Capítulo 21 Lo que mi padre toleró

Perspectiva de Damián

Mi padre me llamó al despacho un martes por la tarde, sin aviso. No era algo que hiciera seguido. Don Salvador Valcázar convocaba reuniones formales, con carpetas y café servido por su asistente, o no convocaba nada. Una llamada directa a mi celular diciéndome "pasá por casa antes de que cierren los mercados" significaba que sabía algo que yo no le había contado.

Lo encontré de pie frente a la ventana del despacho, con los brazos cruzados y la vista puesta en el jardín. Tenía puesto el traje del club, sin haberse cambiado todavía. Los viernes jugaba al golf con los Duarte.

Me detuve un segundo en la puerta. Los Duarte.

—Cierra —dijo, sin darse vuelta.

Cerré.

—Siéntate.

Me senté frente a su escritorio, que estaba vacío salvo por una carpeta cerrada que no reconocí. Mi padre tardó en girarse. Cuando lo hizo, tenía esa cara que usaba en las juntas difíciles: perfectamente neutra, perfectamente informada.

—Felipe Duarte me llamó esta mañana —dijo. Sin preámbulo, sin cortesía introductoria. Así hablaba cuando el tema era serio—. Me preguntó si yo sabía que tu y Camila se habían vuelto a ver.

El silencio duró lo que tardé en calcular exactamente cuánto sabía Felipe Duarte, y cuánto le había contado a mi padre.

—No te voy a preguntar si es cierto —continuó mi padre, rodeando el escritorio y sentándose—. Ya sé que lo es. Felipe no llama para preguntar. Llama para avisar.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije que iba a hablar contigo.

Me miró. Era una de esas miradas suyas que parecían radiografías: sin juicio visible en la superficie, pero que te dejaban la sensación de que había visto todo lo que tenías adentro y ya había tomado su decisión sobre ello.

—¿Renata sabe algo?

—No.

—¿Hay riesgo de que se entere?

Pensé en los mensajes. En el hotel de la capital. En los almuerzos que se habían ido alargando.

—Hay riesgo de todo, papá.

Asintió una vez, despacio.

—Entonces escúchame bien, porque te lo voy a decir una sola vez. —Cruzó los dedos sobre el escritorio, con esa calma suya que nunca era indiferencia sino algo más calculado—. Tienes nueve semanas para casarte con Renata. Nueve semanas. Lo que estás haciendo con Camila puedes hacerlo, pero vas a tener que elegir antes de ese plazo. Y si elegís a Camila, elegís también decírselo a Renata tú mismo, con tiempo, antes de que ella lo descubra por su cuenta.

—¿Eso es todo lo que tienes para decirme?

—No. —Una pausa—. Lo que no voy a permitir es que esto explote en la cara de esta familia en medio de una boda. No por Renata, aunque me parece que ella se merece mejor. Sino porque el escándalo de una boda cancelada por infidelidad nos cuesta más de lo que cualquiera de las dos mujeres vale en términos corporativos. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

Lo entendía perfectamente. No me estaba pidiendo que eligiera bien. Me estaba pidiendo que eligiera a tiempo.

—¿Y si no elijo?

—Si no elegís, la situación elige por ti. Y eso siempre sale más caro. —Abrió la carpeta. Dentro había los números del trimestre, como si la conversación ya hubiera terminado—. Felipe me dijo que Camila está de vuelta para quedarse. La empresa familiar necesita respaldo. Ya sabes lo de las deudas del chico.

—Marcos.

—Marcos. —Repitió el nombre con la misma indiferencia con que leía un rubro de pérdidas en un balance—. Felipe no me lo dijo explícitamente, pero lo que quiere es que la familia Duarte quede cerca de los Valcázar. Si Camila y tu terminan juntos, eso le resuelve el problema. Si no, él va a buscar otro arreglo.

Eso me molestó más de lo que esperaba. No porque me importara lo que Felipe Duarte necesitara en un arreglo. Sino porque de pronto Camila, el recuerdo de Camila, empezaba a tener una textura distinta. Una parte de mí la había guardado durante años como algo puro, interrumpido, sin terminar. La historia que se cortó antes de resolverse.

Lo que mi padre acababa de describir sonaba a otra cosa.

—¿Tú crees que ella volvió por mí o por lo que yo represento para su familia?

Mi padre me miró con una expresión que no supe leer del todo. No era lástima. Era algo más parecido al reconocimiento de quien ve a otro cometiendo un error que él mismo cometió alguna vez.

—Eso es lo que tendrías que haber preguntado antes de volver a verla —dijo al fin—. Ahora ya es tarde para que la respuesta cambie algo.

Cerró la carpeta. La conversación había terminado.

Salí del despacho y bajé por la escalera de mármol que había bajado mil veces desde pequeño, con la sensación extraña de que algo se había corrido de lugar. No la culpa. Algo más parecido al suelo que se mueve bajo los pies cuando uno creía que era firme.

Mi padre no me había dicho que lo que estaba haciendo estaba mal. Me había dicho que tenía un plazo. Y la diferencia entre esas dos cosas era, descubrí bajando esos escalones, exactamente la diferencia entre un padre y una conciencia.

Yo tenía al primero. Lo otro lo había tercerizado hace tiempo sin darme cuenta.

En el auto, camino a casa, pensé en Renata esperándome para cenar. En las nueve semanas que me faltaban. En la cara de Camila la última vez que la vi, tan segura de que el tiempo que habíamos perdido era recuperable.

No llamé a ninguna de las dos esa noche.

Me fui directo a la oficina y estuve hasta las once revisando números que ya me sabía de memoria, haciendo exactamente lo que hacía siempre cuando algo se volvía demasiado grande para mirarlo de frente.

Al día siguiente, Renata me preguntó por qué había llegado tarde.

Le dije que había tenido que resolver un tema con los arquitectos del hotel.

Ella dijo "claro" y pasó la página del diario.

Y yo me quedé mirando esa página vuelta, pensando que mi padre me había dicho que eligiera a tiempo, y que lo que yo había hecho en cambio era exactamente lo que él me había advertido que no hiciera: no elegir. Dejar que el tiempo y las circunstancias eligieran por mí.

Ocho semanas para la boda. Las arenas de ningún reloj de arena, todavía.

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