Capítulo 5 Prueba de cubiertos
FRANCHESKA
Siento la mirada fija de Gianna D'Angelo desde la mesa contigua. Aunque está conversando con el ministro de economía, sus ojos fríos escanean cada uno de mis movimientos.
- ¿Porqué me mira como si quisiera matarme? - me pregunto incómoda.
A mi alrededor, los camareros con guantes blancos comienzan a servir el primer plato: una entrada sofisticada con mariscos, espuma de cítricos y caviares extravagantes sobre platos de porcelana dorada.
El problema no es la comida. El problema es el arsenal de cubiertos que tengo desplegado a ambos lados del plato. Hay cuatro tenedores de distintas formas, tres cuchillos, dos cucharas y un par de pinzas pequeñas de metal que parecen sacadas del maletín de un dentista.
«Madre mía... ¿cuál demonios se usa primero?»
Me entra el pánico y un sudor frío me recorre la frente mientras me acomodo en la silla.
Dante se sirve un poco de agua mineral en su copa de cristal con una elegancia tan natural que me da ganas de patearle la espinilla por debajo de la mesa. Se acomoda el saco, consciente de que los fotógrafos del balcón no dejan de enfocarlo. Sonríe a una de las cámaras de reojo, inclinando la barbilla solo un par de milímetros para regalarles su mejor ángulo.
—Si sigues mirando los cubiertos con esa cara de horror, Fransis, la gente va a pensar que te estamos sirviendo un plato de veneno —murmura Dante sin siquiera mirarme, manteniendo su postura impecable.
—Es Francheska —siseo entre dientes, con las manos temblorosas sobre el regazo—. Y hay más tenedores aquí que en toda la cocina de mi casa.
¿Para qué necesita una persona normal cuatro tenedores diferentes para comer pescado?
Dante deja la copa sobre la mesa y me mira de reojo y la sangre se me calienta cuando veo una chispa de diversión en sus ojos.
—Se llama etiqueta, Señorita Rusa. Es la diferencia entre un banquete de la alta sociedad y una cena en la calle, o entre una cena en el barrio en el que usted vive —dice con superioridad —. Se usan de afuera hacia adentro. Aunque considerando tu escasa coordinación motora, pronostico una tragedia en menos de dos minutos.
—Sé comer perfectamente, Señor D'Angelo —miento, apretando la mandíbula.
Decidida a no darle el gusto de verme como una analfabeta de la moda, estiro la mano con la mayor elegancia que puedo fingir. Tomo con firmeza el primer tenedor que veo a la izquierda... y las pinzas pequeñas que están al lado de la copa.
Cojo un pedazo de marisco con las pinzas, intentando imitar la compostura de las damas de la mesa de enfrente. El problema es que el marisco está bañado en una salsa viscosa y resbaladiza. Aprieto el metal con un poco más de fuerza para que no se me escape, pero el marisco sale disparado de las pinzas como un proyectil, vuela a través del espacio aireado de la mesa y va a impactar directamente contra la impecable camisa blanca de un empresario suizo sentado a dos lugares de nosotros.
Padre amado ya llévame contigo - me lamento internamente queriendo salir corriendo y no volver nunca jamás.
El silencio que cae sobre nuestra sección de la mesa es repentino y sepulcral.
El hombre se congela con el tenedor a medio camino de la boca, mirando la mancha verde y grasosa que acaba de arruinar su traje de seda.
Siento que todo el aire de mis pulmones se evapora. Las mejillas me queman a tal punto que creo que voy a encenderme en llamas en medio de este maldito lugar.
«Trágame tierra, escúpeme en mi barrio y no me regreses nunca más», le imploro a la vida.
—Oh... lo siento... yo... las pinzas resbalaron —balbuceo horrorizada, agarrando la servilleta de tela para intentar limpiar al hombre.
—¡Ni se le ocurra tocarme! —reacciona el empresario, haciéndose hacia atrás con una mueca de asco que me atraviesa el corazón como una flecha—. ¡Dante! ¿Qué clase de salvaje has traído a esta mesa? ¡Acaba de manchar mi traje exclusivo de tres mil euros!
Agacho la cabeza, apretando los puños sobre mis rodillas. Siento la mirada de Gianna D'Angelo cargada de una satisfacción triunfante desde la mesa vecina. Tenían razón. No pertenezco a este lugar. Solo soy una chica torpe que acaba de hacer el ridículo del siglo en la velada más importante del año.
Estoy a punto de ponerme de pie y salir corriendo hacia los baños para llorar de la rabia cuando la voz de Dante irrumpe en el ambiente.
—Por favor, Markus, no seas tan melodramático —dice Dante en un tono plano, aburrido y descaradamente superior, tomando una servilleta para limpiarse los dedos con una lentitud desesperante.
—¡Me tiró un marisco a la camisa, D'Angelo! —protesta el hombre, rojo de la rabia.
—Y francamente, le hizo un favor a tu vestuario —responde Dante, mirándolo de arriba abajo —. Ese tono de azul en tu traje era una aberración visual para un evento nocturno. La mancha de salsa al menos le da un poco de textura.
El empresario se queda con la boca abierta, incapaz de articular una palabra frente a semejante descaro.
—Además —continúa Dante, reclinándose en su silla con arrogancia —, las pinzas eran para el pan y no para los mariscos. Mi asistente solo estaba haciendo una prueba de resistencia del personal. Si no puedes esquivar un marisco volador con tu agilidad, no sé cómo pretendes cerrar negocios de alto riesgo en este país.
Un par de invitados de la mesa contienen una risita disimulada. Dante no está pidiendo disculpas; está humillando al hombre que está rojo y estoy segura que es de la ira que contiene.
Dante me mira de reojo, acercándose a mi oído hasta que siento su aliento tibio erizándome los vellos del cuello.
—Usa el tenedor pequeño del extremo exterior, Francheska. Y si vuelves a lanzar comida, asegúrate de que le dé a mi madre en la frente —me susurra con un tono burlón, pero con una chispa de protección disfrazada de sarcasmo que me descoloca por completo.
—Es un imbécil —murmuro, tomando el tenedor correcto con las manos aún temblorosas.
—Soy el hombre más guapo y poderoso de este salón, Señorita Rusa. Acostúmbrate a las ventajas de estar bajo mi sombra —responde él, volviendo a erguir la espalda para posar sutilmente hacia una cámara que nos toma una foto desde la planta alta.
Miro mi plato, obligándome a comer en silencio mientras la cena continúa. Odio a Dante D'Angelo con cada fibra de mi ser.
Pero mientras lo observo de reojo, dominando la mesa con su sonrisa cínica y su belleza abrumadora, me doy cuenta de algo aterrador: por mucho que me duela admitirlo, en este nido de víboras de la alta sociedad, el único demonio que ha evitado que me devoren viva esta noche... ha sido él.
— Deberías estar agradecida de que te vean a mi lado — sigue con sus aires de grandeza — eres la mujer las afortunada del mundo por el simple hecho de compartir el aire que respiro.
— Pues muchas gracias — respondo con sarcasmo.
— De nada Rosa, me gusta hacer obras de caridad en algunas ocasiones.
