Capítulo 5 Capítulo 5.- El hombre que murió
—Eso no puede ser mi tío —dije, aunque sabía que sí.
Alejandro mantenía la mirada fija en la fotografía.
—¿Estás segura de que esa cicatriz es de Esteban?
—Me la sé de memoria. Me la hice yo.
—¿Cómo así?, explicame.
—Cuando tenía ocho años, él me cargó sin permiso y yo le clavé las uñas en el cuello. Me estaba obligando a darle un beso a una tía que no conocía.
Alejandro me miró, sorprendido.
—¿Y eso es lo primero que recuerdas de él?
—No solamente eso. También recuerdo que todos decían que era encantador. Pero conmigo siempre fue muy extraño.
—¿Extraño cómo?
—Me hacía preguntas que no correspondían. Quería saber dónde guardaba mi papá los documentos, quién visitaba la casa, qué conversaciones escuchaba. En ese momento pensé que era simple curiosidad.
—Tal vez nunca fue solo eso.
—Mi tío murió cuando yo tenía apenas quince años.
—¿Viste el cuerpo?
La pregunta me dolió mucho.
—No.
—¿Fuiste al entierro?
—No me dejaron verlo. Mi madre dijo que había sido un accidente y que el cuerpo estaba demasiado lastimado.
Alejandro apretó el volante.
—Entonces no sabemos si realmente murió.
—Mi familia sí lo sabe.
—Tu familia te ha mentido desde el principio.
—No todos.
—¿Segura?
—No vuelvas a decirlo.
—No estoy intentando lastimarte.
—Pero lo haces.
—Porque prefieres creer que las mentiras tienen buenas intenciones.
No respondí. Miré por la ventana mientras avanzábamos hacia la antigua casa de mis abuelos. Tenía la boca seca y las manos heladas. Todo lo que creía saber sobre mi familia se estaba desmoronando, y yo no tenía fuerzas para construir algo nuevo.
El teléfono de Alejandro sonó.
—Es Tomás —dijo.
Activó el altavoz.
—¿Dónde están? —preguntó Tomás.
—Vamos hacia la casa de los abuelos de Valentina.
—No vayan.
—¿Por qué?
—Acabo de llegar a la hacienda Montenegro. Está vacía.
—¿Encontraste algo? —pregunté.
—Una habitación cerrada. Había sangre en el piso.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Sangre de mi padre?
—No lo sé.
—Tomás, busca una prueba.
—Ya lo hice. Encontré una cámara.
—¿Una cámara?
—Está conectada a un sistema privado. Alguien estuvo vigilando la hacienda.
—¿Puedes acceder a las grabaciones? —preguntó Alejandro.
—Estoy intentándolo.
—Hazlo rápido.
—Hay algo más.
—¿Qué? —pregunté.
—Encontré un pasaporte falso.
—¿A nombre de quién?
Tomás tardó unos segundos en contestar.
—Esteban Rojas.
Cerré los ojos.
—Mi tío está vivo.
—Eso parece —respondió Tomás—. Pero hay un problema.
—¿Cuál?
—El pasaporte fue emitido hace tres meses.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Y eso qué significa?
—Que Esteban no solo está vivo. Ha estado preparando esto desde hace tiempo.
La llamada se cortó de pronto.
—Tomás —dijo Alejandro—. ¿Me escuchas?
Solo hubo interferencia.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—No lo sé.
—¿Crees que lo encontraron?
—Sí.
—Tenemos que regresar.
—No. Tenemos que seguir.
—¿Cómo puedes decirlo tan tranquilo?
—No estoy tranquilo.
—No parece.
—Porque si me dejo llevar por el miedo, los dos terminaremos cometiendo un error.
—Ya cometí demasiados.
—Todavía puedes elegir bien.
—No sé cómo.
Alejandro redujo la velocidad.
—Entonces empieza por no entregarte a Sebastián.
—Si mi padre está herido…
—Tu padre te pidió que no fueras.
—Tal vez lo obligaron a decirlo.
—Tal vez. Pero si de verdad está en poder de Sebastián, él quiere que reacciones sin pensar.
—Y lo está consiguiendo.
—Por eso necesito que confíes en mí.
Lo miré.
—¿Puedes decirme que nunca trabajaste con Esteban para perjudicar a mi familia?
Alejandro se quedó callado.
