Capítulo 4 Padres

FRANCHESKA

La mujer avanza hacia nosotros con una gracia que parece sacada de un anuncio de joyas. A su lado, un hombre alto, de cabello canoso y expresión imperturbable, camina con la espalda recta de quien está acostumbrado a mandar y ser obedecido sin cuestionamientos.

Stefano y Gianna D'Angelo. Los creadores del espécimen raro y extraño para el cual trabajo.

​Siento que el vestido de seda azul se me pega a la espalda por una repentina gota de sudor frío. Me congelo en mi sitio,mientras siento cómo el pánico me aprieta la garganta.

​«Sálvame de esta, Diosito, o haz que el suelo se abra y me trague», le ruego a cualquier deidad que me quiera escuchar.

​—Mamá, Papá —dice Dante, cambiando de postura al instante —. Qué sorpresa. Creí que su vuelo de París llegaba mañana.

​—Adelantamos el regreso para no perdernos la cena benéfica, querido —responde la mujer, regalándole a su hijo una sonrisa suave que no alcanza a iluminarle los ojos. Luego, su mirada se desvía lentamente hacia mí—. Aunque veo que tú también hiciste cambios de último momento en tu agenda.

​Sus ojos claros me recorren de pies a cabeza con la precisión de un escáner industrial. Se detienen en mis caderas, en el corte del vestido que de repente me parece demasiado ceñido, en mis manos desnudas sin un solo anillo de oro y en el peinado sencillo que me hice yo misma frente al espejo de mi baño.

​No hay insultos abiertos, pero el desprecio flota en el aire con una elegancia aterradora. Para ella, soy un un bicho raro que no debería estar al lado de su hijo.

​—Stefano, Gianna, les presento a mi asistente personal —interviene Dante, dando un paso al frente.

​Por unos breves segundos puedo darle cuenta de que no solo los padres de mi jefe están al pendiente de lo que dice, sino que también todos los que están cerca parecen estar interesados por saber quién soy yo.

-quiero morirme - contento la respiración llena de pánico.

​—La señorita Francheska Russo —agrega, pronunciando mi apellido real por primera vez en toda la noche, aunque le da una entonación tan pausada que parece presentar a un animal exótico.

​—Señorita... Russo —repite su madre, saboreando las letras con cierta extrañeza—. Encantada. Debo confesar que nos tomó por sorpresa ver a la asistencia de la oficina caminando por la alfombra roja del Palazzo Parigi. En mis tiempos, el personal administrativo permanecía detrás de bastidores.

​Siento una punzada de rabia quemándome el estómago. La mujer me acaba de llamar servidumbre sin usar una sola palabra malsonante, y no es que sea nuevo para mi, en estas semanas que llevo en este lugar ya debería estar acostumbrada a los comentarios pasivo agresivos de los demás. Pero la verdad es que siguen afectando.

​—La señorita Russo no es solo personal administrativo, Madre —responde Dante —. Tiene la rara cualidad de no llorar cuando le exijo eficiencia y sobrevivió a mi carácter durante tres semanas completas. Eso la convierte en alguien bastante útil.

​—Un logro fascinante —comenta Stefano D'Angelo —. Un placer, señorita. Espero que el ritmo de la alta sociedad no abrumé sus capacidades.

​—El placer es mío, Señor y Señora D'Angelo —respondo, obligando a mis cuerdas vocales a sonar firmes a pesar del temblor interno—. Y no se preocupen, las exigencias de su hijo son muchas, pero mi capacidad de trabajo y mi paciencia están más que acostumbradas a lidiar con ambientes difíciles.

​Dante me mira de reojo, inclinando la cabeza con una chispa de diversión descarada en la mirada. Le encanta que no me achique, aunque sé perfectamente que para él esto solo es un juego para llevarle la contraria a sus padres.

​—En fin, la cena está por comenzar —dice Gianna, acomodándose la enorme joya que lleva en su cuello —. Dante, te reservamos un lugar en la mesa principal. La hija del ministro de economía está ansiosa por hablar contigo sobre la nueva campaña. Es una joven encantadora, con una educación impecable. Tu asistente puede tomar asiento en la zona reservada para el equipo de prensa o con los coordinadores del evento.

​Ahí está el golpe final. La frontera bien marcada: los ricos en el centro, la gente como yo en el rincón con el personal.

​Miro a Dante de reojo, esperando el momento en que me pida que me retire. Mi orgullo herido me pide a gritos dar la vuelta e irme a sentar con los fotógrafos, pero Dante aprieta su mano en mi cintura con más fuerza, negándose a soltarme.

​—Agradezco el gesto, Madre, pero Valeria habla sobre finanzas con la misma gracia que un pato graznando —suelta Dante sin el menor remordimiento, haciendo que la sonrisa de su madre se congele por completo—. La señorita Russo se sienta conmigo. Necesito a alguien competente a mi lado por si tengo que revisar documentos de trabajo entre plato y plato, y no pienso pasar tres horas escuchando las tonterías de una heredera mimada.

​Sin esperar la respuesta de sus padres ni darles margen para protestar, me guía con pasos largos hacia la zona de banquetes, dejando a Stefano y a Gianna parados en medio del vestíbulo.

​—Usted está completamente loco —le susurro furiosa en cuanto nos alejamos lo suficiente—. Le acaba de faltar al respeto a su madre y a la hija de un ministro por un capricho ridículo.

​—Le ahorré a mis oídos una conversación insoportable, Fransiscana —responde con total indiferencia, jalando una silla de terciopelo para que me siente a su lado en la mesa principal—. Y no te engañes. No lo hice por cortesía hacia ti. Lo hice porque si me dejan solo con esa colección de herederas vacías, terminaré arrojando el vino sobre la mesa. Tú, al menos, pones caras graciosas cuando te insulto.

​—Qué noble —espeto, acomodándome la falda con rabia contenida mientras me siento—. Soy su entretenimiento personal de la velada.

​—Exacto, Rusia —dice Dante, acomodándose a mi lado con una elegancia exasperante mientras se ajusta el reloj de oro de la muñeca—. Ahora mantén la espalda erguida, no vayas a usar el tenedor equivocado para el pescado y finge que este lugar no te asusta. Hay tres fotógrafos en el balcón apuntando hacia esta mesa y no voy a permitir que mi asistente arruine la toma luciendo desubicada.

​Lo miro de lado, apretando los dientes. Lo odio. Odio su arrogancia, odio su ego inflado, odio la forma en que me cambia el nombre y detesto aún más que su simple cercanía haga que mi corazón lata desbocado en mi pecho.

​Suspiro evitando pensar tonterías, mi corazón debe estar sufriendo por los ataques de ira que este hombre le hace pasar.

— Espero que las horas extras sean muy buenas ya que no soloe trae como su asistente sino como su bufón personal — exijo mientras me acomodo mirando los tantos cubiertos sobre la mesa.

- ¿para que demonios usan los ricos tantos cubiertos? - siento que me falta el aire.

Esta noche ya se me ha hecho eterna y ahora no estoy segura de que es lo que voy a hacer para no verme ridícula y pobre.

Así ya te ves - se burla mi subconsciente.

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