Capítulo 2 Parte 1
Hiz dejó salir un suspiro mientras observaba los árboles del bosque mecerse con la brisa, dejando que los rayos de luz penetraran entre las hojas para así caer sobre el rostro de la chica.
Le encantaban los momentos de soledad como aquellos, donde su alma podía respirar tranquilidad, no tenía que pensar en nada, simplemente vivir el momento. Por un instante cerró los ojos mientras sus pulmones se llenaban de aire y sus oídos comenzaban a saciarse por la orquesta que formaba la naturaleza a su alrededor.
—¡Hiz! —escuchó que la llamaron.
Rodó la mirada hacia la izquierda donde encontró la silueta de una joven de esbelta figura, morena, con un largo cabello achocolatado lacio y ojos verdes, era su mejor amiga Dane, quien le hacía señas con una mano para que llegara a donde se encontraba. Perezosamente se levantó del suelo y caminó en dirección a ella mientras se limpiaba su vestido gris con las manos en la parte de atrás.
—¡La señora Margaret nos está llamando! —informó Dane con voz preocupante.
—¿Llegaron los nuevos clientes? —preguntó.
—¡Sí, y son muchos, no deja de gritar tu nombre! —le dijo.
—¡Me va a matar! —gritó mientras empezaba a correr.
Las dos muchachitas se dirigieron a grandes zancadas a un callejón un tanto estrecho creado por paredes de piedra un poco húmedas. Se encontraron con una plaza donde las personas iban y venían con canastas llenas de verduras, gallinas en jaulas, caballos que relinchaban mientras un pequeño viejo gordo gritaba para que los animales les hicieran caso.
Dane observó cómo el viejo le dio una palmada a un caballo con fuerza y éste lo pateó con las patas traseras.
—¡Mira, Hiz! —soltó Dane desplegando una sonrisa animada.
Hiz volteó a ver al viejo gordo que estaba tirado en el piso intentando tomar el aire que el golpe sacó de sus pulmones.
—¡Se lo merecía, estaba cansada de ver cómo maltrataba a esos pobres caballos! —espetó Hiz.
Las chicas escucharon que una puerta de madera se abrió de forma brusca y una mujer de cuerpo robusto, con un lunar en su barbilla fruncida demostraba en su sudado rostro lo furiosa que estaba: se trataba de la señora Margaret, quien, mientras se limpiaba las manos, fulminaba a las chicas con la mirada.
—¡¿Dónde andaban, partidas de flojas?! —reconvino la señora Margaret.
—¡Lo sentimos mucho! —gritaron las chicas con miedo.
—¡Rápido, a trabajar! —ordenó fuertemente resoplando en sus rostros—, ¡ya, ya, ya!
La señora Margaret cuando se llenaba el hotel se estresaba en gran manera y les gritaba a todos los empleados. Hiz entró a la recepción y encontró a una gran cantidad de hombres que esperaban para ser atendidos, sus compañeros tomaban las maletas de los clientes y los hacían pasar.
Los ojos rosados de la muchacha se paseaban de un lugar a otro sin saber a quién atender primero.
—Hiz, ¿qué haces? —preguntó Dane frente a ella—, toma a cualquiera y dirígelo a una habitación, son personas muy importantes, son la marca Pluma que estábamos esperando.
La piel de Hiz se erizó por completo y abrió su boca de la impresión, llevó una mano a sus labios, luego, paseó la mirada por los hombres, quienes eran atendidos por los empleados.
En aquel momento, en la recepción cayó un gran silencio y se le abrió paso a alguien que estaba llegando. Las jovencitas pudieron ver a un hombre de aparentemente veinticinco años acercándose totalmente vestido de negro, con un atuendo elegante, siendo custodiado por cuatro guardaespaldas. Era alto, bastante blanco y con un cabello de un color peculiar: era violeta oscuro; con los ojos negros que creaban una mirada bastante profunda y demandaba un aire de imponencia.
La señora Margaret salió del tumulto de empleados y posada frente al imponente hombre hizo una venia y se presentó, aquel joven repitió la acción de la mujer. Ella rodó la mirada a todos sus empleados, quienes ya estaban con las manos llenas de maletas y las únicas disponibles y con mejor semblante eran Hiz y Dane, les hizo señas con los ojos para que se acercaran.
Dane no era capaz de mirar a aquel joven a los ojos, permanecía con la cabeza gacha en un intento forzado por mostrar respeto. Todo lo contrario a Hiz, que no era capaz de apartar sus ojos rosados de aquel peculiar hombre.
Un Pluma de rango alto, era la primera vez que observaba a alguien como aquel. Sus ojos negros parecían que la llamaban y sus pestañas largas, tupidas y erguidas parecían susurrarle que anduviera con cuidado, porque si él deseaba, podía asesinarla únicamente con el hecho de pensarlo.
De repente, sintió un codazo en sus costillas. La señora Margaret se había percatado de la gran imprudencia de su empleada. Aquel dolor hizo que Hiz se doblegara un poco y bajara la mirada hasta sus zapatos negros llenos de barro. Después, al darse cuenta que Dane comenzaba a avanzar, se acercaron, hicieron una reverencia y tomaron las maletas que traía un hombre que anteriormente no se habían percatado de su presencia.
Se le había reservado para aquel joven el último piso que era el más amplio y elegante del pequeño hotel que era el mejor en aquella pequeña ciudad; claro, si aclaramos que un viejo y destartalado hotel en la aldea de los Infinitos podría llamarse el mejor en cuanto a elegancia se refiere: la insignificante raza de obreros grises no tenía ni para pagar un candelabro producido por la raza de los Diamantes.
Hiz dejó la maleta del hombre en el cuarto.
—Ordenen la ropa en el closet después de haberla planchado —pidió de repente el joven—. Tengo hambre, así que preparen una salsa de verduras baja en sal con vegetales al vapor.
—Por supuesto señor, enseguida —aceptó la señora Margaret.
Hiz se dio cuenta que el nuevo huésped era bastante exigente. Rodó la mirada a Dane, quien estaba muy seria.
El joven se dio cuenta de la expresión que sostenía Hiz en su rostro y le pareció interesante.
—Por favor, que esta chica planche mi ropa en el cuarto —ordenó.
Todos quedaron confundidos al escuchar la petición del huésped y rodaron la mirada a Hiz, que era señalada por la mano derecha del joven.
Así fue como Hiz a la media hora estaba planchando en un rincón del cuarto la ropa del hombre, mientras él la observaba desde un sillón donde estaba sentado, sosteniendo en una mano un libro. Era la cosa más incómoda que Hiz debió pasar en su vida.
Él la reparó de arriba abajo: una muchacha de cuerpo sencillo, piel clara y un poco estropeada por el sol, cabello rojo y rostro bastante tierno y muy concentrado en su trabajo. Tenía puesto un uniforme gris que era un vestido de tela gruesa bastante discreto y cumplía la función de dejar por desapercibido cualquier parte de su cuerpo en el cual algún hombre pudiera fijarse (cuello alto y mangas largas).
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Hiz, señor —respondió la chica con voz tranquila.
