Capítulo 4 Parte 3

Hiz entró a su casa que era un tanto pequeña, hecha de madera. Su madre se encontraba en la cocina lavando unos platos, cuando la vio aparecer por el marco de la puerta, le mostró una sonrisa muy amorosa.

La señora era muy joven, de aproximadamente treinta y cinco años, tenía los mismos ojos rosados de su hija, aunque, su cabello era de un color castaño claro.

—Hiz, ¿cómo te fue hoy? —saludó mientras se lavaba las manos llenas de espuma.

—Muy bien, mamá, —respondió Hiz— ¿estás cocinando? —Abrió un poco sus fosas nasales para inspirar el aroma de las especias que recorrían la habitación.

La mujer acentuó con la cabeza.

—¿Quieres comer? —le preguntó a su hija—, ya le falta poco.

—Sí, tengo mucha hambre —respondió la joven.

—Bueno, voy a servir —dijo la mujer sonriente.

Su mamá se adentró a la cocina para seguir en su labor, mientras, Hiz caminó por un pasillo un poco estrecho hasta llegar a su habitación, donde dejó su pequeño bolso sobre la cama para después tirarse de cara en el colchón.

Estaba muy cansada, sus hombros se encontraban entumecidos, pero, aquel sentimiento de agonía y culpabilidad era aún peor que los dolores físicos. El simple hecho de pensar que su mejor amiga fuera abusada sexualmente le revolvía todos sus adentros.

Hiz soltó el llanto al no soportar aquel malestar interno, a su alrededor sólo se encontraba el silencio y la humedad que entraba por una pequeña ventana abierta, pronto las gotas de lluvia crearon un sonido suave y apacible para el oído.

La madre de Hiz entró a la habitación.

—Hija, ven a comer —informó la señora.

Pudo escuchar el sollozo de Hiz, esto la preocupó, se acercó lentamente con su mirada clavada en la joven.

—¿Estás llorando? —indagó.

—Mamá, no es justo —soltó Hiz mientras se sentaba en la cama—, ¿por qué la vida tiene que tratarnos tan mal?

—¿De qué hablas, Hiz?

—Mamá, ¿sabes que llegó la marca de las Plumas a la ciudad? —empezó a contar la muchacha.

—Oh… sí, ¿qué pasó? —La mujer se sentó en un borde de la cama frente a Hiz.

—Es que, hoy ellos llegaron a hospedarse en el hotel y yo tuve que atender a un hombre muy importante de ellos, se llama Dober Momson, es el representante segundo de la ciudad de Plumas y me hizo peticiones muy extrañas.

—¡¿Qué te pidió?! —Se asustó la mujer.

—Bueno, quiso que le planchara la ropa en su habitación mientras me observaba sentado en un sillón y después me pidió que le leyera un libro —contestó Hiz con voz quebrada.

—Qué extraño —soltó su madre mientras fruncía el ceño.

—Sí, pero todo empeoró cuando le conté a la señora Margaret lo sucedido en la habitación del señor Dober. Él me ordenó que mañana estuviera en su cuarto lista para terminar de leerle el libro. Pero la señora Margaret dijo que yo no podía cumplir esa orden, debe ser Dane porque él quiere es tener sexo y yo no soy suficientemente bonita, que no lo podría satisfacer y eso podría traer problemas para el hotel.

—¡No puede ser, ¿entonces Dane tiene que acostarse con ese sucio hombre?! —La señora se llevó las manos a su boca muy preocupada.

—Sí, mamá, esto es horrible, van a violar a Dane y todo por mi culpa —Hiz soltó el llanto—. ¿Por qué nos tienen que tratar como si no valiéramos nada?

Los ojos de la mujer se inundaron de lágrimas al ver a su hija tan triste. No era de extrañarse, Hiz pasaba por unos de los más amargos momentos que trae consigo la vida.

—Lo sé, la vida no es para nada justa con nuestra marca, desafortunadamente no tenemos ningún don y eso nos hace vulnerables. —Hubo un momento de silencio— tu papá siempre me dijo que teníamos que esforzarnos para intentar cambiar nuestro estilo de vida, creía que tal vez de esa manera las otras marcas nos tendrían un poco más de respeto. Todos los días se iba a trabajar muy temprano, en la mina lo veían como un empleado modelo, pero eso no les importó a los dueños cuando hubo el derrumbe y no lo salvaron. Estuvo todo un día vivo intentando salir con sus compañeros de aquel lugar, pero era obvio, necesitaban más ayuda, pero como nosotros para ellos no valemos nada…

La madre de Hiz dejó de hablar al haberse quebrado su voz, sólo se escuchaban los sollozos de las dos mujeres en la habitación gris y fría.

—¿Es cierto que en la frontera de las cuatro esquinas hay una aldea donde todos pueden vivir por igual? —preguntó Hiz después de pasados unos minutos.

—Oh… El cuadrado de la Paz. —La mujer chasqueó la lengua—. Eso dicen, algunas personas escapan hasta allá, pero no se vuelve a saber nada de ellas. —Quedó con mirada pensativa.

—Mamá, ¿y si nos vamos a la frontera? Podríamos vivir tranquilamente, sin nadie que nos maltrate, le diríamos a Dane y a su familia que nos acompañe, ¿qué te parece?

Las dos mujeres se miraron fijamente, después, la madre de Hiz parpadeó dos veces y tragó en seco.

—Hija… es mucho camino, las cuatro fronteras están después de pasar la gran montaña y hay guardias vigilando que nadie se escape del terreno de su marca —explicó la mujer—. Es muy peligroso, no se sabe de nadie que haya dado señales de vida después de haberse ido.

—De pronto es porque al llegar ya no puede regresar. Es que, imagínate, un lugar que no le pertenece a ninguna marca, todo rodeado de bosque, podríamos sembrar nuestra propia comida, construir una cabaña para vivir las dos en completa armonía, lo que siempre quiso mi papá para nosotras —dijo Hiz entusiasmada.

—Hiz, suena muy lindo, pero es muy difícil. Seríamos sólo mujeres indefensas las que crucen y hay muchos guardias con armas, llenos de malas intenciones. Podrían hacerles daño a ti, a Dane y a la pequeña Lys.

—Podríamos conseguirnos un arma, aprender a utilizarla y así estaríamos más seguras — insistió Hiz.

—¿Y de dónde? —inquirió la mujer.

—No sé… pero… —La mirada de Hiz se tornó triste—. Tampoco es que tengamos mucho que perder si nos quedamos. Mira lo que le sucederá a Dane mañana cuando llegue al trabajo… Es… peor quedarse aquí.

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