Capítulo 1 Destinada a casarme con un extraño.

Ela Thorne

—¡Ela! ¡Ela!

La voz potente y cargada de reproche de mi padre resonó con fuerza desde el pasillo. Sabía perfectamente que venía hacia mi habitación; lo sentía en el aire pesado, en la vibración de sus pasos decididos. Respiré hondo, intentando acumular un rastro de aire en mis pulmones, y pasé saliva con dificultad. Sentí el frío recorrer mi cuerpo mientras empezaba una cuenta regresiva en mi mente: tres, dos, uno…

Efectivamente, la puerta se abrió de un portazo brusco que me hizo dar un salto del susto y mi corazón comenzó a latir desbocado contra mi pecho. Me volteé a mirarlo de inmediato, obligándome a sostener su mirada fría y despiadada. Conocía esa expresión; sabía que venía a lo de siempre: a recordarme lo insignificante que soy para él, a restregarme en la cara su desprecio.

—¡Ela Thorne! Aquí estás —bufó con desdén, acortando la distancia entre los dos con pasos amenazantes.

Volví a pasar saliva, sintiendo que la garganta se me cerraba.

—¿Cómo te atreves a desafiarme? — bufo.

Antes de que pudiera articular una sola palabra de defensa, su mano impactó contra mi rostro. La bofetada fue tan brutal y cargada de rabia que el dolor me nubló la vista, y las lágrimas, traicioneras y calientes, brotaron de mis ojos sin que pudiera contenerlas.

—Abajo todos los invitados esperan impacientes —continuó gritando con furor, mientras yo me llevaba una mano temblorosa a la mejilla lastimada—. Hay veinte hombres a tu entera disposición para que elijas a uno como esposo y nos salves de esta maldita ruina en la que estamos hundidos. Te dije claramente que a las siete debías estar organizada para cumplir con tu deber, ¿pero qué haces? Quieres desobedecer. Mírate, estás nuevamente con esos jeans rotos y camisas anchas. ¡¿En qué diablos estás pensando, Ela?!

—Querido esposo... —Una voz melosa e hipócrita interrumpió el grito de mi padre.

Alcé la mirada de inmediato, tragándome el dolor; no iba a darle a mi madrastra el gusto de verme destruida. Desde que Gala llegó a esta familia, su único propósito ha sido hacerme sentir miserable, anulándome por completo para cumplir cada uno de sus caprichos y los de su consentida hija.

—Qué vergüenza la que nos hace pasar Ela, papá —escuché decir a Vera, quien ingresaba a la habitación con esa elegancia fingida que tanto detesto.

Enpuñé mis manos con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas. Las lágrimas amenazaban con desbordarse, pero apreté los dientes, aguantando el llanto con el último rastro de dignidad que me quedaba.

—Ela, deja de comportarte como una niña caprichosa —sentenció Vera, mirándome desde arriba—. Asume tu responsabilidad de sacar de la ruina a esta familia.

—¿Y por qué no lo haces tú? —me atreví a responderle, rompiendo mi silencio con un hilo de voz que terminó en un grito ahogado—. A la final, tú eres la consentida de esta casa, la que tiene a tantos pretendientes detrás. ¡Baja tú y elige un esposo, pero a mí déjenme en paz!

La furia volvió a encenderse en el rostro de mi padre.

Alzó la mano de nuevo, listo para propinarme otro golpe. La verdad... no me extrañaba. Siempre ha sido así conmigo; sus manos siempre han sido fáciles para el castigo cuando se trata de mí. Mi mente voló por un segundo al pasado.

Mi madre me defendía contra viento y marea, me protegía con su cuerpo si era necesario. Pero desde que murió, me convertí en esto: una flor marchita, una chica completamente desprotegida en un nido de víboras.

—No, cariño, así no se resuelven las cosas —intervino Gala, dando un paso al frente y deteniendo el brazo de mi padre. Se acercó a mí con una suavidad ensayada, pretendiendo actuar como si fuera una madre comprensiva—. Pobre Ela, ella solo está pidiendo atención.

Conocía esa sonrisa falsa; la vi brillar con malicia en sus ojos.

—Ela querida, lo que pasa es que tú eres la única hija legítima de tu padre —añadió Gala con veneno sutil.

