Capítulo 1 La chica del café helado

FRANCHESKA

Corro por el pasillo del piso cuarenta del Maison D'Angelo sintiendo que las suelas de mis zapatos viejos van a ceder en cualquier momento. El suelo de mármol de este lugar brilla tanto cuando le dan los primeros rayos del sol que casi puedo ver el reflejo de mi pánico.

​Llevo tres semanas trabajando como la asistente de prueba del hombre más arrogante, intratable y absurdamente atractivo de todo Milán, y hoy es el día del desfile anual de primavera.

Odio los desfiles de modas y sobre todo odio las mujeres anoréxicas que presumen ser talla 4 en sus vestidos.

¿Talla4?, yo soy talla 8, me considero delgada, pero para ellas soy una obesa que no vale nada.

​Sostengo la bandeja con dos cafés de la cafetería más carísima de la ciudad y una bolsa de croissants hechos a mano. Todo esto costó la mitad de mi salario semanal, pero si no está perfecto en la mesa de mi jefe en tres minutos, mi periodo de prueba terminará antes de que pueda pagar el alquiler de mis padres.

​De repente, una figura altísima y flaca se cruza en mi camino sin mirar.

​—¡Cuidado! —alcanzo a gritar.

​Demasiado tarde.

​Choco de lleno contra Chloé, la supermodelo estrella de la campaña con su vestido de seda blanca —un prototipo exclusivo de doscientos mil euros— y que absorbe el café helado con una velocidad espeluznante.

Dios mío ahora no solo me van a despedir, sino que también me van a demandar para que pague ese pedazo de tela.

«ni vendiendo todos mis órganos podré pagar eso »

​Un silencio sepulcral cae sobre el pasillo. Las maquilladoras, los estilistas y el resto de las modelos se congelan.

​—¡Mi vestido! —chilla Chloé con un grito agudo y chillón —. ¡Esta muerta de hambre acaba de arruinar el diseño principal de la colección! ¡Mira lo que me hiciste, estúpida!

​—Yo... lo siento tanto, no te vi doblar en la esquina, yo... —intento disculparme mientras busco servilletas desesperadamente.

«Como si las servilletas sirvieran de algo»

​—¡No me toques con tus manos sucias! —me empuja con fuerza, haciéndome tropezar y caer de rodillas contra el suelo de mármol haciendo que el resto de las servilletas y la bolsa de croissants terminen desparramados.

​Siento el nudo de la humillación apretándome la garganta. No soy millonaria. No tengo ropa de diseñador ni un apellido de alcurnia.

- tampoco eres bonita - me grita mi subconsciente

Solo soy Francheska Russo, la chica del barrio humilde que necesita este trabajo para sostener a su familia.

​—¿Qué es todo este escándalo? —interrumpe una voz grave, profunda y helada que hace que a todos se nos erice la piel.

​Los pasos de los zapatos de cuero italiano resonando contra el suelo anuncian su llegada.

​Dante D'Angelo.

​Aparece con las manos en los bolsillos de su pantalón perfectamente cortado a su medida. La camisa negra ajustada resalta su porte imponente, y su rostro parece esculpido por los dioses más egocéntricos de la historia. Lleva una ligera sonrisa inclinada en los labios, esa que usa cuando la desgracia ajena le parece su entretenimiento de la mañana.

​—Señor D'Angelo... —Chloé cambia el tono al instante, poniendo voz de víctima mimada —. Esta incompetente me cayó encima. ¡Arruinó el vestido! Exijo que la despida ahora mismo y que la obligue a pagarlo. ¡Es una sirvienta inútil!

​Mi jefe baja la mirada hacia mí mientras yo sigo en el suelo, aguantándome las ganas de llorar, limpiando el desastre con las manos temblorosas.

​Sus ojos oscuros me observan con una mezcla de diversión y sarcasmo.

​—Vaya, vaya... —dice él, dando un paso hacia mí—. Pero si es la señorita... Rusa.

​—Russo, señor D'Angelo —corrijo entre dientes, apretando los puños.

​—Como sea. Es un apellido con demasiadas letras para recordar a las ocho de la mañana —responde con total indiferencia, ajustándose los puños de la camisa. Luego gira la cabeza hacia Chloé y borra su sonrisa por completo.

​—Dante, ¿vas a despedirla? —insiste la modelo, sonriendo con suficiencia.

​El arquea una ceja y la mira de arriba abajo con una lentitud desesperante.

​—A ver si entiendo —empieza él, cruzándose de brazos—. Mi asistente tropezó porque venía corriendo a cumplir una orden mía. Tú venías mirando la pantalla de tu teléfono mientras caminabas.

​—¡Pero arruinó el vestido! —protesta ella.

​—El vestido se puede lavar o rehacer en el taller en dos horas —dice Dante en un tono molesto —. Lo que no se puede arreglar es tu falta de visión. Mi asistente comete errores porque su cerebro es común y el estrés la supera; en cambio, a ti te pagamos dos millones de euros para que camines en línea recta y luzcas bonita. Si no puedes hacer algo tan simple como esquivar a una persona, me estoy replanteando si tu rostro debería ser la imagen de mi marca.

​A Chloé se le descompone la cara y oa boca se le queda abierta al igual que todos los demás.

No entiendo por qué les sorprende, mi jefe siempre trata a todo el mundo de la misma forma.

​—¿Me... me estás amenazando por culpa de esta sirvienta? —balbucea horrorizada el espagueti con vestido.

​—Te estoy educando, que es distinto —sonríe Dante con un cinismo brillante—. Si le vuelves a alzar la voz o a empujar a mi personal, cancelo tu contrato en este instante y pongo a tu rival en la portada. Ahora fuera de mi vista antes de que me arrepienta de ser tan amable.

​Chloé da un pisotón con sus tacones y sale corriendo hecha un mar de lágrimas, seguida por sus maquilladoras.

​El pasillo queda en completo silencio. Dante suspira, se agacha un poco hacia mí y me tiende la mano. Por un segundo, un segundo absurdo e ingenuo en el que creo que va a ser un caballero y me va a ayudar a levantarme.

​Pongo mi mano sobre la suya... y él solo usa el impulso para quitarme la bolsa con el único croissant que sobrevivió a la caída.

​—Oye... —protesto sorprendida.

​Dante le da un mordisco al croissant con elegancia, saboreándolo sin remordimiento alguno mientras yo me tengo que levantar sola del suelo.

​—Nada mal la panadería, Franches —dice con la boca medio llena, mirándome con una sonrisita burlona—. Ahora, agradece que te salvé de ser pisoteada por una supermodelo y ve a mi oficina. Tienes dos minutos para traerme un café caliente antes de que decida despedirte yo mismo por usar mi pasillo como pista de patinaje.

​—Usted es un descarado, Señor D'Angelo —murmuro furiosa, sacudiéndome la falda.

​Él suelta una risita baja, egocéntrica y condenadamente encantadora.

​—Soy el dueño del lugar, Señorita Rusa. Eso me da derecho a ser todo lo descarado que quiera. Muévete, el reloj corre.

Sale para su oficina mientras termina de llenarse la boca con el pan, con el que espero que termine ahogandolos para que deje de ser tan arrogante, descarado y poco caballeroso.

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