Capítulo 3 Circo mediático
FRANCHESKA
Miro con molestia el Lamborghini en la esquina de mi calle, justo entre el puesto de verduras de Don Mateo y los muros con grafiti del barrio. Mi madre casi suelta el tazón de pasta caliente cuando ve salir al chofer de traje oscuro a abrirme la puerta, y mi padre se queda parado en el balcón con los brazos cruzados, frunciendo el ceño.
—Ten mucho cuidado mi niña —me susurra mi madre.
Asiento llevando las manos al vestido que me enviaron a casa hace dos horas, una pieza de seda azul, corte sirena, tan ajustado que apenas me deja respirar con normalidad.
«Una obesa disfrazada de cenicienta», me ataca de nuevo mi subconsciente.
Después de un rato el auto se detiene frente a la imponente entrada del Palazzo Parigi, las luces de los reflectores y los destellos cegadores de los flases atraviesan los cristales mientras yo maldigo no haber encontrado trabajo en otro lugar.
Te odio Dante D'angelo - mascullo esperando que el me escuche; pero me arrepiento al segundo que la puerta del vehículo se abre y la mano de susodicho aparece frente a mí.
— Tu tampoco es que me agrades mucho Rusilda.
Lleva un esmoquin negro impecable, hecho a medida, y una cara de imbécil que me enerva.
—Baja de una vez, Rusia —murmura —. A menos que prefieras que te cargue.
—Puedo caminar sola, gracias —susurro entre dientes.
En cuanto mis pies pisan la alfombra roja, el rugido de la multitud y los gritos de los fotógrafos se duplican de forma ensordecedora.
—¡Dante! ¡Señor D'Angelo! ¡A la izquierda, por favor! —gritan varios reporteros al unísono.
Lo que sucede a continuación es un espectáculo de narcisismo descarado que me deja con la boca abierta. Dante no solo camina; posee la alfombra. Ofrece su mejor perfil a las cámaras, inclinando ligeramente la mandíbula con un dominio de la escena tan exagerado que roza lo absurdo.
Le fascina. Le encanta ver qué es el centro del universo. Presume de su belleza con una naturalidad que me sorprende y asquea al mismo tiempo.
Esto es totalmente ridículo - pienso para mis adentros.
—No te quedes atrás, Franya —me murmura al oído, rodeando mi cintura con su mano derecha—. Sonríe a las cámaras. Si vas a estar a mi lado, intenta no parecer un ciervo asustado a punto de ser arrollado por un camión de basura.
—Me llamo Francheska —susurro apretando los dientes.
—Detalles insignificantes —responde sin perder la pose estilizada frente a un lente gigante.
De pronto, un murmullo recorre la entrada. Dos vehículos de lujo se detienen detrás del nuestro. De uno de ellos desciende Mateo Valenti, el heredero de la principal firma rival de Maison D'Angelo, acompañado por dos modelos de talla internacional vestidas con lentejuelas. La atención de un grupo grande de reporteros se desvía de inmediato hacia la nueva llegada, inclinando las cámaras hacia la izquierda para capturar la entrada del competidor.
Siento cómo la postura de Dante se vuelve rígida en una milésima de segundo.
Gira la cabeza apenas unos grados, observando con absoluta indignación y rabia cómo tres fotógrafos abandonan la línea frontal para ir a tomarle fotos a Valenti.
—Incompetentes de mierda —gruñe Dante con una voz peligrosa, apretando el agarre en mi cintura hasta casi sacarme el aire—. ¿A quién demonios le importa la cara de simio de Valenti cuando estoy pisando este lugar? El periodismo de moda en este país ha caído en la completa decadencia mental. Deberían quitarles las licencias a todos.
—Son fotógrafos, Señor D'Angelo. Es su trabajo tomarle fotos a todos los invitados —le digo en voz baja.
Dante me clava sus ojos cargados de un ego herido que resulta ridículamente cómico.
—Mi presencia aquí es un favor que le hago a la humanidad y a la arquitectura de este edificio, Francheska. Ese mediocre con traje alquilado no debería tener derecho a respirar el mismo aire que yo, y mucho menos robarme un solo segundo de luz.
—Al menos dijo mi nombre bien por primera vez —murmuro sorprendida.
—Fue un accidente. No te acostumbres, Francis.
Antes de que podamos avanzar, un reportero con micrófono en mano logra romper el cordón de seguridad y se abalanza hacia nosotros, seguido por su camarógrafo.
—¡Señor D'Angelo! ¡Una pregunta para Vogue Italia! —exclama el periodista emocionado—. Vemos que ha venido acompañado esta noche. ¿Se trata de la nueva musa de la próxima colección de Maison D'Angelo o tenemos aquí a la afortunada mujer que ha conquistado el corazón del soltero más codiciado de Europa?
Me quedo helada. La sangre se me congela en las venas mientras el lente de la cámara apunta directamente a mi rostro. Las revistas me van a destrozar.
Dante, lejos de ponerse nervioso, dibuja esa sonrisa cínica y dominante que utiliza para manipular a la prensa a su antojo. Nos acomoda sutilmente frente al objetivo, asegurándose de que su perfil siga recibiendo la mejor iluminación.
—Por favor, seamos serios —responde Dante en un tono pausado—. Mi corazón no está en venta ni al alcance de nadie en esta vida. En cuanto a la señorita... ella es mi asistente personal. La señorita Frankie Rossini.
Aprieto los dientes con tanta fuerza que siento que me van a crujir.
—Russo —lo corrijo frente al micrófono, intentando mantener la compostura—. Francheska Russo.
Dante me mira de reojo, mientras yo quisiera ser invisible.
—Como verán, tiene un carácter algo difícil y un apellido tan común que me rehúso a memorizar —continúa Dante dirigiéndose al reportero con total descaro—. La he traído conmigo para asegurarme de que mi agenda esté en orden y para que aprenda cómo se ve la perfección de cerca. Ahora, si nos disculpan, la prensa ya ha tenido suficiente de mi belleza por una sola noche.
Sin darle espacio al reportero para otra pregunta, Dante me guía con mano firme hacia el interior.
En cuanto nos alejamos de la multitud y quedamos a un lado de la gran escalera de mármol, me suelto violentamente de su agarre.
—¡Es usted un monstruo egocéntrico y un descarado! —le espeto en un susurro furioso, cuidando que nadie alrededor nos escuche—. ¡Frankie Rossini! ¿En serio? ¡Se burló de mi nombre frente a la prensa nacional!
Dante se ajusta los gemelos de oro de su camisa, mirándome desde su abrumadora altura con una diversión desbordante.
—Agradéceme que no te presenté como la chica que arruinó un prototipo exclusivo esta mañana, Señorita Rusa —dice, acercando su rostro al mío—. Y aprende algo: a la prensa hay que darle un espectáculo. Ahora camina erguida y trata de no romper nada. Mis padres están en la mesa principal y no me apetecen sus sermones antes de la cena.
Antes de que pueda responderle, una voz femenina suena a nuestras espaldas.
—Dante, querido... por fin llegas.
Nos giramos y una mujer mayor vestida con un diseño exclusivo en tonos plata me deja con la boca abierta.
Los padres de Dante D'Angelo han llegado. Y la mirada con la que su madre me observa de arriba abajo, deteniéndose en mis caderas y en mi peinado, me deja en claro que la verdadera pesadilla acaba de comenzar.
