Capítulo 2 Listón Rojo

Luca West.

Dicen que soy despiadado y perfeccionista. También dicen que soy el joven más cotizado y millonario de Los Ángeles. Y la verdad... no se equivocan. Durante años, mi vida no me perteneció; mi padre, Iván West, me envió a un estricto internado con la única excusa de ser corregido. Al regresar a la mansión, el calvario no terminó: fui recibido por un desfile de profesores particulares con el único objetivo de que obtuviera un conocimiento implacable. Eso significa que jamás disfruté mi niñez, y mucho menos mi adolescencia.

Ser el único heredero de los West exige un sacrificio absoluto. Todo cambió desde que falleció mi hermano; desde ese maldito día, mi padre se convirtió en un hombre de hielo, infundiendo en mí la misma frialdad que hoy corre por mis venas.

Le di una larga calada a mi cigarrillo, expulsando el humo lentamente para apaciguar el enojo que me provocaba el constante acoso de mi padre por casarme con una dama de la alta sociedad. De repente, la voz de mi escolta personal, Silas, interrumpió mis pensamientos.

—Señor West, aquí tiene —dijo, entregándome un uniforme de mesero hecho a mi estricta medida—. ¿Está seguro, señor, de querer hacer esto? —me preguntó, mirándome con evidente intriga.

Asentí en silencio, sosteniendo el cigarrillo entre mis dedos.

—Señor West, con todo el respeto que usted se merece... usted puede tener a la mujer que le plazca, incluso a la más hermosa del mundo. Por favor, señor, no tiene por qué rebajarse a hacer labores de este tipo.

—Sabes perfectamente que lo hago en busca de una esposa pura, Silas —respondí con voz cortante—. No quiero a cualquier mujer interesada a mi lado. Por eso mi padre, al menos por una vez, me ha cumplido el capricho de mantener mi identidad oculta ante los medios. Así causo más intriga y murmuraciones en su estúpido círculo social.

—Pero, señor...

—Pero nada, Silas —lo corté en seco, fulminándolo con la mirada. Él bajó la cabeza de inmediato, soltando un pesado suspiro—. Recuerda la fila de mujeres que mi padre me presentó hace poco; estaban con los ojos vendados y parecían locas desquiciadas queriendo tocarme o besarme solo por mi apellido. Quiero a una mujer que no sepa nada de mí, que me elija por lo que ve, y cuando me case con ella, mi padre se va a volver loco.

—Señor West, usted está poniendo mucho en riesgo —insistió Silas, visiblemente preocupado—. Optar por un bajo perfil en un lugar desconocido es una completa barbaridad.

—Ya escuché suficiente de ti, Silas —lo miré con desdén, apagando el cigarrillo con brusquedad—. O estás conmigo, o sigues las malditas y aburridas reglas de Iván West. Tú decides.

Silas alzó el mentón de inmediato y fijó su mirada directamente en mis ojos verdes, demostrando su templanza.

—Soy leal a usted, señor West. Siempre.

—Perfecto. Entonces es hora de trabajar.

Le di la espalda e ingresé a la camioneta negra de vidrios blindados para cambiarme y ponerme el uniforme de mesero.

Minutos después, me encontraba justamente en la cocina de una gran mansión. El ambiente afuera era pesado; se trataba de un evento familiar compuesto únicamente por hombres, lo cual me pareció sumamente extraño.

Sin embargo, mantuve mi papel: continué captando órdenes del jefe de cocina y llevando bandejas llenas de bebidas hacia los invitados en el salón principal.

De repente, una voz potente anunció que la heredera, Ela Thorne, estaba a punto de bajar.

El efecto fue inmediato: observé cómo cada hombre en el lugar dejó de hacer lo que estaba haciendo para fijar su mirada codiciosa hacia las escaleras.

Guiado por la curiosidad, alcé mi mirada profunda hacia la segunda planta. En ese instante, mi corazón saltó. Vi a una hermosa chica de cabello rubio, piel blanca como la porcelana, ojos azules tan profundos como el mar y labios finos perfectamente delineados.

Bajaba con una elegancia innata cada escalón, a pesar de la tensión que se respiraba. Era, sin duda alguna, la chica más hermosa que había visto desde que regresé a Los Ángeles.

—Atención, hombres de la alta sociedad —la voz del hombre que lideraba el lugar, quien al parecer es su padre, resonó por todo el salón—. Mi adorada hija, Ela, elegirá a uno de ustedes como esposo. Lo cual, de por sí, los hace muy beneficiosos, ya que somos una familia de alto nombre y sumamente adinerada.

Observé la escena con atención.

—Ela, querida... —el hombre extendió su mano hacia ella con una sonrisa ensayada.

Pero mi experiencia me permitió notar que había algo extraño en la mirada de esa chica; no era felicidad, era otra cosa.

—Elige al esposo que deseas —continuó su padre—. Todos los presentes aquí están perfectamente aptos para unirse a nuestro valioso apellido.

La chica observó a la multitud masculina con detenimiento. Tomó una distancia clara de su padre, rechazando su toque sutilmente, y comenzó a caminar entre los invitados.

Se paseaba por cada uno con una gracia impecable, analizando los rostros hambrientos de poder. De repente, la vi meter la mano en su vestido, sacar un listón de un vivo color rojo y alzar la mano para mostrarlo con firmeza ante todos.

—Queridos invitados —anunció ella, capturando la atención absoluta del salón—, haré una dinámica para hacer esto mucho más divertido. A la persona a la que le entregue mi listón rojo, ese será mi esposo. Lo prometo. Palabra de una Thorne.

Los murmullos estallaron de inmediato por todo el lugar, rompiendo el protocolo.

Mientras todos hablaban y se acomodaban los sacos, yo no le quité los ojos de encima. Pude ver claramente cómo, detrás de esa fachada de seguridad, ella volteó

a mirar a su padre con un profundo y disimulado temor.

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