Capítulo 2 La sonrisa practicada

—Te llamo después —dijo, y cortó sin esperar respuesta.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Todo bien. —Guardó el teléfono en el bolsillo interior del saco con un movimiento demasiado rápido—. Un tema del contrato del puerto. Nada importante. Perdón por la demora, amor. Ya estoy.

Lo miré un segundo más de lo normal. Buscaba algo en su cara y no lo encontré, porque él ya había vuelto a ser él: la sonrisa fácil, la mano que se estiraba para acomodarme un mechón detrás de la oreja, el mismo gesto de siempre. Durante ocho años esa sonrisa me había desarmado. Esa noche solo me pareció bien ensayada.

—Estás hermosa —dijo, dando un paso atrás para mirarme—. Ese verde te queda perfecto.

—Lo elegiste tú.

—Por algo lo elegí. —Me besó la frente—. ¿Vamos? Tus padres deben estar desesperados.

En el auto habló de todo. Del tráfico, de un partido, de lo nerviosa que estaba mi madre con la boda, de un proveedor de vinos que le había recomendado Bruno. Hablaba con una soltura que en otro momento me habría bastado. Yo contestaba lo justo. Sonreía cuando tocaba. Y por dentro repetía, como quien repasa una clave, cada palabra que le había escuchado frente al ventanal.

No había dicho ningún nombre. No le hizo falta. Esa ternura contenida, esa voz baja, yo la conocía porque durante años había sido mía. Del otro lado de esa llamada había una mujer. De eso estaba segura. De lo demás, todavía no.

Y tampoco parecía la primera vez que le hablaba así.

El restaurante del puerto viejo estaba lleno. Mi padre se levantó apenas nos vio entrar, con esa formalidad suya que no se le había ido ni después de cuarenta años de negocios, y le dio la mano a Damián antes de abrazarme a mí. Mi madre me agarró la cara con las dos manos, como cuando era chica.

—Estás flaca —dijo.

—Estoy igual que siempre, mamá.

—Estás flaca y ojerosa. Es la boda. A todas les pasa.

Nos sentamos. Hablamos de flores, de menús, de la lista de invitados que todavía no terminábamos de cerrar porque la madre de Damián seguía agregando nombres. Mi madre sacó su libreta. Damián se mostró encantador, preguntó por la casa de Montsalvo, por el velero de mi padre, por la temporada de pesca, y mi padre le contestó con monosílabos educados. Nunca había sido efusivo con él. Tampoco hostil. Mi padre trataba a Damián como trataba a los socios nuevos: con cortesía y sin apuro por conocerlos más.

A la mitad del plato principal, el teléfono de Damián vibró sobre la mesa. Lo miró, lo dio vuelta boca abajo y siguió comiendo. Dos minutos después volvió a vibrar.

—Perdónenme un segundo —dijo, poniéndose de pie—. Es la gente del puerto. No me dejan en paz.

Lo vi caminar hacia la terraza. Mi madre aprovechó para inclinarse hacia mí.

—Me encontré con Beatriz Aranda en el mercado la semana pasada —dijo, bajando la voz como si fuera un chisme, aunque no tenía nada de chisme—. Te manda muchos saludos. Me preguntó por la boda, por la fecha. Estaba muy cariñosa.

—Qué bueno.

—Nicolás también preguntó por ti. Está enorme. Bueno, siempre fue grandote, pero ahora está hecho un señor. Tiene su propia empresa, ¿sabías? De logística.

—Algo había escuchado.

No era verdad. No había escuchado nada de Nicolás Aranda en años, y me sorprendió lo rápido que se me vino a la cabeza la imagen de un chico de dieciséis años sentado en el muelle, con los pies en el agua y un libro mojado en la mano, discutiendo conmigo sobre si los delfines dormían. Aparté la imagen. No era el momento.

—Maria —dijo mi padre, en ese tono que usaba para cerrar un tema.

—¿Qué? Solo le cuento.

Damián volvió unos minutos más tarde. Desde la mesa lo vi detenerse junto a la puerta de la terraza, mirar la pantalla una última vez y sonreír. Fue una sonrisa corta, de medio lado, de las que se le escapaban cuando algo le hacía gracia de verdad. Después guardó el teléfono, se acomodó el saco y entró con la cara de siempre.

—La gente del puerto no duerme —dijo al sentarse, y mi madre se rió por cortesía.

Yo no me reí. Me quedé pensando en que nadie sonríe así por un problema de permisos portuarios.

La conversación volvió a los arreglos florales. Mi madre me preguntó dos veces si estaba bien. Las dos veces le dije que sí, que solo estaba cansada.

Mi padre no preguntó nada. Me miró un rato largo por encima de la copa, con esa atención suya que siempre parecía ver un poco más de lo que uno mostraba. Cuando nos despedimos en la puerta, me abrazó un segundo más de lo habitual y me dijo al oído, sin que nadie más lo escuchara:

—Lo que necesites, a la hora que sea. Estoy aquí hasta el domingo.

Asentí sin entender. Tardé semanas en entender. Mi padre había pasado la vida negociando con gente que sonreía mientras escondía algo, y esa noche, sin pruebas, sin que nadie le dijera nada, había olido lo mismo que yo.

En el auto, de vuelta, Damián manejó con una mano y con la otra buscó la mía sobre el asiento. Lo hizo sin mirarme, un gesto automático de tantos años, y por un momento me dejé llevar por la costumbre. Faltaban nueve semanas para la boda. Estábamos bien. Una llamada no era nada. Estaba cansada, y la gente cansada imagina cosas.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—En nada. En la boda.

No mentí del todo. Solo me guardé la parte importante.

—Va a salir perfecta. —Me apretó la mano—. Ya vas a ver.

Llegamos a casa pasadas las once. Damián subió directo a ducharse, silbando algo que no reconocí. Yo me quedé en la cocina con un vaso de agua que no quería, mirando su teléfono cargándose sobre la mesada, a medio metro de mi mano.

No lo toqué.

Esa noche no.

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