Capítulo 3 Parte 2

—¿Desde cuándo trabajas en este hotel? —siguió interrogando.

—Desde hace seis años —contestó Hiz sin dejar de hacer su trabajo.

—¿Y tu edad?

—Veintidós —Hiz tragó en seco, ¿por qué le estaba preguntando tanto sobre su vida?

—Entraste a trabajar aquí muy joven —expresó el muchacho.

—Sí, señor —acentuó Hiz.

—Mi nombre es Dober Momson, soy representante segundo de la ciudad de Plumas, pero, me imagino que ya lo sabías —se presentó, aunque ella nunca lo pidió.

—Sí señor, ya lo sabía —dijo Hiz.

No tenía muy claro quién era en realidad aquel importante personaje, pero ahora que lo tenía aclarado, un gran miedo por hacer las cosas mal la invadió. No cualquiera puede soportar la penetrante mirada de alguien como Dober mientras le hacía un interrogatorio como aquel. La voz del hombre era gruesa, como el gruñido de una fiera mientras observa a su presa.

La joven sabía que, por como hablaba aquel hombre, no estaba acostumbrado a parafrasear, más bien, se notaba que era alguien que no repetía lo que decía dos veces y mucho menos de esos que animaban las conversaciones con sus ideas, por lo contrario, era quien apagaba las conversaciones con su mera presencia.

A Hiz le preocupó que estuviera escudriñando en su vida personal, y cuando un hombre como él hacía eso, era porque tenía algo entre manos. Las jovencitas de su edad se preocupaban mucho, ya que ellos tenían la costumbre de llevárselas después a su ciudad y nunca más las volvían a ver.

—Cuando termines de planchar la ropa necesito que te quedes y me leas este libro —informó Dober.

Hiz alzó la mirada para poder ver al hombre que estaba a unos metros de distancia de ella, quien sostenía el libro en su mano derecha, dejando a la vista la portada de éste. Dober le hacía peticiones muy extrañas a Hiz y eso le asustaba.

Las horas le parecieron eternas, al terminar de planchar la ropa y organizarla en el closet, Hiz tragó en seco, se acercó a Dober, que nunca dejó de observarla con aquella mirada que escondía sus intenciones.

El joven le mostró con una mano un sillón que se encontraba al lado de él, frente a ellos se encontraba una enorme ventana que dejaba ver el atardecer en las montañas. El cielo se pintaba como un gran lienzo lleno de multicolores que se mezclaban y excitaban los ojos de tanta belleza.

Hiz tomó el libro y lo abrió, tenía como título “Árbol de deseos” y narraba la vida de un viejo árbol que estaba cansado de vivir en una montaña, parecía ser una simple historia de niños, pero no era así; pronto la historia tomaba un rumbo totalmente diferente, aparecía un hombre que le pidió al árbol un deseo para así conquistar a una bella dama que vivía en su ciudad, aunque, ella no sabía nada de la existencia de él. Fue así como el árbol le dio un fruto que él debía regalarle a la muchacha, cuando ella lo comiera, se iba a enamorar perdidamente de él.

Tuvieron que dejar la historia hasta aquella parte, aunque, Hiz quería saber qué pasaba con la mujer y el deseo del árbol que ya no quería vivir en aquella montaña. Pero, su turno había acabado y vivía bastante lejos del hotel.

—Mañana, cuando regreses, me seguirás leyendo el libro —informó Dober—. Quiero que ya estés en el cuarto lista para leerme el libro cuando yo llegue, aquí, como ahora.

—Sí, señor —aceptó Hiz.

La joven después de unos minutos salió del cuarto un tanto confundida con las peticiones de Dober. Varios de sus compañeros se acercaron a ella para comenzar una profunda interrogación; pasó horas a puertas cerradas con aquel hombre y muchos rumores se crearon.

—¿Qué te hizo hacer? —preguntaron.

—Primero planché su ropa y después me dijo que le leyera un libro —respondió.

—¡¿Un libro?! —inquirió la señora Margaret con gesto de confusión.

—Sí… Pide cosas muy extrañas —confesó Hiz con las manos entrelazadas.

—¿Por qué no dejó que le lleváramos la comida que mandó a preparar? —indagó Dane.

—No quería que interrumpieran la lectura, ahora va a dormir, pide que nadie lo moleste —informó.

Los empleados se miraron las caras sin saber qué pensar, tenían mucho tiempo que no recibían un cliente que hiciera peticiones tan extrañas como el que le lean un libro.

Hiz se acercó a la señora Margaret para informarle sobre la otra petición que Dober le hizo. Iban en el ascensor que era un poco viejo acompañadas de Dane.

—¿Te pidió que fueras mañana? —le preguntó Margaret.

—Sí, que estuviera preparada para cuando él llegara —informó Hiz.

La señora Margaret reparó el rostro de Hiz, por su mente pasó la idea de que Dober lo que quería era tener algo más con alguna de las empleadas; había muchos casos así y a ella no le tocaba hacer otra cosa más que ceder brindando a las más hermosas para así no tener ningún problema y tener mejores dividendos.

Notó que Hiz no era tan agraciada, su cuerpo no estaba dotado de muchas curvas y voluptuosidades, además, su piel pálida se veía estropeada por el sol. En cambio, Dane era una hermosa morena de curvas proporcionadas, con su busto, piernas largas, ojos verdes que resaltaban su mirada y aquella cascada de cabello lacio encantaba a cualquiera: toda una belleza tropical bastante rara en un lugar tan frío como aquel. Dane era la más indicada para darle un buen momento de placer al cliente.

—No, quien estará en su cuarto mañana será Dane —le dijo a Hiz.

—¿Qué? —inquirió Dane mientras su piel se erizaba.

—Sí, Hiz no podrá satisfacer al señor Dober, en cambio, tú, Dane —la observó fijamente—, eres mucho más bonita. Espero que lo dejes satisfecho. Recuerda que después del Mando Mayor, el señor Dober es el que tiene más poder, así que, si no queda satisfecho vamos a tener problemas: no sólo la raza de los Infinitos, sino también el hotel. Por eso, Dane, tienes una gran responsabilidad entre manos.

Dane sintió un hueco en su pecho, nunca imaginó que le hicieran una petición como aquella. No pudo negarse, el hacerlo sería como pedir que la mataran y esto era lo único que ganarían. Todos en su raza debían ser sumisos y aceptar cualquier petición sin vacilar.

Las dos jóvenes llegaron a sus casas en silencio, cuando estuvieron a las afueras de las viviendas Dane soltó el llanto y Hiz la abrazó sintiéndose muy culpable por no hacer nada.

—¡Yo no quiero hacer eso! —confesó Dane.

—Lo sé, amiga, lo siento, quien debería ir soy yo, no tú —dijo Hiz.

Había un gran sentimiento de impotencia atrapado en el pecho de Hiz, ¿por qué debían de tratarlos como si fueran objetos? Su pobre amiga no merecía pasar por lo que, seguramente, sería una violación. Como si fuera poco, no podían quejarse, simplemente estaban limitadas a obedecer órdenes.

Aquellas marcas en sus cuellos que tenían forma de un infinito las hacían esclavas de una vida miserable, tenían que resignarse a ser inferiores a las demás marcas importantes como lo eran las Plumas, tener que soportar las peticiones asquerosas como las de Dober hasta que la muerte los abrazara.

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