiera información sobre la ubicación de Sebastián.

Mientras hablaba, decidí llamar a mi madre.

Contestó al tercer tono.

—¿Dónde estás? —preguntó.

—Con Alejandro.

—Dios mío…

—Mamá, Sebastián llamó. Dice que papá está vivo y que debo ir a la hacienda.

—No vayas.

—¿Por qué?

—Porque es una trampa.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque conozco a Sebastián.

—No, mamá. Tú sabes más de lo que me has contado.

Ella comenzó a llorar.

—Valentina, por favor, vuelve a casa.

—La casa está vacía.

—No estoy hablando de la casa.

—¿Qué significa eso?

—Tu padre no fue secuestrado.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué dijiste?

—Tu padre se fue por su cuenta.

Miré a Alejandro. Él había dejado de hablar por teléfono y me observaba con atención.

—Sebastián dijo que lo tenía.

—Lo tiene.

—Entonces sí fue secuestrado.

—No exactamente.

—Mamá, habla claro.

—Tu padre fue a entregarle unos documentos.

—¿Qué documentos?

—Los originales de las cuentas.

—¿Por qué haría eso?

—Para protegerte.

Solté una risa sin humor.

—¿Protegerme? ¿Eso es lo que todos llaman mentirme?

—Tu padre quería entregarse a cambio de que cancelaran la boda.

—¿Y Sebastián aceptó?

—Dijo que sí.

—Pero me escribió para obligarme a casarme.

—Porque tu padre cambió de opinión.

—¿Qué?

—Encontró algo en esos documentos. Algo que podía destruir a los Montenegro. Cuando intentó utilizarlo para negociar, Sebastián lo retuvo.

Alejandro se acercó.

—Pregúntale qué encontró —susurró.

—¿Qué encontró papá?

Mi madre tardó demasiado en responder.

—Una transferencia.

—¿De quién?

—De una cuenta a nombre de Alejandro.

El mundo pareció quedarse en silencio.

Miré a Alejandro.

—¿Qué?

—No sé de qué está hablando.

—Mamá, repite eso.

—El dinero que recibió tu padre salió de una cuenta vinculada a Alejandro.

—Eso es imposible.

—Tu padre tiene los comprobantes.

Alejandro se apartó unos centímetros.

—Valentina, yo jamás le di dinero a tu padre.

—¿Entonces por qué hay una cuenta a tu nombre?

—No lo sé.

—Mamá, ¿estás segura?

—Tu padre me mostró los documentos. También había una firma de Alejandro.

—Eso es falso —dijo él.

—¿Cómo puedo saberlo?

Alejandro me miró, herido.

—Porque me conoces.

—Ya no sé qué conocer de nadie.

—¿Crees que yo tuve algo que ver con la ruina de tu familia?

—No quiero creerlo.

—Pero lo estás pensando.

No pude responder.

Mi madre habló nuevamente:

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