Capítulo 4 Capítulo 4.- La fotografía
—Valentina, debes ir a la hacienda. Sebastián quiere hacer un intercambio.
—¿Mi padre por mí?
—No. Quiere los documentos.
—¿Y si se los entrego?
—Liberará a tu padre.
Alejandro negó con la cabeza.
—No lo hagas. Si le entregas los documentos, perderemos la única prueba que tenemos.
—Estamos hablando de mi padre.
—Y Sebastián está usando eso para destruirte.
—¡No puedo dejarlo allí!
—Tampoco puedes entregarte sin saber qué planea hacer contigo.
—Entonces, ¿qué hago?
Alejandro se quedó callado.
Por primera vez, no tenía una respuesta.
La llamada con mi madre seguía abierta.
—Hay otra cosa —dijo ella.
—¿Qué?
—La transferencia a nombre de Alejandro no fue realizada desde Venezuela.
Sentí un escalofrío.
—¿Desde dónde salió?
—Desde España.
Alejandro frunció el ceño.
—Yo nunca he estado en España.
—Lo sé —respondí.
—Entonces alguien está utilizando mi identidad.
—O alguien quiere que parezca que la utilizaste.
Un mensaje llegó a mi teléfono.
La hora está corriendo. Si quieres saber quién traicionó a tu familia, ven sola.
Debajo del mensaje, Sebastián había enviado una fotografía.
Mi padre aparecía sentado en una silla, con el rostro golpeado.
Y detrás de él, de pie, estaba una mujer que conocía demasiado bien.
Mi madre.
—Esa fotografía es una mentira —dije.
No sabía si se lo decía a Alejandro, a mi madre o a mí misma.
La imagen seguía abierta en la pantalla de mi teléfono. Mi padre aparecía sentado, con el rostro golpeado y una expresión de cansancio que jamás había visto en él. Detrás estaba mi madre, pálida, con los ojos rojos.
—Mamá, ¿por qué estás ahí?
—No puedo explicártelo por teléfono.
—¡Entonces explícamelo ahora!
—No grites, hija.
—¿Que no grite? ¡Sebastián tiene a papá y tú apareces detrás de él como si formaras parte de todo esto!
—Yo no estoy con Sebastián.
—¡Sales en la foto!
—Porque fui a buscar a tu padre.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque me amenazaron.
Alejandro se acercó a mí.
—¿Quién te amenazó?
—Sebastián. Dijo que si hablaba, lastimaría a Rafael.
—¿Dónde están? —pregunté.
—En la hacienda vieja.
—Voy para allá.
—No —respondió mi madre de inmediato—. No vengas sola.
—Sebastián me pidió que fuera sola.
—Eso es lo que quiere.
—Mamá, no puedo quedarme aquí esperando.
—Escúchame. La fotografía fue tomada hace una hora, pero tu padre ya no está en la hacienda.
—¿Cómo que ya no está?
—Sebastián se lo llevó.
—¿A dónde?
—No lo sé.
—¡Tú estabas ahí!
—Me dejaron salir porque necesitaban que tú creyeras que él seguía vivo.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Entonces la fotografía fue una trampa?
—Sí.
Alejandro tomó el teléfono de mi mano y observó la imagen.
—¿Hay algo detrás de tu madre?
—¿Qué quieres decir?
—Mira la pared.
Acercó la pantalla. Detrás de mi madre se veía un cuadro inclinado. Debajo había una mancha oscura, casi imperceptible.
—Eso no es una pared de la hacienda —dijo Alejandro—. Es el despacho de los Montenegro.
—¿Cómo lo sabes?
—He estado allí.
—¿Cuándo?
—Hace años. Antes de que tu familia supiera que existía.
Lo miré con desconfianza.
—¿Qué hacías en ese lugar?
—Trabajaba para ellos.
Me aparté.
—Nunca me dijiste eso.
—Porque no fue un momento del que me sintiera orgulloso.
—¿Trabajaste para Sebastián?
