Capítulo 8 Lo que no cuadra

No me moví. Me quedé de espaldas, con los ojos cerrados y la respiración lenta, haciendo de dormida mientras ese olor me llenaba la nariz.

No era el olor de alguien con quien uno comparte un ascensor. Ese se va con el aire del auto. Este estaba en el cuello de su camisa, en el pelo. Era el olor que queda después de un abrazo largo. De una cercanía que no correspondía a ninguna reunión con seis personas en una sala.

Damián se durmió enseguida. Yo no. Me quedé escuchándolo respirar, con una sola pregunta dando vueltas: ¿por qué mi cuerpo ya sabía la respuesta y mi cabeza seguía pidiendo pruebas?

Me dormí en algún momento, no sé cuándo.

A la mañana siguiente, mientras él se duchaba, agarré su saco del respaldo de la silla donde lo había tirado la noche anterior. No lo decidí. Las manos lo hicieron antes que yo. Nunca le había revisado nada. En ocho años jamás le había abierto un cajón, ni leído un mensaje, ni mirado el historial de su computadora. Eso era parte de lo que éramos, o de lo que yo creía que éramos: dos personas que no necesitaban vigilarse.

Mientras metía la mano en el primer bolsillo sentí vergüenza. No culpa. Vergüenza, que es peor, porque la culpa viene de haber hecho algo y la vergüenza de haber llegado a necesitar hacerlo.

En los bolsillos de afuera no había nada, salvo las llaves de la oficina y una pastilla de menta. En el interior, doblado en cuatro, había un ticket.

Lo abrí. Un restaurante que no conocía, La Ribera, en el paseo de la costa. Fecha de la noche anterior. Hora de cierre de la cuenta: veintiuno y treinta y ocho.

Dos copas de vino blanco. Dos principales. Un postre. Uno. Para compartir.

Me senté en la cama con el papel en la mano.

Hasta ese momento todo habían sido sospechas. Gestos, tonos de voz, un olor. Cosas que, si me esforzaba, podía explicar: estás cansada, estás nerviosa por la boda, Costanza te llenó la cabeza. Esto no. Esto era un papel, con tinta, con una fecha y una hora que no admitían ninguna lectura generosa. A las nueve y media de la noche, mientras yo le mandaba "¿Cómo va?", él estaba compartiendo un postre en el paseo de la costa.

Seis personas. Un postre.

Escuché que cerraba la ducha. Doblé el ticket otra vez en cuatro, siguiendo las marcas, y lo guardé en el bolsillo de mi bata. Dejé el saco exactamente como estaba, con la manga izquierda colgando hacia el piso, y alisé una arruga que no sé si yo había hecho. Salí del cuarto antes de que abriera la puerta del baño.

En el pasillo me temblaban las manos. No de miedo. De algo más raro: la sensación de haber hecho algo sucio para enterarme de la verdad sobre mi propia vida.

Bajé a preparar el desayuno. Café, tostadas, la mermelada de naranja que le gustaba a él y que yo compraba aunque a mí me parecía amarga. Pensé en eso mientras untaba la tostada. En cuántas cosas hacía por él sin preguntarme si me gustaban.

Mientras el café subía, me di cuenta de que estaba repasando mentalmente la cara que iba a poner. Ensayándola. Como antes de una reunión difícil. Nunca había tenido que ensayar una cara para desayunar con él.

Bajó al rato, con el pelo mojado y la corbata colgada al cuello sin anudar. Me besó la sien.

—Buen día.

—Buen día. ¿Cómo estuvo anoche?

—Larga. —Se sirvió café—. Pero productiva. Creo que vamos a cerrar los permisos antes de lo previsto.

—Qué bien. ¿Terminaron muy tarde?

—Tardísimo. Pedimos unas pizzas a la oficina a eso de las diez y seguimos hasta pasada la medianoche. El de logística no se callaba nunca.

Me habló después de un partido que había visto "de reojo, en la sala de reuniones, entre una cosa y otra", del clima, de un correo de su hermano. No mencionó ningún restaurante. Ningún paseo de la costa. Ningún postre.

Y lo dijo todo con una fluidez perfecta. Si yo no hubiera tenido ese papel en el bolsillo, a diez centímetros de su mano, le habría creído cada palabra. Eso fue lo que más me asustó. No que mintiera. Que mintiera tan bien.

¿Desde cuándo sabía mentirme así? ¿Cuánto había que practicar para que no te temblara ni una sílaba?

Lo miré leer las noticias en el teléfono, tranquilo, mordiendo la tostada. Un hombre sin nada que esconder. Se rió de algo que leyó y me lo mostró; un gato que se había quedado atrapado en un buzón. Me reí también. Me salió natural. Eso también me asustó.

Cuando se fue a la oficina, subí a mi estudio, abrí el cajón de mi escritorio que cerraba con llave, el que usaba para los contratos originales y los planos de las obras, y guardé el ticket ahí, entre dos escrituras.

Antes de cerrarlo busqué el restaurante en la computadora. No sé qué esperaba encontrar. Quizás un lugar ruidoso, con televisores y mesas largas, de esos donde van los equipos de trabajo a comer rápido. La Ribera no era eso. Eran doce mesas en una terraza sobre el agua, velas, manteles blancos. En la página decía, en letras cursivas: "Para las noches que merecen recordarse". Las reseñas hablaban de aniversarios, de pedidas de mano, de "el lugar perfecto para una cita".

Cerré la computadora con un poco más de fuerza de la necesaria.

Me quedé un momento con la mano apoyada en el cajón cerrado.

No iba a hacer nada precipitado. No iba a gritar, ni a llorar, ni a tirarle el papel en la cara en medio de la cocina. Eso habría sido lo fácil, y lo fácil siempre le daba a él la ventaja, porque Damián sabía hacerse la víctima de una escena mejor que nadie.

Pero tampoco iba a dejar pasar una sola señal más sin mirarla hasta el fondo.

Por primera vez desde que había empezado todo esto, no me sentía confundida. Me sentía despierta.

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