El silencio me dolió más que cualquier respuesta.
—Alejandro.
—No trabajé con él para perjudicar a tu familia.
—Eso no fue lo que pregunté.
—Conocí a tu tío.
—¿Cuándo?
—Antes de conocerte.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Él fue quien me recomendó para trabajar con los Montenegro.
—¿Qué más?
—Me pidió que vigilara a tu padre.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Vigilarlo?
—Quería saber si tu padre había descubierto sus negocios.
—¿Tú eras su espía?
—Al principio, sí.
—Dios mío…
—Después entendí lo que estaba haciendo y me alejé.
—¿Cuándo?
—Unos meses antes de que tú y yo comenzáramos a salir.
—¿Y cómo sé que eso es cierto?
—No lo sabes.
—Por fin dices la verdad.
—Nunca quise ocultártelo, pero cada vez que intentaba hablar, tú me decías que no soportabas más problemas con tu familia.
—No uses mis palabras para justificarte.
—No las estoy usando. Te estoy explicando por qué tuve miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que, si te decía la verdad, me miraras exactamente como me estás mirando ahora.
Aparté la vista.
—No sé quién eres.
—Soy el hombre que te ama. También soy el hombre que cometió errores y no supo cómo contártelos.
—Eso no basta.
—Lo sé.
Llegamos a la casa de mis abuelos cuando comenzaba a llover. El portón estaba oxidado y la maleza cubría parte del camino.
—¿Estás segura de que quieres entrar? —preguntó Alejandro.
—No.
—Podemos llamar a alguien.
—¿A quién? ¿A la policía que podría estar comprada? ¿A mi madre, que sabe más de lo que dice? ¿A Sebastián, que amenaza con matar a mi padre?
—Tienes razón.
—Ojalá no la tuviera.
Entramos. La puerta principal estaba abierta.
—Esto no estaba así la última vez que vine —dije.
—¿Cuándo fue?
—Hace tres años. Vine con mi madre a recoger unas cajas.
Alejandro sacó su teléfono.
—Tomás me envió una ubicación. Hay un sótano debajo de la cocina.
—Nunca supe que había un sótano.
—Quizá ese era el punto.
Caminamos hasta la cocina. Aparté una alfombra vieja y descubrí una trampilla de madera.
—¿Tú sabías que existía?
—No.
—Mi abuelo construyó esta casa.
—Entonces debe haber algo importante abajo.
Alejandro levantó la trampilla. Un olor a humedad subió desde la oscuridad.
—Quédate detrás de mí.
—No voy a esconderme.
—No te estoy pidiendo que seas débil.
—Entonces no me trates como si lo fuera.
Bajamos juntos.
Al final de las escaleras encontramos una habitación pequeña. Había cajas, carpetas y una mesa cubierta de polvo. En la pared colgaban fotografías de mi familia.
Me acerqué a una de ellas.
Era una imagen de mi padre junto a Esteban.
Pero no estaban solos.
También aparecía Sebastián, mucho más joven, y un cuarto hombre cuyo rostro había sido tachado.
—¿Qué significa esto? —pregunté.
Alejandro tomó una carpeta.
—Aquí están los documentos.
—¿Los originales?
—Algunos.
Abrí la primera página y reconocí la firma de mi padre. La siguiente tenía la firma de mi tío.
—Mira —dijo Alejandro—. Todas las transferencias comenzaron el mismo año de su supuesta muerte.
—Entonces él fue quien robó el dinero.
—Parece que sí.
—¿Por qué mi padre aceptó la culpa?
—Tal vez para proteger a alguien.
—¿A quién?
Antes de que pudiera seguir leyendo, escuchamos un ruido arriba.
Una puerta se cerró.
Alejandro apagó la linterna del teléfono.
—¿Quién está ahí? —susurré.
Pasos lentos comenzaron a descender por las escaleras.
Alguien se detuvo frente a la entrada del sótano.
—Valentina —dijo una voz.
Se me congeló la sangre.
Conocía esa voz.
—¿Papá?
—No abras —susurró Alejandro.
Pero ya era demasiado tarde.
La puerta se abrió y una figura apareció bajo la luz débil.
Mi padre estaba allí, con el rostro herido y una pistola en la mano.
—Aléjate de Alejandro —ordenó—. Él fue quien entregó tu nombre a los Montenegro.
