Capítulo 6 Capítulo 6.- La verdad de mi padre

—Aléjate de él —repitió mi padre.

La pistola temblaba en su mano. No parecía un hombre peligroso. Parecía un hombre cansado, asustado y demasiado herido para seguir fingiendo que tenía el control.

Alejandro se colocó delante de mí.

—Rafael, baja el arma.

—No me digas lo que tengo que hacer.

—Papá —susurré—, ¿qué estás diciendo?

—Te dije que te alejaras de él.

—¿Alejandro entregó mi nombre a los Montenegro?

—Sí.

—Eso no es verdad —dijo Alejandro.

Mi padre soltó una risa amarga.

—Siempre fuiste bueno mintiendo.

—No le mentí a Valentina.

—Le ocultaste quién eras.

—Y tú también.

—Yo intentaba protegerla.

—¿Protegiéndola de mí o de la verdad?

Mi padre levantó más el arma.

—Cállate.

—Papá, por favor —intervine—. No quiero que dispares.

—No voy a disparar.

—Tienes una pistola apuntándonos.

—No está cargada.

Alejandro no apartó la mirada del arma.

—¿Cómo sabemos que dices la verdad?

—Porque si quisiera matarlos, ya lo habría hecho.

—Eso no me tranquiliza —respondí.

Mi padre cerró los ojos durante un instante.

—Valentina, tienes que escucharme.

—Llevo toda la vida escuchando versiones incompletas de tu verdad.

—No sabía cómo decirte lo que ocurrió.

—Podías comenzar por no hacerme creer que estabas secuestrado.

—No fui yo quien te envió esos mensajes.

—Pero permitiste que creyera que estaba en peligro.

—Porque era cierto.

—¿Quién te golpeó?

—No importa.

—¡Sí importa! ¡Todo importa ahora!

Mi padre bajó ligeramente el arma.

—Sebastián me llevó a la hacienda. Esteban estaba allí.

Sentí un escalofrío.

—¿Mi tío?

—Sí.

—¿Está vivo?

—Está vivo y es el responsable de todo lo que está ocurriendo.

—¿Por qué nunca nos dijiste?

—Porque cuando descubrí que había fingido su muerte, ya era demasiado tarde.

—¿Cuándo lo descubriste?

—Hace seis meses.

Alejandro dio un paso hacia él.

—¿Y por qué me culpas a mí?

Mi padre lo miró con desprecio.

—Porque fuiste tú quien le dijo a Esteban que Valentina investigaba las cuentas.

—Eso es mentira.

—Tengo pruebas.

Sacó un sobre del bolsillo de su camisa y lo lanzó al suelo. El sobre cayó junto a mis pies.

Me agaché para recogerlo.

—No lo abras —dijo Alejandro.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Porque no sabes qué hay dentro.

—Precisamente por eso voy a abrirlo.

—Valentina…

—Ya estoy cansada de que todos intenten decidir qué puedo saber.

Saqué varias hojas. La primera era una copia de un correo electrónico enviado desde una dirección que parecía pertenecer a Alejandro.

Valentina Rojas ha descubierto la existencia de las transferencias. Debes actuar antes de que hable con su padre.

La fecha era de hacía cinco meses.

—¿Esto lo escribiste tú? —pregunté.

Alejandro palideció.

—No.

—La dirección es tuya.

—Es una dirección antigua.

—¿Y cómo la tiene Esteban?

—No lo sé.

—¿También vas a decir que falsificaron esto?

—Sí, porque no fui yo.

—¿Por qué tendría Esteban una dirección que ya no usas?

—Porque trabajé con él.

—Eso ya lo sé.

—No sabes todo.

—Entonces habla.

Alejandro respiró profundamente.

—Cuando renuncié a trabajar para los Montenegro, guardé copias de algunos archivos. Esteban descubrió que los tenía y trató de recuperarlos. Cambié mis contraseñas, cerré esa cuenta y me fui del país durante un tiempo.

—¿A dónde?

—A Colombia.

—Nunca me dijiste eso.

—No estábamos juntos.

—Pero ya me conocías.

—Y ya estaba intentando alejarme de todo lo que tenía que ver con tu familia.

Mi padre apretó la pistola.

—No te hagas la víctima.

—No estoy haciéndome la víctima. Estoy explicando por qué alguien pudo entrar en una cuenta vieja.

—La cuenta no fue utilizada desde Colombia.

—¿Desde dónde?

Mi padre me miró.

—Desde la casa de tu madre.

