Capítulo 6 Memoria selectiva

FRANCHESKA

​El mesero retira el plato del marisco volador mientras yo intento tragarme el orgullo junto con el último sorbo de agua.

Dante sigue posando para los fotógrafos invisibles, acomodándose el reloj de oro con la parsimonia de un millonario en su trono.

​—Si sigue inflando el pecho de esa manera, se le van a reventar los botones del esmoquin —le murmuro entre dientes.

​—Sería una pena trágica para los presentes, pero un regalo divino para la prensa, Rosa —responde —. Mi anatomía es Patrimonio de la Humanidad.

Este hombre es demasiado con mucho.

​Apenas voy a responderle con el sarcasmo que se merece cuando unos taconazos secos y marcados resuenan sobre el suelo.

Mis ojos viajan hasta donde se escucha el molesto ruido y una mujer alta, de cuerpo esculpido a base de cirugías costosas y un vestido de lentejuelas doradas que apenas le cubre lo necesario, se detiene justo detrás de la silla de Dante. Lleva una copa de champán en la mano y una sonrisa que destila pura provocación.

​—Dante... mi amor —suelta la mujer con una voz chillona teñida de un acento francés bastante fingido.

​Me congelo con el tenedor en la mano. La mujer pasa una mano sobre el hombro de mi jefe, deslizándola con un descaro que me revuelve las tripas.

​—Sabía que te encontraría en la mesa principal —continúa ella, inclinándose tanto hacia él que casi le pasa el escote por la cara—. Aunque me extraña que no me hayas llamado desde que regresaste de París. Pasamos noches... inolvidables en el Hôtel de Crillon, ¿recuerdas?

​Miro la escena de reojo, sintiendo una mezcla extraña entre asco y una repentina punzada de irritación en el pecho.

​«Vaya, vaya. Apareció una de las conquistas del rey de Milán», me digo internamente, cruzando los brazos sobre la mesa para disfrutar del espectáculo.

Todos en la empresa saben que él grandioso Dante D'angelo le huye al compromiso.

Mi jefe ni siquiera se inmuta. No se da la vuelta, no le sonríe, ni se aparta de inmediato. Simplemente inclina un poco la cabeza hacia un lado, como si una mosca molesta hubiera empezado a zumbarle cerca de la oreja. Toma su copa de cristal, gira el rostro apenas unos milímetros y clava sus ojos oscuros en la mujer.

​La analiza de arriba abajo durante tres segundos eternos con una mirada fría, distante y vacía que hasta a mí me da un escalofrío.

​—¿Nos conocemos? —pregunta Dante con una voz carente del más mínimo interés

​La sonrisa de la mujer se congela al instante y puedo ver cómo la copa en su mano tiembla ligeramente.

​—¿Qué? —balbucea ella, parpadeando con fuerza, creyendo que se trata de una broma—. Dante, por favor... Soy Chantal. Estuvimos juntos hace tres meses. En la suite presidencial. Me dijiste que mi vestido de seda roja era el más hermoso que habías visto en tu vida.

​Dante suelta un suspiro aburrido, recostando la espalda contra el respaldo de su silla de terciopelo.

​—Señorita... Chantal —dice, haciendo una pausa intencional —. Hago muchos elogios a la ropa hermosa. Es mi trabajo. En cuanto a las suites de hotel... entienda que mi memoria tiende a clasificar las cosas por su grado de relevancia. Y claramente usted no superó el filtro.

Bueno, por lo menos no soy la única que hizo el ridículo está noche - me doy ánimo a mi misma.

​Un Ahhh colectivo parece flotar en el aire. La cara de la mujer pasa del bronceado perfecto a un rojo furioso. Me llevo la servilleta a la boca para ahogar una carcajada que amenaza con salírsele a todo volumen.

​—¡Eres un miserable, Dante D'Angelo! —sisea la mujer —. ¡Te acostaste conmigo dos noches seguidas! ¡Me dijiste que era única!

​Dante se gira por completo hacia ella, ajustándose el saco con una serenidad exasperante.

​—Todas las mujeres son únicas, querida —responde con una sonrisa cínica —. Pero muy pocas son memorables. Ahora, si me disculpa, estoy intentando cenar con mi asistente y su presencia está bloqueando la luz de los fotógrafos del balcón.

​La mujer se queda con la boca abierta, temblando de rabia. Escanea a Dante, luego me mira a mí —reparando en mi vestido sencillo y mi falta de joyas— y una mueca de humillación absoluta se le dibuja en el rostro.

​—¿Me cambiaste por... esto? —espeta señalándome con su uña roja—. ¿Una muerta de hambre sin clase?

​Antes de que pueda ponerme de pie y responderle a esa engreída, Dante se levanta lentamente de la silla. Su figura de más de un metro ochenta y cinco se impone sobre la mujer, eclipsando las luces del salón.

​—Cuidado con la boca, Chantal —dice Dante, y por primera vez su voz pierde el tono burlón y se vuelve peligrosa, glacial—. La señorita Russo trabaja para mi firma. Tiene más cerebro en un solo dedo que tú en toda tu anatomía operada. Y si vuelves a dirigirte a mi personal con ese tono, me aseguraré de que ninguna marca de Milán te vuelva a prestar un solo vestido para un evento.

​La modelo da un paso hacia atrás, pálida como un fantasma. Sabe que Dante no está bromeando; un solo chasquido de sus dedos puede arruinarle la carrera en la industria de la moda. Sin decir una sola palabra más, da media vuelta y sale corriendo hacia la salida del salón, con los tacones resonando en el piso.

​Dante vuelve a sentarse con una elegancia impecable, reacomodándose el plato como si nada hubiera pasado.

​Me quedo mirándolo fijamente, con el corazón latiéndome a mil por hora. No sé qué me perturba más: el descaro absoluto con el que destruyó a esa mujer o el hecho de que me haya defendido con semejante frialdad frente a todos.

​—Es usted un monstruo sin corazón —le digo en voz baja, aunque la intriga me carcome por dentro—. Ni siquiera se acordaba de su nombre.

​Dante me mira de reojo, enarcando una ceja con suficiencia.

​—No pierdo espacio en mi cerebro memorizando caras vulgares, Franki —responde, tomando su tenedor con elegancia—. Mi mente está reservada para cosas importantes. Como el diseño, el poder... y asegurarme de que no vuelvas a lanzar mariscos a los invitados.

​—Ella estuvo en su cama —insisto, cruzándome de brazos—. ¿Tan poco le importan las personas?

​—Me importo yo, Señorita Rusa —dice acercando su rostro al mío solo unos centímetros, lo suficiente para que su perfume a madera y pimienta me llene los sentidos—. Y los que están bajo mi protección. El resto del mundo solo es escenografía.

​Siento un calor repentino subirme por el cuello. La forma en que me mira, tan seguro de su poder y de su belleza, me causa un rechazo profundo... pero también una tensión eléctrica que me cuesta trabajo ignorar.

​«Es un arrogante insoportable», me repito como un mantra. «Un millonario vacío que usa a la gente y luego la olvida».

​—Bueno, pues qué suerte la mía ser parte de su escenografía —respondo con sarcasmo, tomando mi copa de vino para ocultar el temblor de mis manos.

​—No te confundas, Rusia —murmura Dante—. Tú no eres escenografía. Eres el entretenimiento de la velada. Y debo decir que el espectáculo apenas comienza.

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