Capítulo 6 Encarar a su padre
Al escuchar la seguridad con la que él habla, me doy cuenta de que me ha colocado por completo contra la espada y la pared. Tiene razón... mi familia no me estima, soy un estorbo para ellos, pero tampoco sé qué clase de infierno me espera al vivir bajo el mismo techo con un hombre como él. Trago grueso, sintiendo el peso asfixiante de su mirada fija en mí. Al verlo a los ojos directamente, un escalofrío helado recorre mi cuerpo de arriba abajo.
—No tengo salida, ¿cierto? —le pregunto, arrastrando las palabras con una profunda amargura.
—Así es, señorita Thorne —responde él de inmediato, sin una pizca de duda—. Pero le puedo asegurar que a mi lado estará un poco mejor que con los suyos.
—No lo creo —escupo, sosteniendo la mirada—. Usted me hace pensar que es el diablo en persona. Que su guapura es solo una máscara para ocultar lo que realmente es. ¿Qué esconde, señor West?
Una sonrisa de medio lado, enigmática y fría, se dibuja en su rostro.
—Digamos que estás a un noventa por ciento de la verdad.
—¿Y el diez por ciento restante? —lo cuestiono, picada por la curiosidad a pesar del miedo—. ¿Quién es usted en ese pequeño porcentaje?
—No haga tantas preguntas, señorita Thorne —sentencia, cortando mi interrogatorio con una brusquedad que me estremece—. Usted no está en posición de saberlo. Mi vida privada es mi vida... mientras que tu vida, a partir de hoy, me pertenece.
Vuelvo a tragar grueso al oír semejante declaración. El aire se siente denso dentro de la camioneta. Alzo la mirada, intentando recuperar un poco de control sobre la situación.
—Deseo tener una conversación privada con usted, señor West —le exijo, tratando de que mi voz no tiemble.
—Así será... cuando compartamos la misma habitación —me responde con una complicidad que me eriza la piel.
Dejo de mirarlo al instante y desvío la vista hacia mis manos. Mi corazón se aceleró de una forma desbocada. El tipo es tan posesivo, tan autoritario... y a la vez, es jodidamente guapo.
Presiono los puños contra mi vestido, frustrada conmigo misma. No entiendo lo que me está pasando ni por qué mi cuerpo reacciona de esta manera ante mi captor.
—Señor, hemos llegado —informa Silas desde el asiento delantero, interrumpiendo mis caóticos pensamientos.
La camioneta se detiene por completo.
El pánico regresa a mi pecho como un golpe a la realidad.
—¿Estás lista? —me pregunta el hombre que se convertirá oficialmente en mi esposo.
—Espera... —le pido, extendiendo una mano en el aire.
Él vuelve a fijar sus intensos ojos verdes en mí, esperando—. Ni siquiera te conozco bien. Es que... eres un completo desconocido. Ni siquiera sé lo que me espera al entrar a tu propiedad. Esto es una locura, señor West.
—Hablaremos de muchas cosas luego —responde, ignorando mi crisis—. Por ahora, quiero que te mantengas en silencio y solo hables cuando sea estrictamente necesario. No es una locura tan grande como el diablo que tendrás que conocer allá adentro —añade con un tono críptico. Luego, extiende su mano grande y firme hacia mí, esperando que la tome. Yo la observo con un temor evidente, dudando de dar el paso final—. Estamos juntos en esto, Ela.
No sé qué me pasa, ni por qué sus palabras logran calmar un poco la tormenta en mi interior, pero termino aceptando.
En cuanto uno mi mano junto a la de él, mi piel se eriza por completo ante el roce eléctrico de nuestro contacto.
Bajamos del auto y siento que el corazón me late tan fuerte que se me va a salir del pecho en cualquier momento. Varios escoltas fuertemente armados nos siguen los pasos a una distancia prudente, moviéndose con una sincronización perfecta, como si el señor West fuera alguien de extrema importancia. Pero qué tonta soy, claro que lo es... es un West. Dios mío, ¿en qué maldito lío me he metido?
Siento que Luca me aprieta un poco la mano, un agarre firme que me hace aterrizar de mis pensamientos y me obliga a mirar al frente.
De repente, unas grandes y pesadas puertas, con decoraciones tan extravagantes que parecen de oro macizo, se abren de par en par, dando paso a un lujo impresionante. Me quedo un poco boca abierta.
Aunque la mansión Thorne tiene sus lujos y comodidades, esta propiedad sobrepasa cualquier cosa que haya visto en mi vida. Es un palacio de reyes.
—Bienvenido, señor West —tres sirvientas vestidas con uniformes impecables se acercan a nosotros de inmediato, inclinándose con profundo respeto.
—¿Desea que organicemos su habitación, señor? —pregunta la primera.
—Señor West, ¿desea algo de comer para usted y su acompañante? —añade la segunda.
—Señor West, ¿desea algo de beber? —concluye la tercera.
Miro a mi futuro esposo, un tanto horrorizada y abrumada por tanta atención y servilismo.
—Retírense —ordena él con una frialdad que corta el ambiente.
Las mujeres asienten y desaparecen como fantasmas. Aprovechando el momento, intento soltarme de su agarre, pero él no me deja; intensifica la presión en mis dedos, manteniéndome pegada a su costado.
Lo miro de reojo y puedo ver que su rostro ha cambiado por completo: ahora tiene un semblante de los mil demonios, tenso y peligroso.
Justo cuando le iba a reclamar para que me soltara, el estruendo de una voz masculina rompió el silencio del gran vestíbulo. Es una voz imponente, parecida a la de un general de guerra; una voz que corta el aire y que hace que sienta la tensión inmediata en el cuerpo del hombre que está a mi lado.
Miro en dirección a las escaleras principales. Un hombre de aproximadamente cincuenta años, de porte aristocrático y mirada severa, desciende con paso firme.
—¿Dónde diablos te habías metido, Luca? —brama el hombre con autoridad—. He llegado de viaje y resulta que mi único heredero no estaba en la mansión. ¿Y quién es esa mujer? —pregunta, deteniéndose frente a nosotros y posando su mirada afilada y despectiva sobre mí.
—Padre, ¿cómo estás? —lo saluda Luca, manteniendo una calma ensayada que denota una vieja rivalidad—. Primero se saluda. Soy tu único hijo y tenía bastante tiempo sin verte.
—Déjate de tonterías, Luca. Sabes perfectamente cómo soy y que no tengo tiempo para tus juegos —le corta el viejo con brusquedad—. Dime ahora mismo quién es esa.
Nos señala con el dedo, acercándose a mí a pasos firmes y amenazantes. Lo observo con el alma en un hilo. Su mirada destila odio, malicia y una soberbia implacable; de ese hombre se puede esperar cualquier cosa, menos algo bueno.
Luca da un paso al frente, colocándose sutilmente medio cuerpo delante de mí para encarar a su padre. Aprieta mi mano con fuerza y, con una voz que resuena con un orgullo frío y desafiante, suelta la bomba:
—Te la presento, padre. Ella es mi bella esposa, Ela Thorne.
