Capítulo 3 Clavel

El roce de la madera crujiente sobre el pasillo apenas rompía la densidad del silencio nocturno. Mía permanecía inmóvil en el centro de la habitación, con los dedos entumecidos sobre el marco del retrato. A la luz tenue de la única lámpara que iluminaba las paredes tapizadas de fotografías, el rostro de la mujer del cuadro parecía devolverle una mirada vacía, casi burlona.

Unos pasos pesados, lentos y metódicos comenzaron a subir la escalera principal. Mía se congeló, sintiendo que la sangre se le agolpaba en las sienes. Intentó dejar la fotografía exactamente sobre la mesa, pero sus manos temblorosas hicieron tropezar una pequeña caja de madera que cayó sobre la alfombra con un golpe sordo.

—¿Mía? —la voz de Victor retumbó desde el pasillo del tercer piso, baja pero cargada de peligro.

Antes de que ella pudiera cruzar el umbral para bajar, la silueta de Victor se recortó contra el marco de la puerta. Llevaba la camisa blanca desabrochada en el cuello y la mirada ensombrecida por el cansancio. Al verla allí de pie, a solo unos pasos de las fotos de Maya, su rostro perdió cualquier vestigio de serenidad. Sus ojos oscuros pasaron de la confusión a la furia contenida que hizo descender la temperatura del cuarto de golpe.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Victor. Su tono no fue un grito, sino un murmullo gélido que caló hasta los huesos de la joven.

—Yo... la puerta estaba abierta —alcanzó a articular Mía, dando un paso atrás hasta chocar con el borde de la mesa—. Subí porque la luz estaba encendida. Victor...

Victor avanzó con lentitud, acortando la distancia entre ambos con la calma implacable de quien acorrala a una presa. Se detuvo a medio metro de ella y dirigió la vista hacia la fotografía que yacía sobre la mesa.

—Te he dicho mil veces que este piso no se toca —sentenció Victor, fijando la mirada en ella—. Tu lugar está en la plata principal.

—¡Tiene mi rostro! —exclamó Mía, sintiendo que el pánico le daba una valentía desesperada—. Mírame, Victor. ¿Quién es esta mujer?

Victor se acercó a paso rápido y la tomó del brazo con firmeza. Su agarre no buscaba romperle la piel, pero era implacable, obligándola a sostenerle la mirada. La sombra de la obsesión cruzaba las pupilas del hombre con una intensidad brutal.

—No te confundas, Mía —dijo Victor con la voz rasposa y distante, soltando las palabras con una crudeza que le atravesó el pecho—. No cometas el error de creer que este lugar te pertenece o que eres especial por estar en esta casa. Entre tú y yo no hay una gran historia de amor. Tú solo eres mi compañera de cama. Nada más.

El impacto de las palabras cayó sobre ella como un bloque de hielo. Mía lo miró, sintiendo que un vacío amargo le devoraba el estómago.

—Si solo soy eso... —murmuró ella, intentando soltarse de su agarre con un tirón torpe—... si solo soy una compañera de cama para llenar su espacio, entonces déjame ir. Déjame marcharme de aquí. Ve a buscarla a ella.

Las palabras "déjame ir" actuaron como un detonante en la mente de Victor. La idea de que ella cruzara esa puerta, de que volviera a escapar como lo hizo Maya en el pasado, quebró el último rasguño de control que le quedaba al hombre. La mandíbula de Victor se tensó tanto que los músculos de su cuello se marcaron como cuerdas a punto de romper.

—¡Tú no te vas a ninguna parte! —rugió Victor, apretando su agarre en el brazo de la joven y acorralándola bruscamente contra la pared de madera—. ¡A ti te rescaté yo! ¡Tu vida, tu ropa, el aire que respiras me pertenecen! ¡No vas a huir de mí!

Mía soltó un ahogado jadeo de dolor al sentir la espalda contra el muro. Intentó empujarle el pecho con las dos manos, pero la fuerza del hombre era incontenible. La mirada de Victor estaba completamente fuera de sí, cegado por la paranoia y el terror irracional a perder de nuevo. La tomó del cuello con una mano, no para asfixiarla, sino para mantenerla inmóvil, mientras con la otra le sujetaba el rostro con brusquedad.

—¡Suéltame! ¡Por favor, Victor, suéltame! —grito Mía, entre lágrimas de impotencia.

—¡Señor Voss! —una voz firme y alterada irrumpió desde el umbral.

Andrew entró a zancadas. Llevaba el semblante pálido y la respiración agitada, producto de haber subido los peldaños corriendo tras escuchar los gritos desde la planta baja. Al ver la escena, el rostro de Andrew perdió todo rastro de calma.

—¡Señor Voss, déjela! —exclamó Andrew, dando un paso al frente y interponiéndose rápidamente entre ambos, poniendo una mano firme pero calculada sobre el hombro de Victor para obligarlo a retroceder.

Victor se giró con los ojos inyectados en sangre, levantando el puño hacia Andrew como si fuera a atacarlo a él también. La furia de Victor era una marea desbordada, una tormenta que amenazaba con destruir todo a su paso.

—¡No te metas, Andrew! —le advirtió Victor, con la voz ronca por el esfuerzo—. ¡Esta es mi casa y ella es mía!

Andrew no retrocedió. Mantuvo la mirada fija en su jefe, manteniendo la voz lo suficientemente baja y pausada para calmar a la fiera, pero con la postura firme dispuesto a recibir el golpe con tal de proteger a la joven que temblaba a sus espaldas.

—Cálmese, señor Voss. Mire dónde está —dijo Andrew, usando un tono neutro pero tajante, señalando con la barbilla las fotografías de las paredes—. Si le hace daño ahora, si pierde el control de esta manera, el doctor Stev no podrá estabilizarla. Ella está débil, señor. Mire cómo está.

Victor parpadeó, agitado. El nombre del médico y la mención de la fragilidad de la joven parecieron traerlo de vuelta a la realidad a la fuerza. Desvió los ojos hacia Mía, que permanecía arrinconada contra la pared, temblando de pies a cabeza, cubriéndose el rostro con las manos mientras intentaba recuperar el aire entre sollozos.

El hombre soltó el aire por la nariz en un bufido largo y pesado. La furia salvaje empezó a replegarse, aunque sus manos seguían temblando ligeramente por el subidón de adrenalina. Victor miró a Andrew, luego a Mía, y finalmente dio dos pasos hacia atrás, ajustándose los puños de la camisa.

—Llévala a su habitación —ordenó Victor a Andrew, con una voz seca y desprovista de cualquier rasgo de emoción—. Y dale doble dosis de la noche. No quiero volver a verla fuera de su cama hasta mañana.

Sin esperar respuesta, Victor se dio la vuelta y salió del cuarto del tercer piso con pasos pesados, dejando tras de sí una estela de humo de tabaco amargo y una tensión insoportable.

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