—Exacto —afirmó mi hermanastra, cruzándose de brazos con autosuficiencia—. Yo me casaré, obvio, pero con el hombre más rico de este mundo. Me casaré con el heredero West. Aunque esa poderosa familia aún no ha revelado la identidad del heredero, yo seré su esposa. Seré una West.

Vera lo dijo con el pecho inflado de orgullo y arrogancia. Yo simplemente negué con la cabeza, asqueada por su superficialidad.

—Apúrate, Ela —ordenó mi padre, dándome la espalda—. Le diré a Rita que venga a organizarte para que bajes de una vez a cumplir con tu deber.

—¡Padre! —lo llamé en voz alta, logrando que todos se detuvieran y me miraran.

Mis piernas temblaban como gelatinas, pero lo sostuve con la mirada—. ¿Por qué me odias tanto? —le pregunté, con la voz quebrada, mirándolo directamente a los ojos.

Él se volteó despacio, con el rostro endurecido.

—¡Porque eres un maldito error en mi vida, ELA! Yo quería un varón, pero tu madre solo me dio una hija. Tú eres mi mayor dolor de cabeza porque no eres refinada, no eres como Vera; ella es elegante y tiene convicción.

—¡Exacto! Porque yo sí soy tu hija de sangre, padre, ella no —escupí con valentía, sintiendo cómo el resentimiento acumulado por años quemaba en mi garganta—. Yo quiero seguir los pasos de mi madre. Quiero continuar su legado como diseñadora de joyas. Pero desde que empezaste tu relación con Gala, solo has cumplido sus antojos y los de Vera. Llevaron a la ruina el esfuerzo de toda la vida de mi madre, su joyería que era tan importante... ¡Es por tu mal manejo y tus excesos que has quebrado la joyería de mi mamá!

Las lágrimas finalmente rodaron por mis mejillas de forma doliente. Mis palabras parecieron tocar una fibra sensible y peligrosa. Mi padre se dio la vuelta en un segundo, se abalanzó sobre mí y me agarró del cuello con brusquedad, presionando lo suficiente para inmovilizarme, aunque sin llegar a asfixiarme del todo.

—Escúchame bien, Ela, ya me tienes harto —me siseó con una voz cargada de un odio puro y oscuro—. Si no haces lo que te digo hoy mismo, te juro que te dejo encerrada en este cuarto para siempre, ¡maldita sea! Y deja de cuestionarme. Aquí la única culpable de la quiebra eres tú. Es más... que tu madre haya muerto, también es por tu culpa.

Me soltó bruscamente. El impulso me hizo perder el equilibrio y caí de rodillas al suelo. Un vacío inmenso y doloroso se instaló en mi pecho, robándome el aire; esas últimas palabras se clavaron como puñales directamente en mi alma.

Alcé la vista mareada y alcancé a ver cómo Gala y Vera me miraban con una sonrisa de burla plasmada en sus rostros, antes de dar la vuelta y marcharse de la habitación junto a mi padre, cerrando la puerta tras de ellos.

—¡Señorita Ela!

Rita se acercó corriendo a mí desde el rincón donde se había mantenido oculta. Es mi nana, la mujer que me había criado y la única persona en este mundo que me quería de verdad desde que mi madre partió.

—Escuché todo lo que dijeron... por favor, mi niña, no les creas nada de lo que dijeron de ti —me suplicó con los ojos empañados, rodeándome con sus brazos protectores para ayudarme a ponerme de pie.

—¿Cómo no creerle, Rita? —dije en un susurro amargo, secándome las lágrimas con el dorso de la mano—. No tengo ningún valor en esta casa. Estoy destinada a casarme con un extraño solo para que ellos puedan seguir viviendo como reyes a costa de mi desgracia.

—No llores más, mi niña —me consoló Rita, sacando un pañuelo de su delantal para limpiar mi rostro. Podía ver el dolor y la impotencia reflejados en sus ojos cansados.

Miré hacia la puerta, sintiendo cómo la resignación y el coraje se mezclaban dentro de mí.

—No tengo opción, Rita. No quiero que la empresa de mi madre quede en la bancarrota absoluta. Si me caso... mi padre me prometió que me dará los diseños originales de mi madre. Solo así podré rescatar su legado. Y quizás, solo quizás, consiga mi libertad. Necesito ser libre de este infierno de familia, aunque el precio sea entregarme a un desconocido.

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