No pude respirar.

—¿Qué?

—El correo se envió desde el mismo dispositivo que Beatriz utilizaba para comunicarse con los Montenegro.

—Mamá no sabe hacer esas cosas.

—Tu madre sabe más de lo que imaginas.

—¿Ella escribió el mensaje?

—No lo sé.

—Entonces no puedes acusarla.

—Puedo acusar a todos porque todos tuvieron motivos para traicionarte.

—¿Tú también?

Mi padre guardó silencio.

La pregunta pareció dolerle más que cualquier amenaza.

—Yo cometí errores —dijo finalmente—, pero nunca quise entregarte.

—Aceptaste casarme con Sebastián.

—Porque pensé que podía controlar la situación.

—¡No podías!

—Lo sé.

—Me convertiste en una garantía.

—Lo sé.

—Me hiciste creer que mi vida tenía que sacrificarse para salvar la familia.

—Lo sé, Valentina.

Su voz se quebró.

Por primera vez, vi al hombre que había detrás del padre severo, del empresario orgulloso y del hombre que siempre tenía una respuesta. Era mi padre, sí, pero también era alguien que había estado sobreviviendo entre secretos.

—¿Qué pasó con Esteban? —pregunté.

—Después de fingir su muerte, se fue del país. Creó empresas con nombres falsos y comenzó a mover el dinero. Cuando necesitó que alguien cargara con la culpa, utilizó mi firma y la de Alejandro.

—¿Por qué regresar ahora?

—Porque quiere recuperar una carpeta.

Miré los documentos sobre la mesa.

—¿Esta?

—La que contiene los nombres de todos los involucrados.

—¿Quiénes están en esa lista?

—Tu tío, los Montenegro… y varios funcionarios.

—¿Y Alejandro?

Mi padre apretó los labios.

—Su nombre aparece en algunos registros.

Alejandro dio un paso atrás.

—Porque me utilizaron como intermediario.

—¿Recibiste dinero?

—Sí.

El silencio fue insoportable.

—¿Recibiste dinero de ellos? —pregunté.

—Sí, pero no para perjudicarte.

—¿Para qué?

—Para comprar los archivos que podían destruirlos.

—¿Y qué hiciste con ese dinero?

—Lo devolví.

—¿Todo?

—No.

—¿Cuánto te quedaste?

—Lo suficiente para ayudar a mi madre a pagar una deuda.

Me quedé mirando a Alejandro.

—Me dijiste que no sabías nada.

—Sabía que había dinero, pero no sabía que salía de las cuentas que ahora están usando para culparme.

—Eso no cambia que me mentiste.

—Lo sé.

—¿Hay algo más que deba descubrir de ti?

Alejandro bajó la mirada.

—No.

Mi padre soltó una carcajada amarga.

—Todavía no te ha contado lo más importante.

—¿Qué?

—La noche en que murió Esteban, Alejandro estaba con él.

Alejandro cerró los ojos.

—No fue así.

—Entonces dilo.

—Yo llegué después.

—¿Después de qué?

Alejandro me miró.

—Después de que Esteban intentara matar a tu padre.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué?

—Tu padre no murió aquella noche porque yo lo saqué de la casa.

—¿Y Esteban?

—Escapó.

—¿Por qué me dijeron que estaba muerto?

Mi padre bajó el arma por completo.

—Porque yo necesitaba que todos lo creyeran. Si alguien descubría que seguía vivo, habría vuelto por ti.

—¿Y tú lo sabías?

—Sí.

—¿Durante once años?

—Sí.

—¿Todos lo sabían?

—Solo tu madre y yo.

Me llevé las manos al rostro.

—No puedo creerlo.

—Valentina…

—¡No me toques!

Alejandro se detuvo.

—No sé en quién confiar.

—Confía en tus instintos —dijo mi padre.

—Mis instintos me dicen que todos me han utilizado.

En ese momento, escuchamos un ruido sobre nuestras cabezas.

Alguien caminaba dentro de la casa.

Mi padre levantó nuevamente el arma.

—¿Quién más sabía que vendríamos aquí? —preguntó Alejandro.

—Nadie —respondió mi padre.

Una voz llegó desde la parte superior de las escaleras.

—Eso no es cierto, Rafael.

Mi sangre se congeló.

La voz era suave, tranquila y familiar.

—Mamá —susurré.

Beatriz apareció frente a nosotros. Tenía el rostro cubierto de lágrimas y sostenía una pequeña caja metálica.

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