Capítulo 3 La lista de invitados
Doña Costanza me recibió al día siguiente en el salón principal de la mansión Valcázar, con esa sonrisa suya que parecía sincera hasta que uno le miraba los ojos.
—Renata, querida. Puntual como siempre. —Me señaló el sillón frente al suyo. Sobre la mesa baja había tres carpetas gruesas: manteles, menús y la lista de invitados que llevábamos semanas puliendo—. Tu madre me llamó esta mañana. Dice que anoche te vio pálida.
—Estoy bien. Cansada, nada más.
—Las bodas agotan. —Sirvió el té con la misma precisión con que hacía todo, como si hubiera un manual para inclinar la tetera—. Aunque te confieso que siempre pensé que ustedes se ahorrarían la mitad del agotamiento con una ceremonia más acorde a lo que representa esta familia. Pero Damián insistió tanto con lo íntimo que una termina cediendo, ¿no?
No contesté enseguida. En los años que llevaba tratándola había aprendido a separar sus comentarios en dos grupos: los que pedían respuesta y los que solo buscaban ver si una se movía. Ese era del segundo grupo.
—A los dos nos pareció más lindo así —dije—. Algo nuestro.
—Por supuesto, por supuesto. —Pasó el dedo por la lista de nombres con una lentitud que sospeché deliberada—. Igual vamos a tener que hacer ajustes. El salón de la costa, el que tanto te gustó, ya no está disponible para la fecha.
—¿Cómo que no? Lo reservamos hace tres meses.
—Hubo una confusión con una reserva anterior. Mucho más antigua. —Levantó la vista del papel y, por primera vez en toda la mañana, algo verdadero le cruzó la cara, rápido, como un pez bajo el agua—. Al parecer ese salón quedó comprometido hace años para otra boda que nunca se hizo. La de Camila Duarte, si no me equivoco. Nunca cancelaron formalmente. Típico de esa familia, tan desprolija con los detalles.
Lo dijo con toda naturalidad. A mí algo se me heló por dentro sin que supiera explicar qué.
—¿Camila Duarte?
—Una vieja conocida. —Agitó la mano, restándole importancia, aunque lo hizo un poco demasiado rápido—. Estuvo comprometida con Damián hace muchos años, antes de que ustedes se conocieran. No llegaron a casarse. Cosas de chicos.
Como si alguien la hubiera llamado, Damián entró al salón en ese momento, con la camisa del trabajo arremangada, buscando algo en el teléfono. Se detuvo en seco al escuchar el final de la frase. Fue una quietud de un segundo, no más. A mí me pareció larguísima.
—¿De qué hablan? —preguntó, con una ligereza que no le salió bien.
—Del salón de la costa, querido. Le contaba a Renata lo de la reserva vieja de Camila. —Costanza lo miró con una inocencia tan perfecta que tenía que ser fabricada—. Qué casualidad, ¿no? Después de tantos años.
—Qué casualidad —repitió él.
Y no me miró al decirlo. Eso fue lo que me quedó. No la palabra, sino que la dijo mirando la alfombra.
—En fin —siguió Costanza—, buscaremos otro. Es una pena, tenía una vista preciosa. Pero hay opciones igual de lindas.
—¿Y por qué no se hizo? —pregunté. No pude evitarlo—. La boda de Camila.
Hubo un silencio corto. Suficiente para entender que había tocado algo que ninguno de los dos, ni madre ni hijo, pensaba contestar con sinceridad.
—Cosas que pasan —dijo Costanza al fin, con una vaguedad tan estudiada que casi resultaba ofensiva—. No es un tema para tu boda, querida. Concentrémonos en lo nuestro.
Damián se sentó a mi lado y me tomó la mano. El gesto era cariñoso. También era una manera de cerrar la puerta.
—Fue hace una eternidad —dijo, mirándome por fin—. Ni vale la pena hablar de eso. Lo que importa es nuestra boda, no una que no existió.
Asentí. Y mientras asentía, una parte de mí anotaba, con una frialdad que no sabía que tenía, lo que él no había dicho. No me había dicho por qué no se casaron. No me había dicho por qué su madre recordaba, después de tanto tiempo, el nombre del salón y el estado de una reserva ajena. Y, sobre todo, no me había dicho por qué su cuerpo entero se había puesto en guardia al oír ese nombre.
El resto de la mañana pasó entre muestras de manteles de lino y discusiones sobre si el pescado iba antes o después de la carne. Costanza recuperó su tono de anfitriona. Damián opinó sobre todo con un entusiasmo que esa mañana me sonó a esfuerzo. En un momento, mientras ella le mostraba dos tonos de blanco que para mí eran idénticos, él me buscó los ojos y me guiñó, como diciendo "aguanta, ya casi terminamos". Fue un guiño cómplice, de los nuestros. Le devolví la sonrisa por costumbre y me odié un poco por hacerlo.
Antes de irnos, Costanza me acompañó hasta la puerta y me tomó del brazo, como hacía cuando quería que algo sonara a confidencia.
—No te preocupes por el salón, querida. Yo me encargo. —Me palmeó la mano—. Y lo de Camila… bueno. Hay historias que uno da por terminadas demasiado pronto.
Lo dijo con una sonrisa. No supe si me estaba advirtiendo o divirtiéndose.
En el auto, de vuelta, lo intenté una vez más.
—¿De verdad no hay nada más que contar de Camila?
—De verdad. —Ni lo pensó. Encendió la radio—. Mi madre exagera todo, ya la conoces. Le encanta un drama viejo.
—No parecía drama. Parecía que se acordaba muy bien.
—Mi madre se acuerda de la marca de las servilletas de mi bautismo, Renata. —Se rió—. No le busques más.
Esa noche, lavándome los dientes frente al espejo del baño, pensé en la rapidez con que Costanza había dicho el nombre completo de esa mujer. Nombre y apellido, sin buscarlos. Como algo que se guarda en un cajón a mano, por si hace falta.
Y pensé en la rapidez, todavía mayor, con que Damián había querido que dejara de importarme.
Me enjuagué la boca, apagué la luz y me acosté a su lado. Él ya dormía, o hacía que dormía. Me quedé mirando el techo y repitiendo el nombre por dentro, bajito, sin querer.
Camila Duarte.
No sabía nada de ella. Esa misma noche decidí que eso iba a cambiar.
