Capítulo 2 Jaula de Cristal

FRANCHESKA

Sigo a mi jefe con la sangre hirviéndome. Si las miradas mataran, el altísimo y perfecto Señor D'Angelo ya habría caído fulminado en medio del pasillo de mármol.

Sería un sueño hecho realidad, no solo para mí sino para todos los demás.

​Avanza con pasos largos y decididos, ignorando los saludos temblorosos de los ejecutivos que se cruzan en su camino.

Son una manada de gallinas.

En Maison D'Angelo, la gente no camina: orbita alrededor de él. Es el centro de un universo ridículo de trajes de miles de euros y sonrisas falsas.

​Entramos a su oficina, una catedral de cristal y acero en el último piso con vistas deslumbrantes a todo Milán. El perfil urbano de la ciudad se extiende tras el enorme ventanal, pero el único paisaje que capta mi atención es el hombre que se acomoda detrás de su imponente escritorio de madera negra.

Es como ver un demonio, frío en su trono rodeado de llamas y de árboles negros mientras un cuervo negro se le posa en el hombro.

Trato de quitar esa imagen de mi cabeza, aunque no es para nada fácil, a veces tengo pesadillas donde es el Dios del inframundo y rie mientras arrastra mi alma a su oscuridad.

Niego decidiendo si debo buscar ayuda psicológica o no.

​Mi jefe tira el envoltorio del croissant a la papelera con la precisión de un jugador profesional, se pasa una mano por el cabello oscuro y me clava esos ojos oscuros que parecen leer hasta el último de mis pensamientos pecaminosos.

​—Te quedan un minuto y cuarenta segundos, Señorita Rusa —dice, apoyando los codos sobre el escritorio y entrelazando los dedos—. Y considerando que el croissant estuvo pasable, voy a tener la piedad de no deducir la seda de Chloé de tu miserable salario.

​Aprieto los puños a los lados de mi falda, queriendo salir corriendo sin volver a mirar atrás.

​—Ese "miserable salario" es lo que alimenta a mi familia, Señor D'Angelo. Y Chloé me empujó — me quejo llena de frustración.

Arquea una ceja, disfrutando visiblemente de mi indignación. Le encanta empujarme al límite. Le fascina ver cómo me muerdo la lengua para no mandarlo al diablo, y yo no entiendo porque sigo dejando que lo logre.

Respira profundo Francheska - me repito mientras le ordeno a mi cerebro no decir lo que estoy pensando.

​—Me importa un bledo de quién fue la culpa, Franches —responde con un tono burlón —. En este edificio, el tiempo es dinero. Mi dinero — se señala a si mismo — Y tú acabas de tirarlo al vestido de una modelo.

​—Se dice Francesca. O Russo. No "Franches", ni "Rusa" —lo corrijo por milésima vez, dando un paso al frente.

​El infeliz sonríe peligrosamente mientras se levanta del sillón de cuero y camina alrededor del escritorio hasta quedar a escasos centímetros de mí. Su perfume es una mezcla embriagadora de madera de cedro y cuero caro, el hombre es ridículamente alto y odio tener que inclinar la cabeza hacia atrás solo para sostenerle la mirada.

​—Aprenderé a pronunciar tu nombre el día que dejes de actuar como un terremoto torpe en mi piso —murmura, bajando la voz —. Hasta entonces, te llamarás como a mí se me dé la gana.

​Trago saliva, negándome a dar un paso atrás. No voy a mostrarme débil, no soy una cobarde.

- si lo eres, mi subconsciente traicionero me habla

​—Su café caliente, Señor D'Angelo. Iré por él.

​Me doy la vuelta para salir, pero su voz me detiene en seco antes de llegar a la puerta.

​—Ah, una cosa más, Rusia, me giro sobre mis talones, enarcando una ceja.

—Esta noche hay una cena benéfica en el Palazzo Parigi. Mis padres estarán allí y la prensa no dejará de tomarme fotos, no los culpo, es por lo guapo que soy.

​—Entendido. Le tendré listo el traje que eligió el departamento de imagen — respondo aún con la ceja levantada por su comentario ególatra.

​—No me escuchaste —interrumpe, tomándose un segundo para recorrer mi cuerpo con la mirada, desde mis zapatos desgastados hasta el moño deshecho de mi cabello—. No quiero que solo prepares el traje. Vas a acompañarme.

​El corazón me da un vuelco violento contra las costillas, mi pecho retumba y mis ganas de matarlo aumentan en solo milésimas de segundos.

​—¿Qué? No... yo soy su asistente de oficina. Mi contrato no incluye ser su acompañante en eventos de la alta sociedad. Además, no tengo qué ponerme para un lugar así.

​Dante suelta una risita cínica, regresa a su sillón y abre una carpeta con total indiferencia, dándome el tema por cerrado.

— Además, las modelos son las que siempre van a esos eventos...

— Hoy no quiero escuchar nada sobre manicura, joyas o cosas triviales que me dan dolor de cabeza, y ya me tienen arto con su coquetería y las ganas de tenerme.

— Pero no quiero salir en las revistas de modas — me niego.

Me siento aterrada y lo peor es que estoy segura de que lo sabe y claro que lo disfruta.

​—Considera que es tu castigo por arruinar mi desayuno. Te quiero lista a las ocho. Un chofer pasará por ti a tu barrio... espero que no intenten robarle las llantas al auto — me mira como si esperara mi respuesta.

​—¡Señor D'Angelo! —exclamo indignada — no es como si yo fuera la jefa de alguna banda delictiva.

​—Dos minutos, Francia. El café se enfría y mi paciencia también.

— Es Francheska — respondo mientras camino de nuevo hacia la puerta.

​Salgo de la oficina dando un portazo furioso, escuchando su risa baja resonar a mis espaldas. Ese hombre es un monstruo egocéntrico, insoportable y dominante. Pero mientras camino hacia la máquina de café con las manos temblándome de la rabia, una pregunta aterradora me martilla la cabeza: ¿por qué el hombre más poderoso de Milán quiere llevar a una chica de barrio a una cena llena de buitres de la alta sociedad?

No tengo que pensarlo demasiado, el infeliz me quiere humillar, sabe muy bien que para el mundo de la moda soy una obesa sin gracia, el calor en mi rostro debe de tenerme como tomate, las revistas de moda me van a masticar viva.

- desgraciado - mascullo llena de ira mientras camino a pasos grande en busca de su maldito café.

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