Capítulo 7 Baile
FRANCHESKA
El murmullo en la mesa se disipa poco a poco, pero la electricidad entre Dante y yo sigue flotando en el aire como una tormenta a punto de estallar.
Intento mantener la atención en el plato principal, pero la presencia de este hombre a mi lado me resulta sofocante. Huele tan endemoniadamente bien y se mueve con una elegancia tan calculada que me da rabia sentir cómo el pulso se me acelera cada vez que estira la mano para tomar su copa.
Un aplauso general interrumpe mis pensamientos. Las luces del salón principal del Palazzo Parigi se atenuan ligeramente, dejando solo los reflectores cálidos enfocados en el escenario. Un grupo de cuerdas comienza a tocar una melodía suave, un vals estilizado que invita a los asistentes a abrir la pista.
—Y bien, Señorita Rusa —dice Dante, apoyando los codos sobre la mesa y mirándome con una sonrisa cargada de absoluta autosuficiencia—, sobreviviste al plato de entrada, no le sacaste un ojo al ministro con el tenedor y lograste que una modelo parisina saliera huyendo. Tu desempeño roza lo aceptable.
—Muchas gracias por su evaluación, Señor D'Angelo —respondo, llevándome la copa a los labios—. Ahora que ha terminado su show y que demostró ser el rey de la pista, ¿puedo pedir un taxi e irme a mi casa? Mis pies me están matando dentro de estos zapatos de tacón que me envió.
No miento, siempre uso zapatos de cinco centímetros, pero este hombre hoy quería que caminara como venado recién nacido, sino, ¿Por qué me envió zapatos de 15 centímetros?
«Deberia ser ilegal fabricar esos tacones»
Dante suelta una risita baja, y casi puedo estar segura de que es porque no me va a dejar ir a ninguna parte.
—¿Irte? Apenas estamos en la mitad de la función, Franciana —dice, poniéndose de pie con la fluidez de un felino. Se abotona el saco del esmoquin y extiende una mano hacia mí con la palma hacia arriba—. La prensa está esperando la foto oficial de la apertura del baile. Camina.
- No loca - me grito a mi misma.
Miro su mano impecable, con sus dedos largos y sus uñas perfectamente arregladas, y luego lo miro a los ojos.
—Ni lo sueñe —murmuro, echándome hacia atrás en la silla —. No sé bailar vals de la alta sociedad. En mi barrio bailamos salsa y bachata, no melodías de aristócratas aburridos. Además, si piso su zapato de tres mil euros, esta vez sí me va a descontar el sueldo de todo el año.
—No te estoy preguntando si quieres bailar, Fransis —responde él en un tono firme, pero rozando lo divertido—. Te estoy dando una orden. Y te aseguro que es mejor que tropieces conmigo en la pista a que te quedes aquí sola, expuesta a que mi madre vuelva a intentar enviarte a la mesa de los meseros.
Trago saliva y miro a la mesa donde su madre sigue como loca psicópata con los ojos puestos en mi, no puedo creer que mi jefe tenga razón.
Gianna D'Angelo no ha dejado de mirarme desde la mesa de honor con una expresión que promete venganza.
Yo no hice nada malo.
Soltando un suspiro frustrado, coloco mi mano sobre la suya y en cuanto mis dedos tocan su piel, un chispazo me recorre el brazo. Dante cierra su agarre con firmeza, tirando suavemente de mí para ponerme de pie.
Avanzamos hacia el centro del salón bajo el destello implacable de las cámaras. Me siento diminuta a su lado. Cuando nos detenemos en medio de la pista, Dante rodea mi cintura con su mano derecha, pegándome a su cuerpo de una forma tan rotunda que mi pecho roza la solapa de su saco. Con la otra mano, entrelaza sus dedos con los míos.
—Relájate —me susurra al oído, inclinándose tanto que siento su aliento tibio en mi mejilla—. Pareces un pedazo de madera tallada.
—Es que estoy intentando no pisarlo, egoísta —siseo entre dientes, fija la mirada en el nudo de su corbata de moño para no tener que mirarlo a los ojos—. Y está demasiado cerca.
—Soy tu jefe y estamos dando un espectáculo para Vogue, Rusia —responde, empezando a guiar los pasos con una maestría frustrante. Se mueve con una soltura que hace que seguirlo sea ridículamente fácil—. Si no me pego a ti, la gente va a pensar que nos odiamos.
—Es que nos odiamos —le recuerdo, aunque mi cuerpo cede instintivamente a su ritmo.
Dante se ríe, girándonos con suavidad sobre el mármol. El vestido de seda azul se mueve a mi alrededor con fluidez y en la esquina del salón veo a la francesa fulminandome con la mirada.
¿Por qué las mujeres ricas son locas?
—Tú me odias porque soy todo lo que nunca podrás tener —dice con esa egolatría descarada que debería darme asco, pero que en este momento solo me saca una sonrisa exasperada—. Yo a ti no te odio, Francheska. Simplemente encuentro fascinante lo mucho que te esfuerzas por parecer dura cuando estás muriéndote de pánico.
—Usted es un insoportable —murmuro, levantando la vista para enfrentarlo.
Nuestras miradas se cruzan y por un segundo, solo un segundo, el sarcasmo desaparece de sus ojos oscuros. Me observa con una intensidad tan profunda y devoradora que se me olvida cómo respirar. La música a nuestro alrededor parece apagarse. No hay cámaras, no hay fotógrafos, no hay aristócratas susurrando a nuestras espaldas. Solo estamos él y yo, atrapados en un baile que se siente más como una batalla silenciosa.
—Aprende a sonreír para las fotos, Señorita Rusa —rompe él el silencio—. A la gente le gusta creer que las historias de príncipes y cenicientas son reales.
—Usted no tiene nada de príncipe, D'Angelo —respondo, intentando recuperar el control de mi pulso —. Es el villano del cuento.
—Y aun así —dice él, inclinándose un milímetro más hasta que sus labios casi rozan mi oreja—, no puedes quitarme los ojos de encima.
El baile termina con una última nota larga de los violines. Dante se detiene con una reverencia impecable, sin soltar mi mano hasta el último segundo. Los aplausos estallan a nuestro alrededor y los destellos de las cámaras me ciegan mientras intento pensar con claridad.
Me quedo parada en medio de la pista, sintiendo que el corazón me va a salir del pecho, mientras Dante D'Angelo sonríe al público con la gracia de un rey dominando su imperio, tomándome de la cintura como si fuera el trofeo más valioso de la noche.
— Pareces un siervo que va directo al matadero — regaña — eres la asistente del hombre más perfecto de Milán, deberías estar riendo eufórica por bailar conmigo.
— Es que si estoy eufórica señor — trato de verlo como lo que es — Pero es porque esta noche por fin está llegando a su fin.
Espero que no vuelva a traerme a estos eventos y se quede con las modelos que se pelean por un lugar a su lado.
