Capítulo 4 El silencio de Damián

Dejé pasar dos días antes de volver al tema. No porque hubiera dejado de pensar en eso. Al contrario: el nombre de Camila se me había metido en algún rincón de la cabeza y no había forma de sacarlo. Pero quería el momento justo. Sin su madre, sin teléfonos, sin la excusa de que había gente alrededor.

Llegó el domingo, en el desayuno. Estábamos en la terraza, los dos en pijama, con el diario abierto entre las tazas. Mis padres habían vuelto a Montsalvo esa mañana temprano y la casa tenía esa calma de después de las visitas, cuando todo parece más grande.

—Quería preguntarte algo —empecé—. Sobre Camila.

Vi cómo se le tensaban los hombros. Poco. Si no hubiera estado mirándolo, no lo habría notado.

—¿Qué quieres saber?

—No sé. Lo que sea. —Me encogí de hombros como si la pregunta no pesara—. Cómo era. Por qué terminaron.

Dejó la taza sobre el plato con un cuidado excesivo.

—Fue hace mucho, Renata. Ni me acuerdo bien.

—No te creo.

Me salió así, sin pensarlo, y nos sorprendió a los dos. Damián levantó la vista del diario. Algo le cruzó la cara y no supe qué nombre ponerle. No era culpa. Tampoco sorpresa. Si tuviera que elegir una palabra, habría dicho cansancio. El de alguien que lleva años sin mirar una cosa y de pronto tiene que mirarla.

—Está bien —dijo, y cerró el diario—. Camila y yo estuvimos juntos antes de que yo entrara a la facultad. Éramos chicos. Diecisiete, dieciocho años. Una de esas relaciones que a esa edad uno cree que son para siempre. Nos comprometimos, con anillo y todo, porque su padre y el mío jugaban al golf juntos y a todo el mundo le pareció divertido. Y un día ella se fue del país. Sin explicación. No dijo adónde ni por qué. Estaba, y al día siguiente no.

—¿Nunca supiste por qué?

—Nunca. —Y ahí sí la voz se le quebró un poco, apenas—. Durante mucho tiempo eso me dolió más que la partida. No saber. No tener una razón para odiarla o para entenderla.

Me desarmó un poco esa sinceridad. Pero la parte de mí que llevaba días tomando notas se dio cuenta de que me había contado el final de la historia y no el principio. Cuánto había durado. Qué había sido para él. Cuánto de él seguía atado a esa pregunta sin respuesta.

—¿Por qué nunca me lo contaste?

—Porque no había nada que contar. —Estiró la mano sobre la mesa y tomó la mía—. Es pasado. Tú eres lo que tengo ahora. No tiene sentido revolver algo que no importa.

Quise creerle. Le sonreí, dejamos el tema, y el resto de la mañana fue un domingo como cualquier otro: más café, el suplemento de economía, planes vagos que no íbamos a cumplir.

A la tarde salí a caminar sola, para despejarme. Iba por la avenida de los tilos cuando me crucé con Marisol, una compañera de la facultad con la que todavía hablaba de vez en cuando.

—¡Renata! Justo estaba pensando en ti. —Me abrazó con la efusividad de siempre—. ¿Sabes que conseguí trabajo en la galería de la plaza? Por fin algo que no sea contar facturas.

—Qué bueno, Mari. Te lo merecías.

—Y ya que estamos, ¿te enteraste? —Bajó la voz, aunque no había nadie cerca—. Camila Duarte volvió. La vi el jueves en una inauguración, divina como siempre. Me contó que se queda, que viene a hacerse cargo de la sucursal de la empresa de su familia.

Sonreí. O algo parecido.

—Qué bien para ella.

—Sí, aunque qué raro que vuelva justo ahora, ¿no? —Marisol no tenía mala intención. Nunca la tenía. Solo hablaba sin medir—. Alguien me dijo que ella y Damián tuvieron algo hace años. ¿Es cierto? Justo cuando ustedes se están por casar. Qué casualidad.

No supe qué contestarle. Me despedí con cualquier excusa y seguí caminando con una sola idea instalándose, fría, en la cabeza: Camila no solo había vuelto a la ciudad. Había vuelto ahora.

Caminé casi una hora sin rumbo. Repasé la conversación del desayuno. "Ni me acuerdo bien." Y sin embargo me había contado cada detalle con una precisión perfecta: el compromiso, la partida, las semanas de no saber. No sonaba a alguien que no se acordaba. Sonaba a alguien que llevaba años repasando esa historia solo, a oscuras, sin que nadie lo supiera.

Volví cuando empezaba a oscurecer. Había decidido no decir nada esa noche, guardarme lo de Marisol y pensarlo con calma.

Lo encontré en la sala, mirando un partido con el volumen bajo, descalzo, con una cerveza sobre la mesa. Relajado.

—¿Cómo estuvo la caminata? —preguntó sin despegar los ojos de la pantalla.

—Bien. Me crucé con Marisol.

Algo cambió en su postura. El mismo tipo de tensión que le había visto con su madre.

—¿Y qué tal está?

—Bien. Consiguió trabajo en una galería. —Hice una pausa. No la había planeado, pero la hice—. También me contó que vio a Camila el jueves. Que volvió a la ciudad.

El silencio duró dos segundos. Los conté. Vi a Damián procesar la información, calcular una respuesta, elegir un tono, todo en ese ratito en el que cualquier persona que no lo conociera como yo no habría notado nada.

—No tenía idea —dijo—. Pero es una ciudad grande. No cambia nada para nosotros.

Subió el volumen del partido. No mucho. Lo suficiente.

Me quedé parada un momento junto al sillón. En la pantalla, alguien metió un gol y el estadio entero se levantó. Damián no festejó. Tenía la mandíbula apretada y la vista fija en un punto que no era el partido.

Me fui a la cocina a preparar algo de cenar y me quedé un rato largo mirando cómo hervía el agua. Pensaba en esos dos segundos. En lo bien que los había usado.

Esa noche, antes de dormir, me di cuenta de que ya no le creía por costumbre. Ahora tenía que decidir, cada vez, si le creía o no. Y eso, entendí, era mucho más cansado.

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