Capítulo 1 Otra vez

Llevaba cuarenta minutos sentada en el borde de la cama, con el vestido verde puesto y los zapatos en la mano, cuando entendí que Damián no iba a llegar a tiempo. Otra vez.

No me sorprendió. Hacía semanas que nada de eso me sorprendía.

El reloj de la mesita de noche marcaba las ocho y veinte. Mis padres habían reservado para las ocho y media en el restaurante del puerto viejo, el único de San Marcial donde mi padre aceptaba comer pescado sin decir que no era como el de Montsalvo. Habían llegado el martes, con dos maletas y la libreta de tapas floreadas donde mi madre anotaba los pendientes de la boda, y esa cena era la excusa para repasarlos. La razón real era otra: querían ver a Damián. Hacía meses que no coincidían con él más de diez minutos seguidos.

Afuera, la ciudad hacía su ruido de jueves. Bocinas, el tráfico sobre la avenida, alguien que se reía abajo en la calle y se callaba enseguida. Adentro, el silencio del cuarto se estaba volviendo incómodo, como una pregunta que todavía no me animaba a hacer en voz alta.

Me levanté y fui hasta la ventana, descalza, con los zapatos colgando de dos dedos. Las luces de los edificios de enfrente se prendían y se apagaban. Pensé, sin querer, en cuántas mujeres estarían en ese mismo momento mirando una ventana parecida, esperando a un hombre que llegaba tarde por motivos cada vez menos creíbles. Y pensé también, con cierta soberbia, que yo no era una de ellas. La desconfianza era para otras parejas. Para las que no se conocían de verdad. No para dos personas que se habían conocido en la biblioteca de la facultad, peleándose por el último ejemplar de un manual de derecho marítimo, y que ocho años después dirigían juntas la mitad de los negocios del puerto.

Empecé a contar. Era un tic nuevo y no me gustaba, pero lo hacía igual.

La cena con los arquitectos del hotel, cancelada por "un tema urgente" que nunca me explicó. El almuerzo con mi prima Valentina, al que llegó una hora tarde con un ramo de flores comprado en un semáforo, como si eso le devolviera a ella la hora que pasó sola frente a una mesa para dos. La obra de teatro. "Ve tú, yo te alcanzo." No me alcanzó.

Por separado, cada cosa tenía explicación. El contrato del puerto, los abogados, el cierre del trimestre antes de la boda. Damián dirigía el grupo que había fundado su padre, y era lógico que su tiempo no fuera solo mío, ni siquiera a nueve semanas de casarnos. Me lo había repetido tantas veces que ya me sonaba a frase de manual.

Lo que me inquietaba no era ninguna ausencia en particular. Era la pila. Una encima de otra, y yo archivándolas todas en la misma carpeta mental: trabajo, presión, la recta final. Nunca abría esa carpeta. Me daba miedo lo que pudiera encontrar si la ordenaba por fecha.

Revisé el teléfono. De Damián, nada. De mi madre, dos mensajes. El primero decía "¿Vienen?". El segundo, diez minutos después: "Tu padre ya pidió el vino".

Me calcé los zapatos. Si él no subía, iba a bajar yo.

Me acordé, bajando la escalera, de nuestro primer departamento. Un tercer piso sin elevador en el barrio de los estudiantes, con un solo escritorio que compartíamos por turnos. Él trabajaba de noche y yo de día, y nos dejábamos notas pegadas en la pantalla de la computadora. "Compré café." "Llamó tu mamá." "Te quiero, no te olvides de comer." Guardé algunas durante años en una caja de zapatos. No sabía si él se acordaba de esas notas. Yo sí, con una claridad que a veces me molestaba.

Lo encontré en la sala, de pie frente al ventanal, todavía con el saco puesto y el teléfono pegado a la oreja. Estaba de espaldas. No me había oído.

—Entiendo. No tienes que explicarme nada —dijo, en un tono que tardé un segundo en reconocer. No era el de las reuniones. Era más bajo, más lento. Casi tierno—. Yo también hubiera preferido que las cosas fueran distintas.

Me quedé quieta en el último escalón. Sentí frío en las manos, un frío absurdo, antes de entender por qué.

—No, quédate tranquila. Yo me encargo de todo, como siempre. —Una pausa larga. Lo vi apoyar la frente contra el vidrio—. Tú solo tienes que confiar en mí.

Quédate tranquila.

En femenino.

Podría haber sido una clienta, una abogada, la esposa de algún socio. Me dije eso en el lapso de un segundo, con toda la rapidez de alguien que busca una salida. Pero había algo en la manera en que apoyaba la frente contra el ventanal, en la curva de la espalda, que yo conocía. Así se ponía cuando me hablaba a mí por teléfono en los primeros años, cuando yo viajaba a Montsalvo a ver a mis padres y él se quedaba solo en el departamento sin saber qué hacer con las noches.

Hacía mucho que no lo veía hablarme así.

Bajé el último escalón. El tacón sonó contra la madera.

Damián se dio vuelta de golpe, tan rápido que en otra noche me habría dado risa. Esa noche no. Esa noche, con la frase todavía en el aire, el gesto se pareció demasiado al de alguien que esconde algo detrás de la espalda.

—Renata. —Bajó el teléfono sin cortar—. No te oí.

—Ya me di cuenta.

Nos miramos. Él tenía todavía el aparato en la mano, con la pantalla encendida, y por un instante pensé que iba a decirme quién era. Que iba a reírse y a decir "es Lucía, la de contabilidad, llorando por un error en las planillas", y yo me iba a sentir ridícula y aliviada al mismo tiempo.

No dijo nada de eso.

—Ya casi termino —dijo, en cambio, y se llevó otra vez el teléfono a la oreja.

Me quedé ahí, en medio de la sala, con el vestido que él mismo había elegido para esa noche, esperando a que terminara de hablar con alguien que no era yo.

Siguiente capítulo