—Para su padre. Era asesor financiero.
—¿Y luego?
—Descubrí que utilizaban empresas falsas para mover dinero. Intenté denunciarlo, pero me acusaron de robar información. Me fui antes de que pudieran destruirme.
—¿Y esperas que crea que no sabías nada de las transferencias?
—No sabía que habían usado mi identidad.
—Pero conocías sus métodos.
—Sí.
—Entonces debiste contarme.
—¿Cuándo? ¿Cuando volvimos a encontrarnos y todavía estabas rodeada de tu familia? ¿Cuando te vi sonreír mientras ellos planeaban tu boda? Intenté protegerte.
—Todos dicen lo mismo.
—Porque todos estamos intentando hacerlo, aunque lo hagamos mal.
Mi madre volvió a hablar.
—Valentina, busca a Tomás. Él puede ayudarte.
—¿Por qué Tomás?
—Porque tu padre le entregó una copia de los documentos antes de irse.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué copia?
—La que demuestra que el dinero salió de una cuenta utilizada para falsificar la identidad de Alejandro.
—¿Quién tiene los originales? —pregunté.
—Sebastián.
—¿Y la copia?
—Tu padre la escondió.
—¿Dónde?
Mi madre respiró con dificultad.
—En el lugar donde comenzó todo.
—Mamá, no tengo tiempo para acertijos.
—En la casa donde vivieron tus abuelos.
La antigua casa familiar estaba abandonada desde hacía más de diez años.
—¿Por qué nunca me dijiste que papá tenía esos documentos?
—Porque él me pidió que guardara silencio.
—¿Y ahora qué cambió?
—Ahora sé que no piensa regresar.
—¿Qué quieres decir?
Mi madre comenzó a llorar.
—Tu padre me llamó antes de que Sebastián se lo llevara. Me dijo que, si algo le ocurría, debía entregarte la verdad.
—¿Qué verdad?
—Que él no inició la estafa.
—¿Quién lo hizo?
—Tu tío Esteban.
El nombre me dejó sin palabras. Esteban Rojas había muerto cuando yo tenía quince años. Durante años, mi padre habló de él como un hombre irresponsable que había abandonado a la familia.
—Eso no tiene sentido.
—Tu tío se asoció con los Montenegro. Cuando quiso quedarse con todo el dinero, ellos lo hicieron desaparecer de los registros. Tu padre cargó con las deudas para protegerte a ti y a mí.
—¿Y por qué aceptó casarme con Sebastián?
—Porque creyó que era la única manera de mantenerte viva.
Alejandro dio un paso hacia mí.
—Tenemos que ir a la casa de tus abuelos.
—¿Y tu hermano?
—Lo llamaré.
—No quiero que nadie más se involucre.
—Ya estamos involucrados.
Tomé las llaves que Alejandro dejó sobre el tablero.
—Vamos.
—Valentina…
—No me digas que es peligroso. Ya lo sé.
—No sabes si puedes confiar en mí.
Lo miré a los ojos.
—No. Pero sé que eres el único que está intentando decirme la verdad.
Alejandro arrancó la camioneta. Apenas avanzamos unas cuadras, recibí otro mensaje.
“Si encuentran la copia, tu padre muere.”
No había número.
Solo una fotografía.
Esta vez, mi padre estaba de pie junto a una ventana. Parecía herido, pero consciente. A su lado había un hombre de espaldas.
Alejandro observó la imagen.
—¿Reconoces a ese hombre?
Negué lentamente.
—No.
Él amplió la fotografía.
En la muñeca del desconocido había una cicatriz en forma de media luna.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—Yo sí lo reconozco.
—¿Quién es?
—Mi tío Esteban.
Alejandro frenó de golpe.
—Eso es imposible. Tu tío murió.
—Eso fue lo que todos me dijeron.
El teléfono volvió a vibrar.
Un último mensaje apareció en la pantalla:
---Tu familia enterró a la persona equivocada.---
